Pixar cumple 20 años: sus películas, de peor a mejor

Repasamos los 15 títulos que el estudio de animación nos ha dejado desde su llegada un 22 de noviembre de 1995, cuando 'Toy Story' llegó a los cines

Un 22 de noviembre de 1995 llegaba a los cines Toy Story, el primer largometraje animado concebido enteramente por ordenador y el estreno de los estudios Pixar en la taquilla estadounidense. Otras 14 películas han completado la impresionante filmografía de la compañía, ahora parte de Disney, y a veces casi hasta duele pensar que ya ha pasado tanto tiempo desde aquel primer viaje con Woody y Buzz.

En Cinéfagos, todos los redactores pertenecemos a la tan traída generación millenial (1982-2000), con lo que Toy Story forma parte de nuestros imaginarios y es sin problemas uno de los puntos clave del cine de animación de nuestra infancia, nos creyéramos unos proscritos por ceder ante el encanto de unos juguetes creados por ordenador (y no por dibujo) o no.

Así que con aquel mes de noviembre en mente y con El viaje de Arlo (The Good Dinosaur) a la vuelta de la esquina, los miembros de la web hemos votado y elegido las que creemos son las mejores películas de Pixar. Por tanto, y ordenados los títulos de peor a mejor, esperamos que este repaso sirva como celebración de una herencia cinematográfica memorable y el recuerdo atemporal de una ristra de películas inolvidable.

15. Cars 2 de John Lasseter y Brad Lewis

(L-R) Grem (voice by Joe Mantegna), Acer (voice by Peter Jacobson), Siddeley (voice by Jason Isaacs), Lightning McQueen (voice by Owen Wilson), Mater (voice by Larry the Cable Guy), Finn McMissile (voice by Michael Caine).

(por Guillermo Guerrero) Por mucho que se haga necesario reivindicar aquellas obras Pixar que, lejos de aspirar a la excelencia, se conforman con ser meros vehículos de evasión infantil, lo de Cars 2 no tiene defensa posible. John Lasseter y los suyos brindan otra demostración de superioridad formal, con persecuciones y set-pieces de acción que son pura orfebrería animada (extraordinario el prólogo en la plataforma petrolífera), pero que hace aguas en el que siempre fue el punto fuerte de la compañía, incluso en sus obras más lúdicas: el factor emocional.

El férreo armazón narrativo que caracteriza al cine del estudio es sustituido aquí por una trama bondiana de saldo que, en vez de disimular las carencias de la película, no hace más que evidenciarlas. Y para rematar la faena, el que es probablemente el mayor error de cálculo de la historia de Pixar: otorgar el protagonismo a un insufrible Mate que, a fuerza de gracietas de hillbilly, acaba convirtiendo lo que pretendía ser una parodia motorizada de Con la muerte en los talones en un Simple Jack repleto de desnortadas ínfulas emotivas.

14. Monstruos University de Dan Scanlon

Monsters University

(por Guillermo Guerrero) La precuela de una de las obras magnas de Pixar ostenta el dudoso honor de ser, probablemente, la película más infravalorada de la compañía. Muchos factores juegan en contra: su absoluta falta de pretensiones, la incapacidad de (a diferencia de la saga Toy Story) aportar nada relevante al concepto original, su afán por parodiar un género clínicamente muerto como la comedia universitaria… Baches que Monstruos University logra superar con pasmosa facilidad a la hora de hilvanar un guión casi milimétrico, empeñado en desarmar las expectativas de aquellos espectadores que creen saberse la película de pe a pa, y que triunfa en aquello en lo que Cars 2 fracasó: la conversión del secundario cómico de la película original (un Mike Wazowski arrebatador en su cruzada quijotesca) en el corazón de la historia. Y si su antecesora poseía el mejor clímax de la historia de Pixar, el de Monstruos University tampoco es moco de pavo: una traca final repleta de brillantísimas vueltas de tuerca (esa escena de puro terror con un puñado de mocosos eufóricos) que culmina con un epílogo nada complaciente, en las antípodas del típico eslógan motivacional del cine infantil.

13. Bichos de John Lasseter y Andrew Stanton

Bichos Cinéfagos

(por Francesc Miró) Una aldea vive constantemente atacada y saqueada por bandidos que roban el alimento y las ganas de vivir. Un día, la comunidad decide contratar a guerreros que la protejan. Podría ser la historia de Los siete samuráis de Akira Kurosawa, pero aquí los campesinos son hormigas; los bandidos, saltamontes y no hay samuráis, aunque si un gusano de seda, una mariquita, una mantis, una mariposa, un bicho palo, una araña y una pulga loca.

John Lasseter hacía su segunda incursión a cuatro manos con Andrew Stanton, que se iniciaba en el mundo del largo a lo grande. Así nacía Bichos: una joya que no sólo se inspiró en una de las mejores películas de la historia del cine, también consiguió relatar la historia más interpretada del siglo XX (el del débil contra el fuerte, David contra Goliat, el oprimido contra el opresor) como jamás la habíamos visto: desde los ojos de una hormiga y unos bichos de circo. Una gran historia en la que lo divertido puede salvar vidas y lo circense puede redimir a toda una sociedad. Porque Bichos nos demuestra que no hay nada más rebelde que ser feliz.

12. Toy Story 2 de John Lasseter, Ash Brannon y Lee Unkrich

Toy Story 2 Cinéfagos

(por Emilio Doménech) Una vez los lazos de amistad entre Buzz y Woody quedaron forjados en Toy Story, no había mucho que temer cuando la primera secuela de Pixar fue anunciada. Si acaso, que Disney nos había malacostumbrado a las pobres segundas partes direct-to-video de algunas de las obras maestras que camparon los 80 y 90.

Pero Toy Story 2 no fue en absoluto un fracaso. Batió con holgura los récords de su antecesora en la taquilla y encandiló con un filme que se siente hijo de su padre por multitud de razones. El concepto de la aventura bigger-than-life, su constante débito al cine de mayores en el que se refleja —los efectos de sonido Star Wars evidencian algo más que un mero easter egg—, o el correcalles de set pieces y oasis cómicos tan propio del numeroso elenco de la saga.

Como adición, las ambiciones inmortales de Woody ante la inseguridad del amor que le debe su dueño y que añaden un nivel más de complejidad a un protagonista que sería del todo exprimido en la tercera y última parte, la más genial de las tres.

11. Cars de John Lasseter y Joe Ranft

Cars Cinéfagos

(por Guillermo Guerrero) El sueño materializado de John Lasseter (orgulloso hijo de un gerente de Chevrolet) se enfrentó al ya clásico conflicto que atenaza a las producciones de la facción más conservadora de Pixar: las injustas comparaciones con las obras revolucionarias de la compañía, las mismas que derribaron los prejuicios que pendían sobre el cine de animación infantil.

Lejos de merecer el desprecio que se le suele dispensar, Cars es la película que otros estudios de animación menos osados llevan décadas intentando hacer sin saber muy bien cómo. Una fábula nostálgica que pone el punto de mira en la actual cultura del éxito para reivindicar esa vieja y honesta América, cuyos escasos traspiés (desarrollo esquemático, prescindible trama amorosa) no empañan su aluvión de virtudes (una factura impecable, una narración sin mácula, un plantel de secundarios exquisito).

Lástima que la creencia de que el cine infantil tiene la obligación inexcusable de contentar también al espectador adulto, idea que la propia Pixar ha plantado (involuntariamente) en nuestras cabezas, haya impedido que podamos apreciarla como lo que es: una buena película que, de no tener que lidiar con el recuerdo de tantas obras maestras, podría entrar perfectamente en el panteón de los clásicos.

10. Brave de Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell

Brave Cinéfagos

(por Guillermo Guerrero) En plena carrera por modernizar los cuentos de hadas y dinamitar el estereotipo de la princesa Disney, la candidata de Pixar fue, contra todo pronóstico, la que menos entusiasmo despertó. Tal vez porque, pese a su novedoso enfoque exclusivamente femenino, Brave prescindía de coartadas irónicas y optaba por el clasicismo de una historia (aparentemente) convencional, al menos para los exigentes parámetros de los maestros del flexo. Una declaración de intenciones en toda regla (los tiempos cambian, pero el poder de los mitos no caduca) y un sincero homenaje al género por excelencia del cine de animación, que da sopas con hondas a propuestas mejor consideradas y mucho más conservadoras (sí, hablamos de ti, Frozen).

Puede que Brave palidezca un poco frente a sus hermanas mayores, pero ni siquiera ciertas soluciones argumentales sacadas de la manga o un tercer acto algo deslucido logran lastrar el arrollador ritmo de un relato que, por si fuera poco, nos regala una secundaria de varios quilates (la bruja) y alguna secuencia (madre e hija en el río) que nada tiene que envidiar al mejor Disney clásico.

9. Monstruos S.A. de Pete Docter, David Silverman y Lee Unkrich

Monsters S.A. Cinéfagos

(por Guillermo Alonso) A estas alturas nadie puede discutir que Disney son los maestros absolutos de la “antropomorfización” de animales y objetos. Pixar, desde sus comienzos, decidió dar un paso más allá y pasar a la verdadera “humanización” de los personajes: no sólo sus personajes tenían las cualidades psicológicas o físicas de una persona, sino que su modo de vida y las relaciones emocionales que establecían entre ellos cada vez reflejaban más las propias del ser humano moderno (al menos los humanos de ciertos países principalmente occidentales, de cierta clase y con ciertos estilos de vida, para ser justos). Y tal y como en Toy Story aplicara nuestra rutina laboral a los juguetes, o en Bichos a las (horribles, horribles) colonias de insectos, Monstruos S.A. continúa la fórmula tomando como referente a los clásicos monstruos del armario que nos aterran desde pequeños.

No es una crítica a una falta de originalidad: los hallazgos de Monstruos S.A. a nivel visual son innegables, y sin duda algunas de las texturas presentes en la película (el pelaje de Sulley, sin ir más lejos) harán las delicias de cualquier aficionado al modelado en 3D. No obstante, a nivel argumental y temático no llega a las cimas de originalidad de Wall-E, Los Increíbles o Del revés (también de Pete Docter), lo cual no puede tacharse de defecto teniendo en cuenta la altísima calidad de las mencionadas. Monstruos S.A. es un espectáculo puro Pixar: siempre entretenido, muy disfrutable visualmente y más gozoso para adultos que para los más pequeños.

8. Los increíbles de Brad Bird

Los increíbles Cinéfagos

(por Juan A. Rubio) Los increíbles fue el primer largometraje de Pixar protagonizado por personajes humanos que consolidó el talento de los componentes de la compañía. Y dar un paso que en la compañía se creía tan ambicioso, y más tras presentar las notables Monstruos S.A. y Buscando a Nemo, podía suponer una pesada losa.

Sin embargo, Brad Bird supo caricaturizar la representación humana de cara a que el realismo de la acción no estuviera separado del contexto cómico y de aventuras que vivía la familia de superhéroes protagonista. Otra muestra de madurez en la propuesta que además sabía sentar en la butaca con la misma predisposición tanto a niños como a acompañantes y trataba temas como la crisis de los cuarenta, la unidad familiar, el valor del individuo en un mundo globalizado y homogéneo, o la añoranza a tiempos pasados.

Porque aún hastiados en los últimos años de tanta Marvel y DC en las salas, puede decirse algo sin miedo: Los increíbles es una de las mejores películas sobre superhéroes jamás realizadas.

7. Ratatouille de Brad Bird y Jan Pinkava

Ratatouille Cinéfagos

(por Álvaro G. Illarramendi) Tras el ligero descenso en consideración crítica (que no en filón comercial y futuro potencial de saga) sufrido con Cars, Pixar volvió a enamorar a pequeños y mayores con Ratatouille, un filme de encanto irresistible e ingredientes muy bien cocinados.

Con la compra por Disney aún muy reciente, diríase que esta fue la mejor celebración posible de la fusión de la tradición animada y narrativa de Walt Disney con la modernidad animada y narrativa del estudio de John Lasseter. La relación entre un joven cocinero y una rata antropomórfica con vocación de chef 5 tenedores permite desarrollar tanto una comedia romántica (humana) de tinte clásico, como una comedia de acción (humano-roedora) en el marco de un París de ensueño que Disney ya explotara en su adorable clásico Los Aristogatos.

Lo trepidante se mezcla por tanto con la dulzura melodramática de sello Disney, con sorpresa catártica final en forma de dardo emocional al mundo de los críticos que, no por tópico, dejó de ablandar con mérito los lagrimales de la platea en general, y los profesionales de ello, en particular.

Ratatouille constituye un Pixar singularmente clásico, el encumbramiento definitivo de un Brad Bird al que luego veríamos probar en el cine de imagen real con mayor (Misión Imposible: Protocolo fantasma) o menor fortuna (Tomorrowland), y un maravilloso anticipo, no solo de las inminentes glorias del estudio (Wall-E y Up), sino del potencial del mundo culinario como nuevo territorio de ocio popular (véase el auge reciente de los programas televisivos de ese cariz).

6. Toy Story de John Lasseter y Joe Ranft

Toy story Cinéfagos

(por Emilio Doménech) Tengo que admitir que nunca me cayeron bien ni Woody ni Buzz. Más adelante supe poner en contexto esa sensación cuando leí lo que luchó John Lasseter (y Joss Whedon y Andrew Stanton, guionistas aquí) por hacer de Woody un personaje simpático. Pero precisamente el viaje que nos hace elegir equipos al principio de Toy Story (Buzz o Woody) es el mismo que nos hace después compartir correría junto a los dos porque la aventura es más grande que cualquier enemistad que se deban los personajes.

Podríamos quedarnos así con el despliegue visual del prólogo, cuando los soldados tratan de averiguar qué regalos ha recibido Andy por su cumpleaños; o con la transformación de la habitación de Andy que tanto enfurece a Woody al son del “No sé qué va a ser de mí” que, por cierto, mejora en su versión doblada a la original; pero son las imágenes de la odisea en el Pizza Planet o ese terror adolescente en forma de camiseta con calavera, cabeza rapada y sonrisa metálica las que de verdad dejan huella.

Lo bien que lucha Toy Story por su clímax, sea por la amistad que van construyendo Woody y Buzz por el camino como por el derroche de imaginación y set pieces del tercio final, hacen del cómputo general un disfrute magnífico y un filme iniciático que por entonces se creía difícil de igualar. Pero nos quedaba tanto por descubrir, ¿verdad?

5. Buscando a Nemo de Andrew Stanton y Lee Unkrich

Buscando a Nemo Cinéfagos

(por Daniel Lorenzo) En Buscando a Nemo, Pixar nos estaba hablando de ella misma. Ese padre que cree haber perdido todo, salvo a su hijo, es un Disney posesivo y atemorizado por una filial en la que tenía depositadas todas sus esperanzas. Ese pez amnésico son unos directivos incapaces de recordar el secreto de su éxito. Esa aleta raquítica es un nuevo estilo de animación que terminó sumando más que restando.

Buscando a Nemo ejemplifica las constantes del cine de Pixar (enfoque infantil/adulto, punto de partida “¿Qué pasaría si los peces tuvieran sentimientos?”, ausencia de musical…) pero también es su película más deudora de la tradición narrativa Disney (orfandad, viudedad, aprendizaje del cachorro, comic relief…). Lo mejor del cine de animación que no se terminaba de morir y del que no acababa de nacer. Buscando a Nemo es una bisagra cuya importancia también radica en estar en el lugar adecuado en el momento preciso.

Buscando a Nemo (2003) ejemplifica el duelo existente en su momento entre Pixar y Dreamworks. En 2004, Dreamworks presentó El espantatiburones, y ambas son definitorias de sus estilos. En Buscando a Nemo se negaron a convertir las aletas de los peces en manos, a pesar de que ello dificultara el dotarles de expresividad. En El espantatiburones no quisieron limitarse así. La canción de Buscando a Nemo fue Beyond the sea, la de El espantatiburones un rap espantoso. Dos estilos. Dos resultados.

Buscando a Nemo es una magnífica película. Por sus personajes secundarios, por su paleta de colores, por su  ritmo de aventura. Porque cada lágrima va acompañada de una carcajada. Porque el cine de animación, donde mejor se ve, es reflejado en el rostro de un niño que vive su historia por primera vez. Y en esa pantalla Buscando a Nemo es imbatible.

4. Del revés de Pete Docter y Ronnie del Carmen

Del revés Inside Out Pixar 3

(por Francesc Miró) Acostumbrados a manejar conceptos adultos y manipularlos como si con ellos jugase un niño, Pixar se propuso un reto que rompía con los límites de su narrativa: demostrar que el fracaso, la pérdida y la tristeza son parte de nuestra construcción como personas. Del Revés aceptó el reto y, para sorpresa de muchos, fue mucho más lejos de lo esperado.

Un auténtico prodigio de ritmo, imaginación, talento, innovación temática y narrativa al servicio de las voces que escuchamos en nuestra cabeza. Una historia de aventuras clásica llena de matices e ideas conceptuales dispuestas a investigar qué pasa cuando todo en lo que creemos se viene abajo y olvidamos lo que nos ha hecho ser como somos. Para ello, Pete Docter creaba un universo visual tan brillante como oscuro que explotaba en una paleta de colores inacabables; representación de la infinidad de sentimientos que, en definitiva, nos hacen ser como somos. Un enorme (y minúsculo) cuento digno de la mente más lúcida y divertida sobre los impredecibles caminos de la creación del yo.

3. Toy Story 3 de Lee Unkrich

Toy Story 3 Cinéfagos

(por Eugenio Gallego) Pixar tenía la obligación de cerrar un círculo que se había abierto de manera magnífica, revolucionaria e histórica con Toy Story y que en Toy Story 2 encontró una base sólida sobre la que cimentar el carácter de unos personajes que habían conquistado al público y a la crítica por su carisma y su sentido del humor. Sin embargo, lo que ocurrió fue mucho más allá. Toy Story 3, es por méritos propios, una obra de arte que va más allá de los límites impuestos por las normas internas de la propia trilogía.

Pixar consolidaba en este título su capacidad para dar forma a unos personajes que, lejos de resultar lejanos al espectador, ofrecen una dimensión emocional profunda que busca ahondar en los entresijos dramáticos del público a través de un vínculo directo entre la pantalla y el patio de butacas. Ese vínculo se consigue gracias al soberbio tempo narrativo de una cinta divertida, que sabe buscar la complicidad del respetable sin mirar la edad y que, por si fuera poco, se permite el lujo de ofrecer más de un homenaje al séptimo arte entre sus escenas, a la vez que actúa como canto de cisne de la imaginación y la pérdida de la inocencia.

Tres escenas para enmarcar en la historia del cine: el soberbio prólogo, que es una auténtica oda al imaginario infantil; ese momento de aceptación del destino común que recurre a una épica emocional sobrecogedora; y por supuesto el epílogo con sabor a despedida en el que el espectador es enfrentado a sus miedos y traumas más profundos.

2. Up de Pete Docter y Bob Peterson

Up Cinéfagos

(por Juan A. Rubio) Up. Un título como perfecto indicativo de adónde nos dirigimos siguiendo la estela de ese anciano, soñador y cascarrabias, que es Carl Friedricksen. Una película que en sus primeros pasos —un maravilloso, bello y sencillo prólogo— avisa de la maestría de Docter y Bob Peterson para confeccionar imágenes y que confirma la habilidad de Michael Giacchino para parir melodías inolvidables. Nadie que haya visto el inicio de Up puede negar cuán maravilloso es.

Estamos ante una película de animación que aborda, a través de la excelencia técnica, la humanidad, el amor, la solidaridad y el paso del tiempo. Valores universales que, aún manidos y adscritos a la ampulosidad o a cansinas moralejas, aquí sirven como parte del color, la belleza y la poesía de un relato memorable.  Y como buen cine para todos los públicos —no existe película que mejor represente esta etiqueta—, consigue en sus fragmentos de acción y puro entretenimiento elevarnos a un torbellino de emociones que completan la experiencia. Una de las mejores películas de la pasada década. Una obra maestra.

1. Wall-E de Andrew Stanton

Wall-E Cinéfagos

(por Emilio Doménech) Incluso a estas alturas es difícil encajar la ambición de Wall-E en el contexto de la industria animada de Hollywood a la que pertenece. No porque su robot protagonista apenas sepa vocalizar un par de sílabas o porque la primera media hora del filme sea casi muda, sino porque Wall-E se pasa 22 minutos completamente solo. Eso es, claro, hasta que aparece Eva y la película torna en una lucha por no volver a esa soledad impuesta.

El prólogo se cimienta así en la melancolía del carismático Wall-E —algo que ya haría de forma más concentrada y melodramática Up al año siguiente— y es precisamente ese el motor narrativo del filme de ahí en adelante. Importa poco el alargado clímax de acción espacial porque siempre podemos volver a la semilla que plantan Andrew Stanton y su equipo al comienzo: queremos que Wall-E sea feliz.

El escenario postapocalíptico y la música de Thomas Newman (inexplicable derrota en los Oscar) sólo complementan la rutina del solitario personaje que se pierde en el amor de enredos de Hello, Dolly!, una película de VHS que el robot guarda y revisita con estima en su refugio.

Precisamente las líneas de una de las canciones de esa película (“Out there, there’s a world outside of yonkers […] and we won’t come home until we’ve kissed a girl”) condensan el espíritu de Wall-E, una aventura a mundo abierto en búsqueda del amor. La diferencia, en cualquier caso, es que Wall-E parte de un concepto mucho más ambicioso pese al corte clásico del romance al que acaba acudiendo. Al fin y al cabo, la historia romántica de Wall-E sólo podía hacerle feliz si esta terminaba respondiendo a los estereotipos con los que él había “crecido”.

Nosotros, los de la generación Pixar, no habíamos crecido con películas mudas, pero Wall-E es la prueba viva de que el lenguaje cinematográfico es mucho más poderoso que unos cuantos diálogos dispersos y horteras sobre la verdad del amor. No hay verdades absolutas para nadie, y con Wall-E nos basta con que el robot sea feliz con la idea preconcebida que él tiene de ser feliz. Junto a Eva, eso sí.

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