#NoOscarFest: “The Neon Demon”, de Nicolas Winding Refn

Ignorado por la academia y maltratado por la crítica, el director danés presenta en su última película un mundo descarnado y pecaminoso digno del análisis y reflexión que poca gente se ha dignado a concederle

Si algo se le puede atribuir a Nicolas Winding Refn es que el maldito tiene una visión; arriesgada, eso sí, pero visión al fin y al cabo. Poseer esta preciada característica no es gratis, viene con un precio: el riesgo, inevitable cuando uno quiere defender algo en lo que cree firmemente. En el momento en el que un autor crea una historia, establece un vínculo sagrado con ella, un pacto de sangre que sella una relación de un carácter casi paterno-filial, una relación de compromiso eterno, de lucha férrea, de fe incontrovertible.

Es por eso que el director toma riesgos, comprometiéndose a admitir que le puede salir mal la jugada; a veces, de hecho, soberanamente mal, como es el caso de Drive, también conocida como La Película más Sobrevalorada de la Última Década o simplemente Calladito Estoy Más Bonito, como a mí me gusta llamarla. Otras veces, sin embargo, los riesgos compensan, los astros se alinean y directores como Refn tienen la ocasión de redimirse con películas como The Neon Demon, un largometraje que, vapuleado y maltratado por público y crítica, va camino de adquirir el dudoso honor de convertirse en la película más infravalorada del pasado año, por supuesto injustamente.

Desde su primer fotograma, The Neon Demon nos cede paso hacia un mundo extraño, artificial y sangriento en el que brutalidad y belleza se dan la mano para unir los dos placeres culpables por excelencia del ser humano. Un silencioso Dean (Karl Glusman) observa a su víctima imaginaria, cámara en mano, preparado para inmortalizar la violencia de una imagen en la que la sangre no es más que un símbolo carmesí. El flash de la cámara hace retumbar la habitación, manipulando lo que vemos, un juego de sombras, una continua ficción en la que el surrealismo más obvio adquiere un tono extrañamente grave.  Ya sabemos, desde el principio, que esta historia no es más que un confuso vaivén de luz en el que la verdad es tan fugaz como el resplandor de un flash.

Es innegable que la impactante imagen de Jesse (Elle Fanning) en ese sofá beige es ya un hito del cine de nuestro tiempo, dejando claro desde el primer momento que estamos ante una narración puramente visual, repleta de viñetas imposibles en colores eléctricos que se imprimen en la memoria como si de marcas a fuego se trataran. Han tachado a Refn de pretencioso, opaco y onanista mental, crucificándolo por crear una película cuyo principal valor es la estética. Lo que la mayoría de críticos rabiosos parecen obviar es que la estética vacía de The Neon Demon es un símbolo en sí mismo. En una época de obsesión y canibalismo visual, este visceral largometraje se entrona como la encarnación por excelencia del espíritu de un tiempo nihilista y obsesionado consigo mismo como pocos lo han sido en la historia. Refn se apropia del dialecto de la belleza y de lo estético para tratar temas que van mucho más allá del distópico mundo de la moda que rodea a una bella e inocente Jesse: acoso, envidia, obsesión, machismo… la lista es infinita.

Jesse, atrapada en sí misma.

The Neon Demon no es más que una película sobre la violencia de una sociedad que tiene miedo a aceptar su disfrute de lo grotesco y lo retorcido

Y es que el mundo de Refn es un reflejo oscuro del nuestro: un complicado laberinto de deseos irracionales, una pantomima actuada bajo la luz del día. Luego llega la noche, el neón, lo salvaje; y con esto un hipnotismo estético total y sostenido casi sin excepciones a lo largo del filme, imbuyéndonos en un estado de trance demoniaco que se acentúa gracias una banda sonora sintetizada y electrizante como sólo una creación de Cliff Martinez puede serlo. ¿Y qué si es “porno-gore” ?,¿Y qué si es de mal gusto?,¿Acaso no tiene toda buena película que se precie un toque de ironía nauseabunda? Además, la sangre no aparece por placer, sino por deber: el deber de mostrar una sociedad enferma y brutal, sedienta de sangre, violencia y sexo. Es incómodo, por supuesto, especialmente cuando somos nosotros los que estamos al otro lado de la pantalla, disfrutando en secreto, fascinados ante la representación de lo que no es más que una dramatización de lo que pasa cada día más allá de nuestras puertas, o quizás debería decir nuestros móviles: los nuevos callejones traseros del mundo.

La brutalidad se puede manifestar de muchas formas. Al fin y al cabo, The Neon Demon no es más que eso: una película sobre la violencia de una sociedad que tiene miedo a aceptar su disfrute de lo grotesco y lo retorcido. Somos adoradores de lo visual, decadentes máquinas sensoriales cuya misión es puramente caníbal: cada selfie, cada like de Instagram, cada alago que te asquea por fuera; pero te satisface por dentro… eslabones de una cadena trófica en la que los débiles no sobreviven, acosados por una clase depredadora a la que le es concedida el paso a nuestra vida privada cual jaguar que destroza una habitación de un hotel decadente. Si The Neon Demon no ha gustado no es porque sea una película demasiado ficticia, sino al contrario: es demasiado realista, demasiado humana, demasiado ajustada a la sociedad de nuestro tiempo. El mejor cine es el que te hace retorcerte en tu asiento, provocando que te cuestiones tus más asentados valores. El mejor cine es el que te hace una exposición sobre ti mismo que te niegas a reconocer. Te prometo que nunca volverás a reconocerte ante el espejo. Te prometo que nada volverá a ser lo mismo, al menos en la noche, bajo la luz del neón. Que empiece la caza.

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