Álex de la Iglesia en doce películas

Un repaso por la filmografía del director de El bar, plagada de películas icónicas, títulos reivindicables y sonoros fracasos.

El bar es el decimotercer largometraje de ficción de Álex de la Iglesia, director que, a finales de los 90, se convirtió en la gran esperanza del cine de género español. Con el paso de los años público y crítica comenzaron a dar la espalda a sus nuevos trabajos. ¿Fueron merecidos los elogios recibidos en el inicio de su carrera? ¿Fueron justas las críticas posteriores? En el presente artículo revisaremos la filmografía del director película a película. E intentaremos obtener una respuesta.

Acción mutante (1993)

En su ópera prima, Álex de la Iglesia decidió contar la historia de un grupo de inadaptados, freaks y disminuidos que deciden tomar por asalto una sociedad en la que la perfección física es el único valor en consideración. Parecía evidente que Álex, bajito, miope, rechoncho y recién llegado del País Vasco, sabía de qué estaba hablando y se identificaba plenamente con las intenciones de los miembros de un  grupo terrorista que buscaban entrar en un mundo que no estaba preparado para ellos.

Producida por los hermanos Almodóvar, Acción mutante es una película especialmente hija de su tiempo  y sus circunstancias. Esto es, una ópera prima de principios de los noventa. Ópera prima por su ambición, su imperfección y su marcado carácter lúdico. Y por ser completamente permeable a todo tipo de influencias muy en boga por la época. Sobre el metraje de Acción mutante planean Las colinas tienen ojos, las distopías de Paul  VerhoevenEl quinteto de la muerte, Reservoir dogs o las sátiras de la Troma, por mencionar las más evidentes.

25 años hace de esto. Una película visionaria.

La que fue la película española más punk de su tiempo es también un trabajo que deja claro que hay alguien con talento a los mandos

Puede que Acción mutante sea una película descompensada y que hubiera agradecido un mayor presupuesto. Pero, la que fue la película española más punk de su tiempo, es también un trabajo que deja claro que hay alguien con talento a los mandos.

El día de la bestia (1995)

Álex de la Iglesia alcanzó su cima como cineasta con su segunda película. Porque El día de la bestia no solo es el punto más alto de la carrera del director, también es una de las cumbres del cine español contemporáneo. El día de la bestia fue la película de la que todo el mundo hablaba en las navidades de 1995, y la demostración de que era posible hacer cine de género rentable y digno en España. El día de la bestia fue una gamberrada de consenso crítico y popular.

Ninguna película retrata mejor al Madrid del cambio de siglo. Vista en perspectiva, resulta altamente profética, tanto en su descripción de una capital todavía castiza que acababa de entregar su gobierno al Partido Popular, como en la ubicación del reinado del mal en aquellas torres KIO, símbolo de la corrupción socialista y futura sede de Bankia, epítome de la corrupción bancaria.

“Tranquila, soy aliado feminista, suelta el cuchillo y send nudes…”

El día de la bestia es una sátira, una comedia, un western y una buddy movie. Una película de acción, de terror y costumbrista

El día de la bestia es una sátira, una comedia, un western y una buddy movie. Una película de acción, de terror y costumbrista. Y funciona a la perfección como todas y cada una de ellas. Una cinta generacional plagada de secuencias inolvidables. Un pequeño gran milagro que siempre merece una revisión.

Perdita Durango (1997)

Tras el estreno de El día de la bestia, Fox ofreció a Álex de la Iglesia dirigir Alien Resurrección. Tras un primer acercamiento al proyecto, y ante la evidencia de que el estudio no le iba a ofrecer la libertad que él deseaba, el director abandonó dicho proyecto y se embarcó en su primera película internacional. Así, adaptó una novela de Barry Gifford ayudado por el propio autor, por David Trueba y por Jorge Garricaecheverría, su coguionista habitual, y cruzó el charco para contar el reverso más tenebroso del sueño americano.

Perdita Durango es una película imperfecta, con graves problemas narrativos y de montaje. Pero es tan suicida, tan obcecada en poner en el centro de su historia a quienes en manos de cualquier otro hubieran sido sus villanos, tan salvaje y honesta con lo que está contando, que uno no puede evitar amarla. Romeo y Perdita trafican con fetos para la industria cosmética, matan, violan y secuestran. Porque sí. Porque pueden. Porque ellos así lo han decidido. No hay coartadas, no hay justificaciones. Y uno no puede apartar la mirada de la pantalla.

Estoy seguro de que el peluquero de esta película era vasco.

Romeo y Perdita trafican con fetos para la industria cosmética, matan, violan y secuestran. Porque sí. Porque pueden

Perdita Durango fue un fracaso comercial y crítico. Se rodó con las expectativas de una distribución en Estados Unidos que se reveló como imposible debido a su carga de sexo y violencia. El rodaje no fue fácil y Rosie Perez y sus continua exigencias lo complicaron incluso más. Pero siempre nos quedará ese Romeo Dolorosa interpretado por Javier Bardem. Una actuación tan animal, tan visceral que, cuando Steven Spielberg vio la película, quedó tan impresionado que le ofreció un personaje secundario en Minority Report. Un Romeo Dolorosa en cuya despedida de pantalla, fusionado con el Burt Lancaster de Veracruz, Álex de la Iglesia consigue el que probablemente sea el momento más emocional, lírico y bello de su filmografía.

Muertos de risa (1999)

Cuando, en la primavera de 1999, el público acudió en masa a ver la nueva película de Álex de la Iglesia, protagonizada por Santiago Segura (Torrente: el brazo tonto de la ley) y El Gran Wyoming (Caiga quien caiga), lo último con lo que contaba era con encontrarse con un negrísimo retrato de las dos Españas. El espectador medio esperaba un chute de nostalgia de la España del desarrollismo y la transición servido por dos cómicos de confianza, pero a cambio recibió una historia de dos payasos tristes que se odian tanto que terminan por matarse. Cuando, en una de sus primeras secuencias, los dos protagonistas comienzan a dispararse entre ellos ante la carcajada general del público, el espectador ya está advertido de aquello con lo que va a encontrarse, pero muchos no lo entendieron.

Muertos de risa es, en apariencia, la película más superficial del director, pero en esencia, la más profunda y una de las más conseguidas. Envuelto en todos esos colores brillantes, imágenes de archivo, gags afortunados y canciones populares se encuentra un caramelo envenenado con odio y dependencia. La tormentosa relación entre el que abofetea y el que recibe la bofetada, y su posterior venganza, es, probablemente, la mejor translación al cine del espíritu de la España del siglo XX.

Aquellos maravillosos 70.

Un película cuyo espíritu resume a la perfección su magnífico gag final, probablemente el más certero de la filmografía de su director

Muertos de risa es una comedia negra, casi carbonizada, y precisamente por ello divertidísima. Un estudio sobre la dependencia, sobre la venganza, sobre la necesidad de reconocimiento, sobre la fina línea que separa el odio del amor. Un película cuyo espíritu resume a la perfección su magnífico gag final, probablemente el más certero de la filmografía de su director. Una obra maestra que gana vigencia a cada año que pasa.

La comunidad (2000)

Existe el consenso generalizado de que La comunidad es, tras El día de la bestia, la segunda gran película de Álex de la Iglesia. Ganadora de tres Goyas y de la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de San Sebastián, fue un éxito rotundo de crítica y público. Esta historia de codicia, maldad y supervivencia es muy representativa de los elementos comunes del cine del director: claustrofobia, repartos corales, violencia, humor y cultura popular.

La comunidad revitalizó la carrera de Carmen Maura en el momento en el que ella más lo necesitaba, y ofreció una oportunidad inmejorable para acercarse al público joven a un gran número de veteranos actores secundarios españoles (María Asquerino, Paca Gabaldón, Sancho Gracia, Kiti Manver, Emilio Gutiérrez Caba…). Con La comunidad, Álex de la Iglesia dejó de ser un cineasta vasco que rodaba en Madrid para convertirse en el más españolísimo de los jóvenes directores españoles.

Yo solo digo que mi comunidad de vecinos luce peor.

Álex de la Iglesia dejó de ser un cineasta vasco que rodaba en Madrid para convertirse en el más españolísimo de los jóvenes directores españoles

La comunidad no es una película redonda, pero consigue parecerlo, con gran habilidad, durante gran parte de su metraje. Resulta inevitable que algunos de sus personajes secundarios nos interesen bastante menos que otros, y puede resultar molesto que disperse su foco en demasiadas ocasiones. Pero, de nuevo, y esta es una constante en el cine de su director, es un entretenimiento de primer nivel, magníficamente interpretado, dirigido con garra, plagado de momentos divertidos y con un trasfondo tan malvado como certero. Una gozada.

800 balas (2002)

Cuando, en unas vacaciones, Álex de la Iglesia visitó el Poblado del Oeste del Desierto de Tabernas, en Almería, y presenció el espectáculo para turistas que llevaban a cabo varios especialistas, inmediatamente quiso rodar una película que contara las historias de esas gentes y ese lugar. Así, empleó las ganancias de sus anteriores películas en montar una productora, hipotecó su casa para financiar el proyecto y a cambio obtuvo un estrepitoso fracaso de crítica y público que le llevó a perder su estabilidad económica.

800 balas fue un punto de inflexión en la carrera de Álex de la Iglesia. Lo fue por ser su primer proyecto personalísimo en fracasar sin paliativos. Fracasó hasta tal punto que desde entonces el público no ha vuelto a otorgarle un éxito como el que había obtenido con películas anteriores. Y ese es el peor castigo para un director de vocación tan comercial como este.

“Podría ser peor, al menos no es el As de Relaño”

800 balas es una película muy estimable. Lo es en sus intenciones, en sus interpretaciones e, incluso, en su fotografía

Y es una lástima. Porque 800 balas es una película muy estimable. Lo es en sus intenciones, en sus interpretaciones e, incluso, en su fotografía (el duelo final luce antológico). Pero lo cierto es que tiene un ritmo muy irregular y su sentido del humor no termina de funcionar. Por eso el espectador llega agotado al final del metraje, y eso no lo arregla ni un epílogo emotivo, brillante y ciertamente emocionante.

Crimen ferpecto (2004)

En Muertos de risa y 800 balas, Álex de la Iglesia ya se había preguntado qué sucedía cuando la realidad entraba, en forma de avalancha, en un escenario de ficción. Pero nunca antes de Crimen ferpecto había resultado tan ácido, tan cruel, tan incorrecto, tan ácrata, tan salvajemente divertido. ¿Qué sucede cuando algo feo irrumpe en un mundo perfecto? Pues que, poco a poco, todo se va volviendo feo. La maldad es mucho más poderosa que la bondad, sobre todo cuando la bondad es impostada. El protagonista de Crimen ferpecto no es peor persona al acabar la película que cuando esta comienza, pero su compañera (claramente deudora de Lady Macbeth) le obliga a hacer cosas que nunca creía que terminaría haciendo.

El protagonista de Crimen ferpecto vive en una realidad alternativa, en unos grandes almacenes que no imitan a la vida, sino que son mejores que la vida. Allí, cuando todos se van, viste trajes de gala, se emborracha con bebidas caras, cena langosta y se acuesta con mujeres hermosas. Hasta que su antagonista descubre un terrible secreto y le obliga a salir, paulatinamente a la realidad. A un mundo de cenas familiares, domingos en parques de atracciones y promesas de matrimonio y descendencia. Vista en perspectiva, Crimen ferpecto resulta especialmente certera en su descripción de la España de la aparente prosperidad económica a la que la crisis se llevaría por delante tan solo cuatro años después.

“Tuitea, Guillermo, tuitea… ya verás como así le caerás bien a todo el mundo”

¿Y qué es el amor al cine más que el reconocimiento de la superioridad ética y estética de la ficción sobre la realidad?

Crimen ferpecto logra, además, que empaticemos con el canalla, con el asesino, con un personaje que trata a sus congéneres con desprecio, como mero medio para alcanzar sus fines. En el fondo, su antagonista tan solo es una persona que quiere que la quieran, que ansía todo el amor que por su físico y sus circunstancias nunca ha tenido, que le da su merecido a un tipo despreciable. Pero nosotros también la odiamos. Porque amamos el cine. ¿Y qué es el amor al cine más que el reconocimiento de la superioridad ética y estética de la ficción sobre la realidad?

Los crímenes de Oxford (2008)

Los crímenes de Oxford fue la segunda producción internacional de Álex de la Iglesia. Y, probablemente, su película más fallida hasta ese momento. Los crímenes de Oxford es una película que Telecinco Cinema encarga a Álex de la Iglesia, basada en el libro homónimo publicado por Guillermo Martínez en 2003. El caso es que por aquel entonces Telecinco Cinema no era esa máquina perfectamente engrasada para fabricar bolckbusters que es hoy en día, y esta película pagó en parte la novatada.

Los crímenes de Oxford es una película completamente descompensada. Ni es lo suficientemente seria ni lo suficientemente irónica. La intriga no importa demasiado, su erotismo no erotiza demasiado y ni uno solo de sus golpes de humor funcionan como debiera. Todo ello por no hablar de una resolución inverosímil y anticlimática. Jamás una sorpresa final ha dejado tan indiferente a sus espectadores. Álex de la Iglesia parece contenido, atado en corto. Y aunque a ratos parece querer liberarse, está demasiado preocupado por no incomodar, por no hacerse notar, por no dejar huella. El espectador tan solo nota la ambición del narrador en un eficaz plano secuencia en el primer tercio de película.

¿John Hurt? ¿Quién es John Hurt? Yo me llamo Tipo de Incógnito.

La intriga no importa demasiado, su erotismo no erotiza demasiado y ni uno solo de sus golpes de humor funcionan como debiera

Los crímenes de Oxford también se resiente de un reparto más que cuestionable. Elijah Wood está completamente miscast como atractivo estudiante capaz de hacer perder la cabeza por amor a dos mujeres. Leonor Watling luce apática, Julie Cox y Burn Gorman completamente sobreactuados y Dominique Pinon se limita a ser la cuota francesa de la producción que pasaba por allí. El único acierto del reparto es un John Hurt que tira de oficio, y poco más, para convertirse en lo más destacado de una olvidable película.

Balada triste de trompeta (2010)

Y, como si de un movimiento pendular se tratara, Álex de la Iglesia saltó de su proyecto más impersonal hasta la fecha a la película más personalísima de toda su carrera. Personalísima hasta el punto de prescindir de Jorge Garricaecheverría en la escritura del guión. Algo que se nota, y mucho, para mal, en el resultado final de la película.

Balada triste de trompeta es una especie de remake sombrío de Muertos de risa. De nuevo dos payasos, de nuevo, uno que da, y otro que recibe, de nuevo, el detonante de su enfrentamiento es una mujer, de nuevo, el tardofranquismo como escenario. Pero allí donde Muertos de risa quería parecer anárquica para esconder lo ajustado de su funcionamiento, todos los excesos de Balada triste de trompeta no hacen sino acrecentar la sensación de caos que sufre la película. El hacer recaer gran parte del peso de la película sobre los hombros de un actor tan deficiente como Carlos Areces, y enfrentarlo a Antonio de la Torre en una de sus mejores interpretaciones.

Speed 3: Vaticano Race.
Si la velocidad baja de 80km/h, el papamóvil explotará

Todos los excesos de Balada triste de trompeta no hacen sino acrecentar la sensación de caos que sufre la película

Balada triste de trompeta participó en el Festival de Venecia, donde un jurado presidido por un Quentin Tarantino que se mostró entusiasmado por la película le otorgó los premios al mejor director y mejor guión. Pero lo cierto es que, más allá de unos brillantes créditos iniciales y de unos primeros 50 minutos sobresalientes, la película es un batiburrillo de mal gusto, ambiciones fallidas e ideas poco conseguidas.

La chispa de la vida (2011)

La chispa de la vida supuso el punto más bajo, crítico y comercial, de la carrera de Álex de la Iglesia. Se trata de un atípico caso de una película en la que absolutamente nada funciona. La película, de nuevo un encargo, adolece de contar con un guión escrito por Randy Feldman (el autor de Tango y Cash o El negociador) completamente obvio e infantil. Álex de la Iglesia, el que había comenzado como un director punk,  presentaba una película llena de moraleja, en la que lo más importante era un mensaje más propio de un catequista que de un narrador consagrado.

Tras El Gran Wyoming y Carlos Areces, José Mota fue la tercera estrella televisiva en protagonizar una película de Álex de la Iglesia. Y, a pesar de que se le nota voluntarioso, lo cierto es que no llega. Tampoco una Salma Hayek completamente miscast. Pero peor es lo del elenco de secundarios, que oscilan entre lo inapetente (Blanca Portillo o Antonio de la Torre) hasta lo vergonzoso (Juan Luis Galiardo, Santiago Segura, Juanjo Puigcorbé o Fernando Tejero). Tan solo dos actores habitualmente tan discretos como Carolina Bang y Manuel Tallafé logran dotar de algo de verosimilitud a sus personajes.

“Si te parezco odioso aquí, espera a verme en MasterChef Celebrities”

Se trata de un atípico caso de una película en la que absolutamente nada funciona

La chispa de la vida estuvo a punto de acabar con la carrera de su director, que ya acumulaba una racha de varios fracasos consecutivos. Y esta versión de El gran carnaval carente de todo tipo de malicia, sin sutilezas y repleta de tan buenas como obvias intenciones no ayudó en absoluto a revitalizarla.

Las brujas de Zugarramurdi (2013)

Las brujas de Zugarramurdi supuso el primer éxito de la filmografía de Álex de la Iglesia en toda una década. Pareciera como si, ante la incertidumbre por sus últimos fracasos, el director buscara volver a sus orígenes para desarrollar una leyenda del folklore vasco. Y aquello funcionó. En su misoginia, además, así como en el tratamiento del personaje del niño o o todo el subtexto que identifica a los anillos de boda con el dolor y la desgracia, uno puede percibir las ganas de saldar cuentas del director tras el proceso de divorcio de su primera mujer, algo que convierte a este proyecto en algo mucho más personal de lo que pudiera parecer a simple vista.

Las brujas de Zugarramurdi es una comedia de acción y terror completamente desprejuiciada. Casi como una película de otra época, como esos films americanos de los 80 o primeros 90 en los que uno podía reírse, ver alguna explosión y llevarse un par de sustos. Como Noche de miedo, como Una pandilla alucinante, como gran parte del primer cine de Sam Raimi. Y como tal funciona a la perfección, si no en resultados durante todo el metraje, sí, al menos, en intenciones.

Yo conduzco, él me guía.

Como esos films americanos de los 80 o primeros 90 en los que uno podía reírse, ver alguna explosión y llevarse un par de sustos

Porque la estrepitosa caída de ritmo e interés que sufre la cinta en su tercer acto no ha hecho sino alimentar el falso mito de la incapacidad del director para mantener el control de sus películas en sus tramos finales. Y si bien es cierto que algunas de sus películas adolecen de ese defecto (esta misma, Crimen ferpecto o la ya citada Balada triste de trompeta) lo cierto es que muchas de ellas (El día de la bestia, 800 balas o Muertos de risa) presentan resoluciones memorables. En todo caso, Las brujas de Zugarramurdi es una película sumamente disfrutable, en la que vuelven a estar presentes toda la garra, la diversión y la mala leche del Álex de la Iglesia primigenio justo cuando más se le echaba de menos.

Mi gran noche (2015)

Decíamos que, a partir de La comunidad, Álex de la Iglesia pasó a ser el más castizo y españolísimo de los directores españoles. Pues, probablemente, Mi gran noche sea la más españolísima de sus películas. Cuando en Hollywood se hacían musicales, la industria española volcó sus esfuerzos en películas folklóricas, y cualquier aficionado sabe que no son exactamente lo mismo.  Por cada Shirley Temple, una Marisol. Por cada Mickey Roonie, un Joselito. Por cada Debbie Reynolds, una Sara Montiel. Y por Frank Sinatra, Raphael. 42 años después de su última película, el director convenció al cantante de Linares para que protagonizara su nuevo trabajo, en el que interpretaría a un trasunto de sí mismo embarcado en la grabación de un especial de fin de año al más puro estilo de Jose Luis Moreno.

Mi gran noche no solo es una película coral, sino que podría llegar a decirse que, por su sentido de la farsa, el esperpento, la crítica social y lo procaz de muchos de sus chistes, es la más belanguiana película española desde el París, Tombuctú que supuso la despedida del maestro. El director de Todos a la cárcel o La escopeta nacional hubiera disfrutado enormemente de muchos de los pasajes de esta película. Película sobre la que que, además, también sobrevuela Luis Buñuel (o incluso Roman Polanski) con esos personajes celebrando fin de año en agosto, vestidos de gala y atrapados en una nave industrial en una falsa fiesta eterna de la que no pueden salir, protegidos de las manifestaciones y las batallas campales que se suceden en el exterior. Hasta que, al final, una vez más en la filmografía del director, la realidad se abre camino para destrozar ese idílico mundo de ficción en el que interactuaban los personajes.

Chris Pratt en Passengers

Cuando quiere hacer un chiste inofensivo, le sale lleno de bilis. Porque incluso cuando pretende rodar una fiesta, no puede evitar agriar un poco las bebidas

Mi gran noche es un exceso que funciona. Funciona a pesar de la irregularidad de sus interpretaciones, de lo desafortunado de algunos chistes y de los problemas de ritmo que provocan alguna de sus tramas. Porque Mi gran noche es un reflejo grotesco de la España de su tiempo, la de la incómoda fiesta perpetua, la de las celebraciones fuera de lugar, la de los que fingen ser quienes no son y la de quienes quieren ser lo que otros fingen. Por eso el mejor Álex de la Iglesia sigue siendo uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico patrio. Porque cuando quiere hacer un chiste inofensivo, le sale lleno de bilis. Porque incluso cuando pretende rodar una fiesta, no puede evitar agriar un poco las bebidas. Y eso, también, en el fondo, es mostrar un carácter españolísimo.

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