Blackfish: avaricia, inconsciencia, crueldad

Gabriela Cowperthwaite dirige este brillante documental que consigue un doble objetivo: avergonzar a una corporación y arrojar luz sobre unos seres fascinantes

Blackfish es el terrible testimonio de humanos inconscientes y animales indefensos hiriéndose mutuamente

8 Indignación
8 Complejidad estructural
9 Emotividad
8 Ritmo
8.3

Imagino que vosotros también os habréis encontrado con ese tipo de gente que, al carecer de las complejidad psicológica y profunda capacidad de reflexión que tenemos los críticos de cine, califica la calidad de las películas que ven cuantificando sus reacciones naturales. En otras palabras, la gente que dice que una comedia es buena porque “me hinché de reír”, una cinta de terror es memorable por “la de sustos que me metió” o un melodrama de baratillo es salvable porque “es una película muy bonita, lo que lloré con ella”. Es una simplificación que obvia los aspectos más técnicos del trabajo cinematográfico, pero al final y al cabo también es verdad que el cine si no logra emocionar con inmediatez, de poco sirve que sea adornado con elogios al sutil trabajo de cámara o la compleja simbología en la construcción de cada plano. Uniéndome a esta simplificación de los géneros, pues, me atrevería a decir que si un buen documental se queda en la memoria de un espectador, es por la cantidad de veces que consigue revolverle el estómago, conmoverle y llevarle a borde de la mala hostia.

Por esta razón, y por otras que vendrán más adelante, me atrevo a decir que Blackfish es un buen documental, una película que aprovecha de forma muy inteligente lo limitado de su campo, y en cierto modo, es una experiencia desagradable. La realizadora Gabriela Cowperthwaite se propone investigar qué hay debajo del dulce envoltorio de SeaWorld, una alegre corporación de parques acuáticos de origen norteamericano, especializada en el “estudio” y amaestramiento de animales marinos, siendo el de las orcas su espectáculo estrella. Para ello, toman como punto de partida la horrible muerte en directo de la cuidadora de orcas Dawn Brancheau en 2010, durante una rutina que habían repetido infinidad de veces enfrente de miles de personas. Por supuesto, como con cualquier otra gran empresa que se oculte tras el disfraz de la perfección, la armonía y los valores familiares, no hace mucho esfuerzo para adivinar que algo horrendo se esconde detrás. Pero la cinta no tiene prisa, ni se fija un solo objetivo sobre el que echar la bilis, y es por eso (y por la negativa de SeaWorld a conceder entrevistas) que durante la mayor parte del metraje paseamos por los hechos acompañados por los testimonios de extrabajadores de la empresa.

Blackfish Documental Cinéfagos 1

Blackfish se guarda en la manga una trampa estructural

La personalidad y el cerebro de un documental residen en su montaje, dado que la calidad de las imágenes es en un 10% tesón, otro 10% buena planificación y un 80% la pura suerte de que algo irrepetible suceda delante de la cámara. Blackfish no cuenta con demasiados recursos para jugar, más allá de imágenes de archivo y entrevistas a dos expertos y una batería de exempleados con necesidad de contar su historia, corriendo un gran riesgo de volverse repetitiva rápidamente. Es gracias a la calculada disposición de esos elementos que la película consigue avanzar, y de forma fascinante, sin que el retorno constante a las mismas personas se nos haga aburrido.

Además, Blackfish se guarda en la manga una trampa estructural, que resulta ser al mismo tiempo de calado moral, dado que el orden en el que la cinta nos presenta los hechos afecta nuestro juicio sobre sus protagonistas. En su comienzo, parece deshacerse en elogios hacia el escuadrón de cuidadores de los animales, jóvenes, entusiasmados, cariñosos, ingenuos. Por un momento son las víctimas colaterales de este drama. Y sin embargo, cuanto más avanza el metraje, y más atrocidades se nos revelan por parte de la corporación, más imposible resulta seguir creyendo el primer veredicto de la cinta. Nadie puede ser inconsciente, nadie puede ser tan ignorante, nadie puede vivir indignado día a día sin mover un dedo, y pretender que su mansedad no es complicidad pasiva. Nos damos cuenta de que no estamos asistiendo tanto a una denuncia como a una expiación de la culpa, a un lavado de manos y alma por parte de gente que en ocasiones se desmorona delante de la cámara al recordad su participación en hechos atroces.

Blackfish Cinéfagos

Blackfish consigue darle una complejidad y una dimensión muy interesantes

Este cambio de 180º no se limita a los entrevistados: de hecho, la transformación más interesante de la cinta es la relativa a nuestra percepción de las orcas, “the blackfish”, el verdadero protagonista de la obra. Si bien es innegable que son la víctima principal de los despropósitos corporativos de SeaWorld, Gabriela Cowperthwaite consigue que la lástima inicial se mantenga pero se le vayan añadiendo capas de terror, fascinación y respeto. Porque hasta los expertos en orcas entrevistados, con toda la pasión que sienten por el animal (y más bien poca empatía por los humanos defenestrados), le profesan también un respeto casi temeroso, físico e intelectual. La película consigue darle una complejidad a la figura de la orca, un ser que desde “Liberar a Willy” hasta ahora siempre ha sido representado como bonachón y manso,  y una nueva dimensión muy interesantes. Tilikum termina siendo, con mucho, un personaje más interesante que cualquiera de sus cuidadores.

Blackfish comienza y termina en el mismo punto, pero la percepción del espectador sobre los hechos sin embargo ha cambiado totalmente. Si bien comienza hablando del horrible ataque que se costó la vida de la entrenadora, no es hasta el final que decide sacar la artillería pesada y muestra las imágenes del incidente. Las imágenes son duras (que no morbosas o gráficas), pero lo más repulsivo viene después: la batería de mentiras y distorsiones por parte de la corporación. Y es aquí donde vemos la verdadera razón de ser de Blackfish: la de hacer justicia, la de intentar cambiar, a su modesta manera, el mundo donde existen. Una aspiración noble que los mejores documentales tienen, o deberían tener.

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