Black Mirror: toda tu historia, relaciones infrahumanas

El último episodio de Black Mirror es una auténtica bomba de relojería que se hará un hueco en tus reflexiones poco a poco, puede que incluso en tus pesadillas.

Voy a ser claro desde el principio, Black Mirror es el mejor invento de la historia de la humanidad. Mejor que la cama, mejor que el aire acondicionado en agosto, mejor que la tele… Es la creación de un periodista cultural que padece cinismo crónico, es la obra que mejor define nuestra sociedad del siglo XXI aparentemente perfecta gracias a tres capítulos absolutamente brillantes. Charlie Brooker, mente (enferma) tras esta miniserie, comenta que Black Mirror tiene la intención de ser algo así como la respuesta de nuestros tiempos a The Twilight Zone, el mítico serial televisivo que contaba con capítulos independientes que exponían los miedos de la población en el periodo de la Guerra Fría. Esa era una sociedad temerosa de ataques nucleares, invasiones alienígenas, invasiones comunistas, alteraciones mutantes, etc. La nuestra es una sociedad superpoblada por los aparatos digitales, en la que tenemos miedo a pocas cosas, porque creemos que el exceso de información al que estamos sometidos nos hace más libres y más sabios.

Brooker ha dado en el centro de la diana, y podría decirse que haciendo el pino. Porque un proyecto de esta ambición y pretenciosidad no es fácil de encarar. Lo primero era sorprender y dejar al espectador removiéndose en su asiento. El himno nacional es un monumento a la provocación que nuestro Buñuel habría amado, porque, además de cabrón, el capítulo es una crítica demoledora a los medios de comunicación actuales. A partir de aquí, el espectador no dudaría en sintonizar el canal E4 a la semana siguiente. Nos encontramos con un episodio radicalmente distinto, muy pausado, más frío, mucho más distópico. 15 millones de méritos es una mofa de la pasividad social y de los reality shows de primer nivel. Está considerado el más flojo, pero creo que también tiene mucho oro televisivo. Pero entonces llega el tercero, que te sienta como un fuerte golpe en la cabeza después de un sábado de borrachera.

Toda tu historia nos sitúa en una realidad en la que los humanos llevan implantado una especie de disco duro en sus cabezas que les permite guardar todos sus recuerdos y verlos cuando les apetezca. Seguimos a una joven pareja en la que surgirá un conflicto gracias a esta avanzadísima tecnología. Este capítulo presenta la que posiblemente es la premisa más interesante de la trilogía, aunque debo reconocer que es recomendable una reflexión profunda y un segundo visionado para apreciarlo como lo que es, el mejor capítulo de la serie. Intentaré no dar detalles sobre el contenido argumental del episodio, pero sí me referiré indirectamente a él. Lo primero que hay que tener muy en cuenta es que este capítulo no está escrito por Charlie Brooker, es un guion de Jesse Armstrong. Para quien no le conozca, este hombre es uno de los guionistas principales de esa brillante sátira política titulada The Thick Of It, una serie que escarba en los rincones más sucios y ridículos de la política británica.

Armstrong parece incluso más cínico que Brooker, me atrevería a llamarle nihilista. Lo que hace aquí retratando una situación típica de pareja joven es absolutamente bestial. Lo más difícil de las anteriores entregas era identificarse con sus personajes y situaciones altamente exagerados e improbables. En este, todo el mundo podrá identificarse con la situación, a pesar de la tecnología protagonista. La paranoia que va creciendo dentro del protagonista del relato poco a poco hará que se nos caiga la cara de vergüenza a todos. No vergüenza ajena, porque lo que vemos es algo que seguro que muchos hemos sufrido, y entenderemos el sinsentido de ese comportamiento. Todo el desarrollo del personaje va de la mano de pequeños detalles de los que somos perfectamente conscientes, ya que el protagonista rebobinará para verlos y valorarlos. Pero tampoco nos tratan de tontos, como el plano en el que la pareja está viendo un hecho pasado y todos sabemos lo que están viendo por sus reacciones, sin necesidad de que nos muestren el espejito negro.

¿Y qué tipo de crítica esconde este capítulo? El ataque a las relaciones de pareja es evidente. Ahí está ese nihilismo que antes mencionaba, en ese trato tan pesimista de la condición humana degradada por el uso de las tecnologías modernas. Solo con la escena en la que la pareja “hace el amor” te entran escalofríos. Cuando en Terminator o Matrix nos exponen un futuro donde las máquinas han dominado a la humanidad rebelándose contra esta, es una clara metáfora. La tecnología no tiene porque ser malvada y tener un aspecto terrorífico, de hecho es todo lo contrario, parece inofensiva y su aspecto es atrayente para el consumidor. Pero eso no significa que no pueda dominarte y destruir tu vida cuando le apetezca, que es lo que nos dicen aquí. Aunque si reflexionamos un poco podemos ir a más.

Este dispositivo que guarda recuerdos puede ser el último eslabón de la cadena empezada por las redes sociales. Esas redes sociales como Facebook que nos permiten subir nuestras fotos, vídeos y comentarios, que actúan como un álbum de nuestra vida. Armstrong nos está advirtiendo seriamente, como lo hacía Brooker en 15 millones de méritos. Además, podemos añadir que la sociedad en la que se desarrolla este episodio tiene algo que me da miedo. El control. En una escena no relevante en la trama, el protagonista está a punto de embarcarse en un vuelo, y tiene que enseñarle al guarda sus últimas horas a cámara rápida. Espero no tener que llegar nunca a verme en esta tesitura tan tiránica. Una chica de la cena cuenta que se quitó esta tecnología y los demás se asombran, aunque intentan reconocerle su valor de manera no sincera. Se ha salido del sistema, y los que están dentro la verán como un bicho raro por no ser como ellos.

Toda tu historia es a la televisión lo que La red social al cine. Es una tésis formidable sobre la condición humana, sobre como nos comportamos en una época en la que la tecnología nos rodea. Me atrevería a decir que cada capítulo de Black Mirror es de un género distinto: el primero, thriller; el segundo, ciencia ficción pura; y este último, terror psicológico. También tengo que destacar el exquisito acabado técnico del mismo. Fotografía bella y sombría, montaje pausado, música original… Señor Brooker, desde aquí le pido que este show tenga segunda temporada, pero solo si está seguro de que estará a la altura de esta.

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1 comentario

  • Saludos Paco, recientemente vi Black Mirror, y quedé tan impresionado que decidí buscar más información sobre ella en la red. Acabo de leer tu preview y me parece muy certera, me identifico con las ideas que expones. Doy un 10 al tercer episodio de la serie y rogaremos por que haya segunda temporada. Añado este episodio a mi lista de películas/series que me marcaron personalmente, como El árbol de la vida o Iklimler (Los climas), que seguramente ya habrás visto y si no recomiendo. Hasta otra!

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