Por qué La La Land tendría que ganar el Oscar

La nueva película de Chazelle es una dulce historia musical narrada con estilo supremo, actuaciones memorables y mesurada nostalgia. Que lluevan los Oscars.

El mágico mundo de La La Land se presenta de un modo inesperado, situando al espectador en una gris autopista de esas que podrían encontrarse al principio de cualquier proyección. Un día cualquiera, en un atasco cualquiera a una hora indeterminada, puede pensar un desprevenido espectador que ya empieza a saborear la prejuciosa bilis en su paladar. Poco dura, sin embargo, una impresión más que errónea que se disipa automáticamente con los primeros acordes de piano de “Another Day of Sun”, la teatral canción de obertura al son de la cual el sórdido escenario se transforma de repente en un florido campo de bailarines cuya imprevista danza sincronizada se extiende de manera épica a lo largo de infinitas líneas de coches, imbuidos todos en una orgía de música y color cuyos detalles son perseguidos y capturados por un plano-secuencia que, aunque indulgente, no deja de ser un loable esfuerzo de naturalidad audiovisual. Es esta la forma que tiene Damien Chazelle de demostrar que no ha venido a perder el tiempo con tonterías; la prueba irrefutable de que, a sus 31 años de edad, el director puede presumir de tener un puesto asegurado en la primerísima división internacional del cine más fino que Hollywood ha visto en mucho tiempo.

 La La Land encuentra su fuerza en los clichés, en la perfecta sencillez de una historia que no es más (ni menos) que la narración de un amor atemporal.

Que el nuevo trabajo de Chazelle va a estar lleno de clichés hollywoodienses queda claro antes incluso de empezar, con esa introducción tan vintage que nos anuncia que la película se ha rodado en “glorioso” Cinemascope, el formato cincuentero caído en desuso en el que se rodaron clásicos de la época dorada de Hollywood como Rebelde Sin Causa. Lo que bien podría considerarse como una debilidad, sin embargo, no es para mí más que todo lo contrario, ya que es precisamente en esto donde La La Land encuentra su tremenda fuerza: en los clichés, en la perfecta sencillez de una historia que no es más (ni menos) que la narración de un amor atemporal, de esos que parecían haberse invalidado en una época en la que querer ser original se traduce en enamorarse de un sistema operativo. Al mismo tiempo, la autoconsciencia que el filme preserva en todo momento le permite mostrar una postura crítica ante todos estos estereotipos de los que hace repetido uso, trazando una línea conversacional que queda fijada desde esa primera escena de la que hablo, la cual traza en unas pinceladas el marco de una historia que hace equilibrismos sobre una frágil línea que separa lo real de lo mágico, lo musical de lo silencioso y lo contemporáneo de lo nostálgico. Hay mucha fantasía y color en esta ciudad de las estrellas, pero también golpes de perra y gris realidad que nos recuerdan que en la vida no todo es claqué y bailes sobre las nubes.

Como es evidente, los ecos formales de la época dorada de Hollywood resuenan con tremenda fuerza en todos y cada uno de los planos de La La Land. No obstante, la cinta se las apaña para evitar el pastiche de una manera magistral, dando lugar a una refrescante historia en la que el artificio al más puro estilo de Broadway no deja de fluir de un modo creíble y natural en un musculoso ejercicio de estilo donde la privilegiada visión de Linus Sandgren (American Hustle, Joy) como director de fotografía conjuga perfectamente con un excelente diseño de producción a cargo de David Wasco (Kill Bill, Pulp Fiction). Estas dos manos maestras se combinan no para crear escenas, sino para pintar cuadros en los que el trato de la luz sobre una delicada y consistente paleta de colores nos recuerda vagamente al realismo social de pintores como Edward Hopper. Su inteligente uso del ámbito visual deja ver, al mismo tiempo, una destreza camaleónica innegable, combinando el onirismo de la primera parte con un mucho más sobrio tercer acto en el que la progresiva pérdida de color y música nos introduce en una atmósfera mucho más opresiva y realista, dejándonos entrever la pérdida de esa magia con la que la cinta arranca.

El artificio al más puro estilo de Broadway no deja de fluir de un modo creíble y natural en un musculoso ejercicio de estilo

Todo esto, mero envoltorio, se quedaría en nada si no contáramos con una despampanante pareja protagonista cuya feroz entrega y química empapa todas y cada una de esas escenas con vocación de iconos generacionales, memorables como pocas lo son. ¿Acaso exagero si digo sin vergüenza que el claqué en Hollywood Drive tiene vocación a convertirse en algo tan icónico como el “You Were Meant For Me” de Gene Kelly y Debbie Reynolds? ¿O que esa audición final de Emma Stone (inmensa, por cierto) es y será sin duda uno de los momentos cinematográficos más sinceros y emocionantes de esta década? La La Land no es sólo color y música. La Ciudad de las Estrellas encuentra su perfección en la natural imperfección de unos protagonistas que no son ni bailarines, ni músicos, ni cantantes profesionales; pero que lo hacen todo y te lo crees, porque están enamorados, porque tienen sueños y ante todo, porque viven su propia película de Hollywood … y así te lo hacen creer.

En definitiva, que lluevan los Oscars por favor. Oscar a sus actores, Oscar a Chazelle, Oscar a su impecable fotografía, a su inmejorable diseño y, sobre todo, Oscar a la película, porque al fin y al cabo eso es lo que hace grande a La La Land, el ser una PELÍCULA con mayúsculas, de las que hacen eco en la eternidad del séptimo arte.

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