Mi amigo el gigante, el cuento más difícil

Steven Spielberg afronta uno de los proyectos más perseguidos de su carrera, y los irregulares resultados obtenidos son tan dolorosos como, dada la particular naturaleza del relato original, inevitables.

Un patinazo anunciado, pero en absoluto falto de interés

8 Primera hora
4 Segunda hora
9 Mark Rylance
5 Capacidad de emocionar
7 Efectos visuales
3 Los "chistes"
6

Resulta ya un tópico decirlo, pero abalancémonos sobre él: pocos directores hay en el mundo con la habilidad narrativa de Steven Spielberg. Partamos de ahí. Demos por supuesto, pues, que Mi amigo el gigante no podría estar mejor narrada. Y que un argumento como el de la novela original de Roald Dahl difícilmente habría caído en mejores manos que las del artífice de E.T. El extraterrestre.

Ahora bien, cuando la proyección de Mi amigo el gigante llega a su fin, uno siente la necesidad de echarle las culpas de la incómoda sensación resultante a alguien, sea Spielberg, sea Dahl, o sea la misma Melissa Mathison que también escribió el libreto de E.T. El extraterrestre –además del de La llave mágica–, y que falleció antes de poder ver la plasmación de sus páginas en pantalla. ¿Hasta qué punto es responsable Spielberg de un filme tan deslavazado, irregular, problemático en fin? ¿Quizá ha vuelto a hacer algo similar a Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal donde, en efecto, lo peor no era la nevera, sino la falta de ganas de sus artífices?

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La primera hora se siente como un sueño, con el sentido de la maravilla en estado puro

A esto último la respuesta es una rotunda negativa. Tal y como ha trascendido, el cineasta llevaba años queriendo hacerse cargo del filme, habiendo esperado tanto únicamente con el fin de disponer de la tecnología necesaria, y firmar Mi amigo el gigante es un sueño cumplido. De hecho, la primera hora de la película se siente precisamente como eso: un sueño. Sesenta minutos, o así, en los que el sentido de la maravilla que tan bien ha sabido cultivar siempre Spielberg se encuentra en estado puro, silvestre. Hipnótico. Los personajes respiran, se toman su tiempo en conocerse, y el espectador asiste a un nutrido catálogo de escenas puramente descriptivas en las que, pese a carecer de cualquier tipo de conflicto dramático, el aburrimiento ni está ni se le espera.

Un esquema que ya se hallaba presente en la película de animación de 1989, B.A.G. El Buen Amigo Gigante, y que es de suponer que también encontraríamos en el original literario, como introducción de la peculiar trama, y de sus reglas, que a continuación se nos propondría. Sin embargo, el problema de Mi amigo el gigante, como también ocurría con el filme anterior dirigido por Brian Cosgrove, es que una vez llegado el conflicto éste no merece en absoluto la pena, desluciendo una monumental presentación que ojalá hubiera sido también el desenlace. Mi amigo el gigante incomoda, frustra, por el modo tan arrebatadoramente hermoso en el que comienza –y en el que todo, desde las actuaciones hasta el barroquísimo CGI, resulta auténtico–, y lo espantoso e irritante que, poco a poco, se va volviendo el conjunto. Coincidiendo, claro está, con la inserción del conflicto principal en la trama –porque no parecía bastar con esa tierna “historia de amor” entre gigante y niña que Spielberg publicitó tan atinadamente–, y la irrupción de varios personajes nuevos que pugnan por hacer de Mi amigo el gigante, de repente, una película divertida. Cuando no lo es. Cuando los intentos por hacer reír, totalmente ajenos al tono del metraje anterior, y al margen de las posibles risas de los niños –acaso el único público que habría de importarle al director, de todas formas–, sólo provocan vergüenza ajena.

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Un filme de indudables méritos, pero sumido en una confusión interna que llega a malograr cualquier atisbo de emoción pura

No parece ser tanto culpa del guión como del material original, claro, pero este religioso apego a la palabra de Roald Dahl acaba sirviendo, además, para que incluso la sensación de fantasía se vea comprometida, pareciendo los gigantes muchísimo más artificiales de lo que ya eran al principio –a esto no ha ayudado nada un diseño mucho menos arriesgado que el que se vio en, volvamos a él, el filme de dibujos animados–, e incluso dando la impresión de que Spielberg –y esto sí que es responsabilidad suya– acaba perdiendo todo interés por el asunto al ofrecernos un clímax insultantemente perezoso y vacuo.

Uniendo a esto ciertas fallas del guión –con un intento extremadamente pueril de darle un trasfondo traumático a la pareja, y aspectos vagamente siniestros que nunca llegan a cuajar del todo–, nos queda un filme de indudables méritos, pero sumido en una confusión interna que llega a malograr cualquier mínimo atisbo de emoción pura. Una pena, dado que tanto la pequeña Ruby Barnhill como el sonriente Mark Rylance están espléndidos –lo de este último es sencillamente sobrenatural, como ya pudimos intuir en la magnífica El puente de los espías–, y que todos querríamos que la apuesta de Spielberg por contar un cuento ingenuo, a la antigua usanza, en este punto tan avanzado de su carrera, le saliera bien. Sin embargo, el director ha descubierto que el entusiasmo es algo demasiado volátil, sobre todo si tratas de conservarlo a lo largo de décadas, y lo ha hecho en, digámoslo ya, una de las peores películas de toda su carrera.

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