Brooklyn, el secreto de puente nuevo

Saoirse Ronan protagoniza la nueva película de John Crowley en la que ella es lo poco que destaca

Melodías animadas de ayer y hoy presentan: AYER

8 Saoirse Ronan
4 Emory Cohen
4 Domhnall Gleeson
4 Retrato de la época
4 Desarrollo
3 Mojigatería en su ejecución
3 Mojigatería en su narrativa
4.3

Disculpen de antemano la sorna del título, esto no debería ser propio de una crítica seria, medida y experimentada. Acepto el agravio. Tal vez tengáis razón y no deberíamos ser tan duros a la hora de hablar de Brooklyn. En el fondo, Brooklyn es una película sin demasiadas pretensiones: una historia de amor e inmigración, de distancia emocional y física. Del significado de una vida nueva en un lugar nuevo.

Pero atentos a la simpleza de su subtexto: joven irlandesa emigra a Estados Unidos y se enamora. Pero resulta que tiene que volver a Irlanda por un imprevisto familiar y, sorpresa, le sale otro pretendiente en su tierra natal. Vaya dramón. En Acacias 38 no lo hubiesen hecho mejor.

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Los clichés de Brooklyn no se atisban únicamente en su narrativa: se infiltran en su desarrollo, en su tratamiento de la época, en sus actuaciones…

Digo esto porque sus clichés de culebrón no se atisban solamente en su desarrollo previsible ni en su narrativa precavida de cualquier sorpresa para con el espectador. Brooklyn se descubre en su superficial tratamiento del choque de raíces en una sociedad americana de posguerra: los italianos son simpáticos, de los Dodgers y comen pasta (no miento: hay diez minutos dedicados a “los italianos comen pasta”) mientras que los irlandeses son recatados, fieles feligreses, pobres y de los Yankees. Y esto se amplía a su retrato de personajes: Brooklyn cumple con todos los clichés sobre el género así que pesar de ser una película fundamentalmente protagonizada por personajes femeninos, de sus 111 minutos, al menos 100 no superan el test Bedchel. Y sólo lo digo como ejemplo. Pero es que la sosez de su retrato cuenta hasta con la vieja bruja chismosa más propia de un relato de Disney que de una película con tres nominaciones a los Oscars.

De hecho, en esta misma época se desarrolla Carol, en cines ahora, y baste decir que entre Brooklyn y la película de Todd Haynes media un enorme trecho de elegancia en la puesta en escena y arrojo en lo narrativo. Y esto lo dice alguien a quién Carol no gustó especialmente.

Cierto es que se podría considerar positivo el plantear el trio sentimental no tanto como un tridente dramático entre dos hombres y una mujer, sino entre dos tierras y una mujer. Pero ni eso destaca ante tanta cautela. Mojigato es un adjetivo referido a aquello que muestra exagerados escrúpulos morales. Pero también puede referirse al exceso de humildad que enmascara cobardía. Brooklyn es demasiado inofensiva, demasiado amable con el espectador, demasiado mansa y moderada. Y esta moderación constriñe todo lo que la envuelve: desde las actuaciones, por muy bien que estén, hasta cualquier puesta en escena memorable ahogada por correcta.

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Brooklyn es demasiado inofensiva, demasiado amable, mansa y moderada. Pero a veces la moderación esconde cobardía.

Tal vez sea esa su gracia: es una película tan recatada, tan cándida… que no parece una película de hoy. Parece hecha por otra gente, para otra gente en otro momento menos autoconsciente y menos preparado para el relato audiovisual contemporáneo.

Hay algo que merece la pena, eso sí. Se pronuncia shir’sha y significa libertad. La acutación de Saoirse Ronan está medida en base al mismo patrón de coartar y recatar aquello que se salga de la norma. Pero ella sí que cumple: está estupenda en cada fotograma, en cada secuencia llena la pantalla de algo en lo que refugiarse. Ella aguanta sin problemas los desmanes de la película que protagoniza. Sin problemas no, lo hace con un saber estar y una elegancia que desarman. Saoirse, eres grande.

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