Black Mirror, White Bear; la masa, enfurecida por entretenimiento

El segundo episodio de la segunda temporada de Black Mirror es posiblemente el que más impactará al espectador debido a su poderoso y cercano mensaje, más envenenado que nunca.

Aviso desde el principio, es prácticamente imposible hablar de White Bear, el segundo capítulo de la segunda temporada de Black Mirror, sin entrar en ningún tipo de spoilers, porque la esencia de este capítulo está en sus últimos quince minutos. No soy aficionado a dar detalles de la trama en una crítica, pero en este momento no me queda más remedio que hacerlo para discutir los temas que trata el capítulo en cuestión y la fina línea que separa la ciencia ficción de la realidad en este caso concreto.

Dicho esto, haciendo un breve comentario de la temporada, que pienso que ha sido incluso mejor que la primera, podría señalarse que esta segunda cosecha ha tenido una especie de efecto espejo respecto a la del año pasado. El primer capítulo, Be Right Back, es el más emocional y cercano, de la misma manera que el último capítulo de la anterior tanda, The Entire History of You. El primer y sorprendente episodio fue The National Anthem, un episodio centrado en la humillación pública del Primer Ministro, y en el último hasta ahora, The Waldo Moment, un grosero dibujo animado se encarga de ridiculizar a los candidatos electorales de turno y al sistema político en general.

Black Mirror White Bear 2

La teoría del espejo se confirma con el segundo episodio de esta segunda tanda y que es el que me toca reseñar. En 15 Million Merits, que ocupaba el mismo espacio en la anterior temporada, Charlie Brooker nos descolocaba totalmente presentándonos un extrañísimo futuro indoor en el que aparentemente el único modo de conseguir algo en la vida es adquirir puntos pedaleando en bicletas estáticas y siendo invadido constantemente por pornografía. En White Bear, también escrito por el mismo Brooker, no estamos en un ambiente tan utópico, de hecho, se desarrolla en un típico pueblo inglés, pero el elemento desconcertante también hace acto de presencia con fuerza. El capítulo arranca con Victoria (Lenora Crichlow) despertando en casa con amnesia. Una vez fuera, todo el mundo que se cruza solo la graba con el móvil sin inmutarse ni mediar palabra, y pronto aparecen unos extravagantes encapuchados armados que la persiguen.

Esta situación tan extraña, en principio, no puede verse de una manera que no sea la típica sátira con muy malas pulgas de Brooker: los smarthphones y demás dispositivos digitales han zombificado a la sociedad de tal manera que solo se dedican a grabar lo que tienen delante sin preocuparse por lo que pasa. Los cazadores, se nos explica más tarde, solo buscan audiencia (las personas con los móviles). Es tan fácil y simple que no parece propio de Brooker, aquí hay gato encerrado. Aún así, la sátira funciona bastante en las situaciones que se nos presentan (igual que las situaciones en sí), y hay que destacar sobre todo el trabajo del director del episodio, Carl Tibbetts, que filma las adrenalíticas persecuciones y demás juegos de esta peculiar “carrera de obstáculos” con mucha firmeza y talento, ofreciendo una de las mejores direcciones en el cómputo global de Black Mirror.

Black Mirror White Bear

Así, con la presencia siempre disfrutable de Michael Smiley (Kill List) nos adentramos en los últimos quince minutos, en los que se produce un giro casi shyamalano que por otra parte esperábamos, debido al constante énfasis en la amnesia, cada vez menos pronunciada de nuestra protagonista femenina. La revelación final supera cualquier expectativa, Victoria y su pareja secuestraron a una niña, a la que el chico torturó y asesinó mientras Victoria grababa con el móvil, y el caso se hizo muy popular en la prensa sensacionalista británica. Así que en vez de enviarla a prisión, como sería habitual, decidieron crear una especie de parque temático al que la gente podría ir a torturar psicológicamente a la criminal, que repetiría el mismo número una y otra vez, como un acto de justicia poética.

En primer lugar, creo que este es el mensaje más terrorífico de todo Black Mirror, por un simple motivo: es casi real. ¿Qué pasa con las personas que no tienen nada que ver con un caso de maltrato, asesinato o violación que pasan la tarde en las puertas del juzgado para insultar e incluso intentar agredir al supuesto criminal? En este caso, White Bear tiene un paralelismo con The National Anthem, y es el poder de influencia que llega a ejercer la prensa (en este caso, sensacionalista), en un caso que no debería tener esta magnitud. Al fin y al cabo, nunca sabemos si Victoria fue también obligada por su pareja a grabar bajo algún tipo de amenaza, pero ha recibido el castigo más cruel posible. Esto también nos hace reflexionar sobre nuestra humanidad y sentido de justicia hacia las personas condenadas o no en juicios, aunque eso no importa, porque aquí lo que cuenta son los juicios hechos por la opinión pública, basados en el griterío y el cotilleo más infame, y desgraciadamente tenemos muchos ejemplos de esto en nuestro país. Al final, esto lo hacemos para sentirnos bien con nosotros mismos, creer que participamos en una causa justa, pero no nos damos cuenta de que no es más que un mero entretenimiento, y cuando aparezca otro caso nos olvidaremos de este, como si fuera la última bomba editorial.

Black Mirror White Bear 1

Toda esta revelación, además, nos hace replantearnos todo lo acontecido anteriormente en el episodio, ya que todo estaba prácticamente coreografiado, es una simulación casi perfecta, potenciada por los últimos minutos del capítulo, en los que vemos como se va a preparando el particular Parque de la Justicia entre bambalinas. Al final esto resulta ser un juego narrativo de doble capa fantásticamente encauzado. También son notables las referencias cinematográficas de los últimos diez minutos del capítulo, sobre todo aquellas en las que el cabecilla de todo el asunto, el personaje de Smiley, arenga a la multitud enfurecida, algo bastante propio del personaje de Christopher Lee en el clásico británico The Wicker Man, que además que desarrolla un esqueleto narrativo similar al de este relato y toca algunos temas similares (lo influenciable que puede llegar a ser el populacho).

En White Bear solo son necesarios cuarenta minutos para contar una historia que te golpea con fuerza y deja marca. Es lo que tiene la buena ciencia ficción, que no necesita siempre naves espaciales, viajes en el tiempo o robots para hablarnos de la condición humana. Con un osito de peluche blanco y unos cuantos móviles se puede obrar el milagro.

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