Bud Spencer y Terence Hill: El cine a guantazos

Con motivo del 50 aniversario del estreno de Tú perdonas... yo no, su primera película juntos, repasamos la filmografía de esta inolvidable pareja

Corría el año 1967 cuando una pelea de enamorados acabó teniendo una influencia decisiva en la historia del cine italiano y en la cultura popular del siglo XX. Una noche de primavera, el actor Pietro Martellanza (más conocido como Peter Martell) se rompió un pie en un altercado que protagonizó junto a su novia. Esa lesión le impedirá desplazarse a Almería para rodar un spaguetti western con el que ya se ha comprometido. Cuenta la leyenda que Guiuseppe Colizzi, director de dicho western, recorrió toda Cinecitta buscando al actor adecuado para sustituirle, hasta que se dio cuenta de que su amigo Mario Girotti (apenas conocido por su intervención en El gatopardo, y coprotagonista de Pecado de amor, junto a Sara Montiel) sería la mejor opción. Solo le faltaba elegir un pseudónimo digno de un actor americano para poder poner en grande en la cartelera.

Una vez en Almería, y como la película se ha de rodar en inglés, Mario toma clases de una profesora de lengua inglesa llamada Lori Hill. Se enamora y adopta su apellido para su nuevo nombre: Terence (en honor al comediógrafo romano Publio Terencio Afro) Hill. Terence y Lori Hill terminarían teniendo un hijo biológico (Jess Hill) y adoptando otro (Ross Hill, trágicamente fallecido en 1990, con apenas 27 años de edad). Este 2017 cumplen 50 años de casados.

En ese mismo rodaje, Terence Hill conocería a otra de las personas más importantes de su vida, el actor Carlo Pedersoli, que decide adoptar el nombre de Bud Spencer en homenaje a su cerveza (Budweiser) y actor (Spencer Tracy) favoritos. Bud Spencer era doctor en Derecho y había trabajado como bibliotecario, compositor, cantante, vendedor de coches y obrero de la construcción (participando en la construcción del tramo Venezuela – Colombia de la Carretera Panamericana San Cristobal). Pero si por algo era conocido era por su faceta como nadador. Bud Spencer había sido el primer italiano en haber nadado los 100 metros en menos de un minuto, logro gracias a la cual había participado en los Juegos Olímpicos de Helsinki 52 y Melbourne 56. Pronto entablaron una fuerte amistad gracias a que Hill también había sido nadador durante su infancia (a los doce años llegó a ganar una medalla de bronce en la modalidad rana en los campeonatos de Italia de su categoría).

Pronto entablaron una fuerte amistad gracias a que Hill también había sido nadador durante su infancia

Pero, aunque ellos no lo supieran en aquel momento, aquella no era la primera película en la que Bud Spencer y Terence Hill habían compartido reparto. Ocho años antes habían coincidido en una cinta que siempre se ha considerado ajena al canon de su trabajo conjunto, esencialmente porque en ningún momento comparten pantalla.

Aníbal (1959)

Cuenta la leyenda que, cuando a mediados de los años 50, Víctor Mature renunció a ser reconocido por su trabajo como intérprete, empezó a centrar sus esfuerzos en su carrera como golfista. Quiso, entonces, entrar a formar parte de un exclusivo club de golf de Los Ángeles. Tan exclusivo que no admitía a actores entre sus miembros. Así que, una vez rechaza su solicitud inicial, Victor Mature volvió a presentarse en las oficinas del club, pero en esta ocasión acompañado de una carpeta que contenía las más viscerales críticas negativas que había recibido en su carrera. Una vez allí, las esparció por la mesa donde tramitaban las admisiones y exclamó “Yo no soy actor y tengo toda una filmografía que lo demuestra”.

La carrera de Victor Mature abarcó 45 años y 56 películas. Ni un solo premio. Ni una sola nominación. A nada. Para cuando llegó 1959, ya se encontraba en plena retirada. Tan en retirada que no le importaba rodar péplums de serie B en Italia si la exigencia era escasa y el cheque generoso. Y Aníbal era un proyecto que cumplía exactamente con estas características. Codirigida a cuatro manos por los veteranos Carlo Ludovico Bragaglia y Edgar G. Ulmer (14 años después del estreno de Detour, su obra maestra).

En Aníbal, Terence Hill da vida a Quintilio, joven galán y uno de los detonantes de la trama. Es un papel secundario, pero de importancia

En Aníbal, Terence Hill da vida a Quintilio, joven galán y uno de los detonantes de la trama. Es un papel secundario, pero de importancia, con más de media docena de escenas. No así el de Bud Spencer, que interpreta a Rotario, representante de una de las tribus rivales de Roma, que apenas cuenta con una escena en el primer acto de la película. Aníbal es, por otro lado, una película muy mejorable, carente de un mínimo de tensión o espectacularidad, y con un empleo muy deficiente del formato panorámico.

Una eterna hora y media de metraje que finaliza bruscamente para terminar explicando el resto de la historia con una chapucera voz en off que solo logra hacernos evocar las carencias presupuestarias que impidieron poder terminar la narración en el momento que la historia pedía. Voz en off, por cierto, convenientemente modificada por la censura de la época, para dotar a Aníbal del rango de caudillo. Por ver si al público se le ocurría admirar a algún otro de esos que tuviera cerca.

Tú perdonas… yo no (1967)

Volvemos a la Almería de 1967. Volvemos a la que se considera, ahora sí, la primera película del dúo como tal. Tú perdonas… yo no fue uno de los más de 20 spaguetti western que se rodaron en 1967 en Almería.  Sergio Leone había inaugurado el género en 1964, con Por un puñado de dólares y tan solo tres años después se había convertido en el género estrella de la cinematografía italiana, con subproductos de calidad menguante. Cada vez que a Leone le llamaban el padre del spaguetti western contestaba “Soy el padre sí, pero de un montón de hijos de puta”.

Cada vez que a Leone le llamaban el padre del spaguetti western contestaba “Soy el padre sí, pero de un montón de hijos de puta”

La censura española volvió a hacer de las suyas con la película. En primer lugar, eliminando a Dios de la fórmula que planteaba el título original (Dio perdona… Io no!), y, también, suavizando una escena en la que el villano mata cruelmente a unos jornaleros.

Terence Hill recibió tratamiento de estrella en la promoción de la película. Tanto, que su nombre aparecía en los créditos iniciales antes que el título. Bud Spencer tuvo que conformarse con ser el tercero (por detrás de Frank Wolff). Tú perdonas… yo no, es el típico italowestern hijo de su tiempo: venganza, violencia, montaje picado, sangre muy roja. No existe en la película ninguna de las características narrativas, humorísticas o coreográficas con las que, años después, se harían famosos sus protagonistas.

Los cuatro truhanes (1968)

Terence Hill volvía a ser el primero en los créditos iniciales y Bud Spencer quedaba incluso más rezagado (cuarto en esta ocasión) en una película que, en un principio, había nacido como vehículo de lucimiento para Eli Wallach. De hecho, la secuencia final de Los cuatro truhanes es, en esencia, un remake apócrifo del clímax de El bueno, el feo y el malo, que coprotagonizaba el propio Wallach.

No es osado afirmar que en esos quince primeros minutos nace la buddy movie moderna que, veinte años después, popularizaría Shane Black

Es en los primeros quince minutos de Los cuatro truhanes donde realmente puede apreciarse el nacimiento de las características fundamentales del tipo de cine que daría la fama a esta pareja. De hecho, no es osado afirmar que en esos quince primeros minutos nace la buddy movie moderna que, veinte años después, popularizaría Shane Black en Hollywood. Asimismo, Los cuatro truhanes tiene el honor de ser la primera película en la que Bud Spencer emplea el “puño mazo” o “puñetazo vertical” en una película. El golpe, seco, con el puño cerrado y el brazo extendido en movimiento descendente hasta impactar en la cocorota de su contrincante es uno de los más característicos de la carrera del actor, y sería empleado en multitud de ocasiones de aquí en adelante, con gran éxito y popularidad entre, por ejemplo, escolares de todo el planeta. También Terence Hill ofrece muestra de sus habilidades físicas en escenas con un fuerte componente de funambulismo o trapecismo, un poco en la línea de lo que Burt Lancaster acostumbraba a hacer en sus películas de aventuras más clásicas.

De nuevo el argumento es más cercano al western de venganza (con un ojo puesto en el de El rostro impenetrable) más o menos adulto que al del cine más familiar o incluso infantil que caracterizaría su carrera posterior.

La colina de las botas (1969)

La colina de las botas supone el cierre de la trilogía apócrifa de westerns dirigidos por Giuseppe Colizzi y protagonizados por Bud Spencer y Terence Hill durante los primeros años de su carrera conjunta. Y, en esta ocasión, por primera vez sus nombres aparecen antes que el título en los créditos iniciales. Esta pasaría a ser una constante de sus películas a partir de ahora. Siempre, eso sí, con el nombre de Hill antes que el de su compañero. “Era lógico, él era un actor y yo me limitaba a jugar a que era uno” declararía Spencer años después.

Y, en esta ocasión, por primera vez sus nombres aparecen antes que el título en los créditos iniciales

La colina de las botas es, de nuevo, un western de venganza que transcurre en un ambiente circense. Oscuro, áspero, sin apenas matices de comedia que lo aligeren, supone un paso atrás respecto a Los cuatro truhanes. Y ello a pesar de contar con una secuencia especialmente ingeniosa en la que la troupe del circo homenajea a Hamlet incluyendo una obra de teatro dentro de la película para tratar de desenmascarar al villano.

Cabe señalar que La colina de las botas también sirve como debut de otro de los golpes por los que Bud Spencer pasaría a la historia: el tortazo vertical. Dos manos abiertas, brazos extendidos y movimiento descendente hasta impactar en los hombros del contendiente. Por lo demás, la película sirve como finalización de un ciclo que sirvió para formar una pareja de éxito en lo artístico y en lo personal (“Siempre fuimos grandes amigos, nunca nos enfadamos” contaba Spencer). El plano final de la misma, con la silueta de los dos jinetes cabalgando hacia el atardecer (claramente deudora de Lucky Luke, personaje al que, por cierto, Terence Hill acabaría dando vida en la televisión en los años 90) ya daba a entender que aquella pareja estaba destinada a pasar a formar parte de la leyenda. Y entonces, llegó Trinidad.

Le llamaban Trinidad (1970)

Le llamaban Trinidad fue el primer spaguetti western no dirigido por Sergio Leone en convertirse en un acontecimiento cinematográfico. En la ciudad de Vigo, los responsables del cine en el que se estrenó (Cine Fraga, pocas bromas, cine de estreno) contrataron los servicios de uno de los patriarcas gitanos de la ciudad para que recorriera las calles montado a caballo y arrastrando una litera (al modo del propio Trinidad) para promocionar la película. Cuentan las crónicas de la época que la platea y los tres anfiteatros del cine lograron un lleno absoluto durante tres semanas seguidas, y que la sala se mantenía en un absoluto silencio hasta que, a los cinco minutos de metraje, el personaje de Trinidad eructaba con gran sonoridad mirando directamente a cámara. Entonces, más de mil personas estallaban en una carcajada simultánea que definía a la perfección el poder comunitario del cine. Con ese eructo de Trinidad nacía la comedia moderna.

Sabemos que se está rifando una hostia, y sabemos quién lleva todas las papeletas, pero, a pesar de ello, Spencer y Hill nos hacen disfrutar con el sorteo

Le llamaban Trinidad es, oficialmente, la primera película de Bud Spencer y Terence Hill que muestra los elementos diferenciados de los que haría gala su cine. Es una película seminal. Por primera vez Spencer es un bruto cascarrabias y Hill un canallita bonachón. Y gran parte de su humor radica en esos contrastes. También están las peleas, que son cómicas per se, aunque no solo y exclusivamente por la ensalada de garrotazo y tententieso que ofrecen, sino que existe un trabajo de gradación de la tensión que también se debe resaltar. Lo gracioso no es solo el guantazo cuando se produce, sino también cuando todavía no se ha producido, pero el espectador sabe que se va a producir. Nosotros sabemos que se está rifando una hostia, y sabemos quién lleva todas las papeletas, pero, a pesar de ello, Spencer y Hill nos hacen disfrutar con el sorteo. Y hablando de guantazos, Bud Spencer inauguraría en esta película la bofetada con desplazamiento a mano abierta y brazo extendido. Un movimiento casi perfecto, y muy utilizado con posterioridad, en el que la fuerza de la guantada se multiplica, al no ser solo el brazo en que genera la energía cinética finalmente liberada en el carrillo del contrincante, sino todo el cuerpo del actor, gracias a su característico movimiento semicircular.

Una de las principales diferencias del spaguetti western respecto a western clásico fue que, en esta nueva variación del género, los protagonistas dejaron de ser héroes intachables para comenzar a ser antihéroes. Pues bien, Trinidad y Bambino son canallas de buen corazón que, a pesar de todo, terminan haciendo lo adecuado en el momento preciso. Y esa es otra de las narrativas que en esta película llegarían para terminar instalándose para siempre en el cine de Bud Spencer y Terence Hill. Un poco al modo en el que El equipo A y tantas otras series de los años 80 terminarían ofreciendo semanalmente, Trinidad y Bambino son mercenarios, cazarrecompensas que deciden alinearse con una comunidad que ve amenazada su supervivencia por los excesos de un cacique terrateniente. El resultado es un cocktail casi perfecto. Una película muy disfrutable independientemente de la nostalgia que se sienta hacia el cine de esta pareja. Un éxito popular más que comprensible hace más de cuarenta años que podría seguir perfectamente vigente en los tiempos actuales.

Le seguían llamando Trinidad (1971)

Tan vigente, que, tan solo un año después, Enzo Barboni, Bud Spencer y Terence Hill volverían a juntarse para rodar la secuela de su éxito. Y, como suele suceder en estas secuelas precipitadas, Le seguían llamando Trinidad es un lavado de cara, una fotocopia sin gracia, un refresco que, tras pasar demasiado tiempo abierto, pierde inevitablemente el gas.

Es un lavado de cara, una fotocopia sin gracia, un refresco que, tras pasar demasiado tiempo abierto, pierde inevitablemente el gas

Todo aquello que convirtió a Le llamaban Trinidad en un éxito descomunal está presente en Le seguían llamando Trinidad: el argumento, los chistes sobre comida, los gases, las peleas. Bud Spencer y Terence Hill ya era un dúo cómico plenamente consolidado. Y, como en tantas otras ocasiones, su comicidad se basaba tanto en lo que ambos hacían como en los contrastes que juntos generaban: el rubio y el moreno, el guapo y el feo, el grácil y el bruto, el clown y el gruñón, el gordo y el flaco (si bien, a estas alturas de su carrera, Spencer era más grande que gordo, lejos todavía de los 150 kilos que llegaría a alcanzar 20 años después).

Hill incluso intentaría rememorar el éxito de esta saga, pero ya en solitario, dos años después, con Mi nombre es Ninguno, otro spaguetti de título nominativo. La película, mucho más sería, mucho más ambiciosa y pretendidamente importante, fue coescrita y codirigida en la sombra por el propio Segio Leone, y coprotagonizada por Henry Fonda. Y, a pesar de ser reivindicada en la actualidad por determinados sectores, es mucho más irregular y olvidable que cualquiera de las dos de Trinidad.

El corsario Negro (1971)

El corsario Negro era otro producto para el lucimiento individual de Terence Hill, pero el éxito de la saga Trinidad hizo que a sus avispados productores se les ocurriera incorporar a Bud Spencer a la ecuación. Es por ello por lo que esta película aparece como la más atípica de todas aquellas que rodaron juntos una vez que ya eran considerados una pareja cinematográfica. Tanto es así, que el de Bud Spencer es el último nombre en aparecer en los créditos iniciales de la película, casi como obligado, casi como estrella invitada. De hecho, no hace acto de presencia hasta el minuto 17 de metraje.

El corsario Negro, basada en una novela de Emilio Salgari, es una barata (plagada de imágenes de archivo sin etalonar) y muy poco inspirada película de aventuras marítimas pretendidamente clásica. En una de sus primeras secuencias, en la que, por cierto, aparece la española Mónica Randall, uno de los personajes ofrece a otro embarcar rumbo Santiago de Compostela, que de aquellas debía de ser puerto de mar.

Esta película aparece como la más atípica de todas aquellas que rodaron juntos una vez que ya eran considerados una pareja cinematográfica

En la pelícua, Bud Spencer y Terence Hill, lejos de formar equipo, son rivales, y el personaje de Hill vence al de Spencer en el único enfrentamiento de ambos, en un uno contra uno, que nos ofrece su filmografía en conjunto.

El principal problema de El corsario Negro no es su reducido presupuesto, ni el escaso talento narrativo mostrado por Lorenzo Gicca Palli, su director y guionista, sino lo morosa de ritmo que resulta, y, en consecuencia, lo tremendamente aburrida que termina siendo. Lo es hasta el punto de que, en conjunto, no solo termina perdiendo en las comparativas con cualquier otra cinta de piratas clásica (El pirata negro, La isla del tesoro o El temible burlón, protagonizada esta por un Burt Lancaster con el que Hill guarda más de un parecido) sino que incluso termina siendo un producto menos digno que otras comedias españolas de época, rodadas con muchísimos menos medios, como, por ejemplo, La loca historia de los tres mosqueteros o Juana la Loca, de vez en cuando.

¡Más fuerte, muchachos! (1972)

¡Más fuerte, muchachos! fue la película que inició el ciclo de películas contemporáneas del dúo. De hecho, en un momento de su clímax, sus personajes apuntan a los villanos con unas pistolas descargadas, y, al descubrir estos el engaño, la escena se convierte en una ensalada de tortazos y puñetazos. Y esa, y no otra, es la mayor señal del cambio de ciclo. Adiós a las armas de fuego tan propias del western. A partir de este momento todo se solucionará con los puños.

Tras el estreno de esta película, en la que da vida a un piloto aeronáutico, Bud Spencer se sacó la licencia de piloto de avión y helicóptero

¡Más fuerte, muchachos! es el El tesoro de Sierra Madre de Bud Spencer y Terence Hill. Una película muy ambiciosa en lo económico, cuya primera secuencia, que muestra una serie de peripecias aéreas (que incluyen un homenaje poco velado a Con la muerte en los talones), luce mucho más cara que todas sus películas hasta la fecha. Juntas. La película es tan ambiciosa que, incluso, a mitad de metraje, cuenta con un número étnico musical que acabaría valiéndole un premio del Sindicato de Periodistas Cinematográficos de Italia. O con una escena en unos billares que para sí hubieran querido Martin Scorsese en El color del dinero.

En ¡Más fuerte, muchachos! hay una escena que es un clásico de muchas películas del dúo. Aquella en la que los personajes, tras haber prosperado y amasado un capital, compran ropa de dudosa elegancia y se disponen a disfrutar de un banquete de lujo. Curiosamente, ambos actores habían prosperado tanto económica y profesionalmente que ya podían excéntricos caprichos en su vida real. Sin ir más lejos, tras el estreno de esta película, en la que da vida a un piloto aeronáutico, Bud Spencer se sacó la licencia de piloto de avión y helicóptero. Y ello, con el tiempo, le llevó a poseer su propia compañía aérea, especializada en vuelos chárter a destinos de peregrinación católica, tales como Santiago de Compostela, Fátima, Lourdes o Tierra Santa.

… y si no, nos enfadamos (1974)

… y si no, nos enfadamos es la más española de las películas del dúo. No solo por ser una coproducción hispano italiana, ni por contar con actores españoles (cabe señalar la presencia de un Luis Barbero que, 16 años antes de Los mundos de Yupi y a falta de 22 de convertirse en el mejor amigo de Matías en Médico de familia, aquí ya interpretaba a un venerable anciano), sino por estar rodada en un Madrid plenamente reconocible, especialmente en todas las secuencias que transcurren a orillas del Manzanares. Así, … y si no, nos enfadamos no es solo una magnífica película, sino también un documento histórico que ha dejado constancia del Madrid de la época, una ciudad que se ha perdido y que jamás volverá a lucir igual.

Al igual que el resto de películas de su filmografía, … y si no, nos enfadamos es plenamente deudora de multitud de referencias pop del tiempo en que fue concebida (por ejemplo, las películas de Herbie o el mismísimo El padrino), pero también precursora y clara influencia de aquello que estaba por venir (El sheriff chiflado o Los locos del Cannonball).

No es solo una magnífica película, sino también un documento histórico que ha dejado constancia del Madrid de la época, una ciudad que se ha perdido

Los diez primeros minutos de la película son ejemplares en todo lo que respecta a narrativa cinematográfica. Así, los principales personajes y sus conflictos son presentados mediante imágenes, sin necesidad de una sola línea de diálogo. Y esa es una característica que comparten las secuencias más memorables de su metraje como el duelo de cerveza y salchicha (guiño al que siempre fue su público más fiel: el alemán) o la persecución (claramente deudora de La gran evasión en lo conceptual y del spaguetti western en lo musical y narrativo) que precede al duelo de justas en motocicleta. Pero si hay dos escenas que pasaran a la historia en … y si no, nos enfadamos, son las de la pelea en el gimnasio (una de las mejores secuencias de peleas del dúo: divertida, imaginativa, prodigio de slapstick y plagada de gags) y la del coro, sin lugar a dudas la mejor secuencia ajena a los enfrentamientos multitudinarios de toda su filmografía. En esta secuencia, cuya comicidad no radica tan solo en la interpretación y la situación, sino también en el montaje y el punto de vista, llama la atención encontrarse como director del coro al mismísimo Emilio Laguna, no solo secundario clásico del cine español sino recurrente humorista de todo tipo de espectáculos televisivos.

Su banda sonora gozó, asimismo, de una inusitada popularidad. No solo por la canción que se constituía como leit motiv de dicha secuencia del coro, sino también por el tema principal de la película, titulado Dune Buggy. Los responsables de dichas canciones, así como de gran parte del resto de temas de la filmografía conjunta de Bud Spencer y Terence Hill fueron el dúo Oliver Onions, también responsables de multitud de sintonías de series infantiles de los años 70 y 80, como Orzowei, El bosque de Tallac, D’Artacan y los tres mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fogg o Doraemon. Con el paso de los años, Dune Buggy acabaría adquiriendo tal identificación con las figuras de Spencer y Hill que fue el tema que sonó mientras se porteaba el féretro del primero en su funeral, tras su fallecimiento en 2016.

Dos misioneros (1974)

Ese mismo año, y bajo la producción de, ni más ni menos que, Dino De Laurentiis, Bud Spencer y Terence Hill presentarían un nuevo trabajo. Mucho más ambicioso, pero también mucho más fallido.

Dos misioneros terminaría siendo uno de los trabajos más olvidables del dúo

Dos misioneros era el regreso de Bud Spencer y Terence Hill al cine de época. Concretamente, la película estaba ambientada en las misiones católicas del Caribe de 1890. Coprotagonizada por Robert Loggia, Dos misioneros terminaría siendo uno de los trabajos más olvidables del dúo, en la que lo más destacable fue la visible influencia que el Robin Hood de Disney (estrenada apenas un año antes, en 1973) ejerció en muchas escenas de la misma. Por ejemplo, en aquella del besamanos en la que el personaje de Terence Hill roba el anillo al obispo con la misma técnica con la que Robin Hood se lo sustraía al príncipe Juan en el clásico animado.

Dos súper policías (1977)

Tras el fracaso de Dos misioneros, Bud Spencer y Terence Hill tardaron tres años en volver a reunirse en una nueva película. En ese tiempo, el bueno de Bud Spencer engordó bastante, por lo que por primera vez su personaje sufriría repetidas chanzas acerca de su peso. Quizás para compensarle inconscientemente, el guión le ofreció por primera vez la oportunidad de mostrarse interesado por el sexo contrario, toda una novedad en una serie de películas que, hasta ese momento, solo le habían ofrecido intereses amorosos a su compañero. Fue esta también la primera de las películas del dúo en ambientarse en Miami, un escenario que sería recurrente a partir de este momento.

Bud Spencer engordó bastante, por lo que por primera vez su personaje sufriría repetidas chanzas acerca de su peso

Dos súper policías fue, de nuevo, un título adelantado a su tiempo. Las similitudes son tantas con ciertas formas de la comedia policiaca que tomaría el cine americano de los 80 que, cuando siete años después se estrenó en España Beverly Hills Cop, un éxito tan rotundo que cambiaría muchas reglas del blockbuster de su época, se optó por traducir su título como Superdetective en Hollywood.

Dos súper policías es una película que denuncia los comportamientos mafiosos de una organización de estibadores portuarios. Un poco como si La ley del silencio hubiera intentado tomarse bastante menos en serio a sí misma. Es este desajuste entre lo que la película quiere contar (hay incluso un amago de profundización en la denuncia de las condiciones de vida de la población inmigrante asiática en USA) y el tono ligero con el que pretende hacerlo lo que provoca las mayores descompensaciones de la película. Las peleas, por ejemplo, que siempre habían estado bastante bien integradas en el ritmo de sus cintas, aparecen  aquí, por primera vez, como completamente desligadas de la narración. Como una farragosa obligación con la que cumplir. Y es una lástima, porque la de la bolera es (junto con la del gimnasio de … y si no, nos enfadamos) la mejor de toda su filmografía. Es tan elaborada que, por primera vez, resulta inevitable pensar en Giorgio Ubaldi, el coreógrafo detrás de todas estas secuencias. Y es que esta, filmada y ejecutada como si se tratara de un musical (incluso con sus propias melodías, ejecutadas por los más de 20 aparatos distintos empleados para los lograr distintos sonidos de los golpes) merecería formar parte de cualquier antología.

Par – Impar (1978)

De nuevo ambientada en una Florida recreada íntegramente en Roma, Par – Impar es el El golpe del dúo formado por Bud Spencer y Terence Hill. Un claro antecedente, por haber sido rodada y estrenada un año antes, de Los bingueros, aunque sustituyendo el costumbrismo de la española por un tono más propio de la acción y la road movie.

De nuevo ambientada en una Florida recreada íntegramente en Roma, Par – Impar es el El golpe del dúo

La película está plagada de todo tipo de secuencias deportivas: carreras de coches, carreras de caballos o cesta punta (deporte de origen vasco muy arraigado en la península de Florida). Son estas secuencias, más que las típicas peleas, las que aportan algo de dinamismo a otra de sus películas menores.

Estoy con los hipopótamos (1979)

El siguiente trabajo de la pareja, Estoy con los hipopótamos, tuvo un tono marcadamente ecologista. Y, si bien a estas alturas ya les costaba pergreñar alguna escena de pelea multitudinaria especialmente memorable (de hecho, el clímax de esta película es una rareza, por consistir en una pelea de uno contra uno, algo realmente atípico en su filmografía), esta película sí que cuenta con una escena memorable con otro de los lugares comunes de todos sus trabajos: la comida.

Es probable que Bud Spencer y Terence Hill sean, junto con Astérix y Obélix, la pareja cómica europea de mayor éxito internacional

Es probable que Bud Spencer y Terence Hill sean, junto con Astérix y Obélix, la pareja cómica europea de mayor éxito internacional. Y comparten muchas características con los valerosos galos: son una pareja formada por un rubio audaz y un gordo simple y cascarrabias que tiene tendencia a solucionar sus problemas con los puños y su voracidad apenas conoce límites. Es por ello por lo que un tipo de secuencia muy típica en las películas con Spencer y Hill es aquella en la que nuestros protagonistas se sientan a la mesa y devoran como si su apetito no conociera límites. Y la de Estoy con los hipopótamos es, junto con las de la saga Trinidad la mejor. La más excesiva, la más carente de modales. En resumen: la más divertida.

Quien tiene un amigo tiene un tesoro (1981)

Quien tiene un amigo tiene un tesoro fue, tras Par – Impar, la segunda película que Sergio Corbucci (el creador del Django original) dirigió para el dúo formado por Bud Spencer y Terence Hill. Y también una de las mejores y más divertidas películas de la pareja, gracias a su tono lúdico, aventurero y abiertamente infantil. Corbucci fue, además, el director que mejor empleó el recurso de mostrar a cámara rápida las peleas del dúo para dotarlas de más dinamismo y comicidad, algo que, suponemos, en algún lugar hizo llorar mucho a Sam Peckinpah.

Quien tiene un amigo tiene un tesoro comienza un poco al estilo de Calma Total, solo que con Bud Spencer haciendo de Nicole Kidman

Quien tiene un amigo tiene un tesoro comienza un poco al estilo de Calma Total, solo que con Bud Spencer haciendo de Nicole Kidman, un loro llamado Paquito haciendo de Sam Neill y Terence Hill en el rol de Billy Zane. Pero, tras un naufragio, nuestros protagonistas llegan a una isla llena de misterios y allí, durante otros quince minutos de metraje, la película se convierte en un claro antecedente de Perdidos.

Todo lo que viene después es un gran correcalles. Un inofensivo entretenimiento de buenos y malos con un envidiable sentido del ritmo. Dejando, además, para los anales una banda de facinerosos piratas vestidos de cuero y con amplios bigotones que son, por méritos propios, unos de los más destacados personajes secundarios de toda esta filmografía.

Dos supersuperesbirros (1983)

Dos supersuperesbirros es la más hitchcockiana de todas las películas con Bud Spencer y Terence Hill. una historia de confusión de identidades, al más puro estilo del señor Kaplan de Con la muerte en los talones o la Gracita Morales y el Jose Luis López Vázquez de Operación Cabaretera. Esta premisa sirve para armar una parodia que suple con su robustez la poca originalidad de la premisa (en 1983 las parodias a James Bond estaban tan gastadas que hasta las propias películas de la saga, como Octopussy, eran ya una propia parodia por sí mismas). Dos supersuperesbirros es una comedia con zapatófonos, con un villano del que solo vemos un brazo mientras acaricia a un gato y hasta con un Q que ofrece gadgets imposibles a nuestros protagonistas, que, en un ejercicio de pirueta metacinematográfica, hasta se comparan con el propio James Bond. Es, en definitiva, la película que cualquier niño crecido en aquella época hubiera querido ver, una mezcla casi perfecta entre 007, Mortadelo y Filemón y el Inspector Gadget. El tono de la propuesta es, de hecho, tan infantil, que, en la pelea final, Bud Spencer salda cuentas con una de las villanas de la cinta sentándola en las rodillas y propinándole unos cachetes en el culo.

Es, en definitiva, la película que cualquier niño crecido en aquella época hubiera querido ver

Pero, lejos de dar muestras del agotamiento de la fórmula, Dos supersuperesbirros ofrece los suficientes ejemplos de fortaleza visual y narrativa para ser muy disfrutable a día de hoy, constituyéndose como otra de las cumbres de la pareja.

Dos súper dos (1984)

En 1978, Paco Martínez Soria estrenaba Vaya par de gemelos. En 1983, Lina Morgan protagonizaba Vaya par de gemelas. Finalmente, en 1984, Bud Spencer y Terence Hill también contarían con su propio vehículo de lucimiento de desdoblamiento de identidades.

La película (íntegramente rodada en Brasil) nunca termina de despegar ni de calar demasiado en la memoria del espectador

Dos súper dos es, como decimos, una comedia típica de su época, pero, a su vez, y precisamente por eso, muy atípica dentro de la filmografía de la pareja. Lo gracioso, hasta este momento, era cómo los personajes de Bud Spencer y Terence Hill iban saliendo de las situaciones en las que les iban poniendo sus historias. Precisamente por eso eran comedias de acción. En Dos súper dos, en cambio, lo gracioso es ver cómo se adaptan a las mismas. Y por eso es una comedia de situación. Tal vez por eso es por lo que la película (íntegramente rodada en Brasil) nunca termina de despegar ni de calar demasiado en la memoria del espectador.

Dos súper dos nos ofrece, eso sí, la mejor interpretación de la carrera de Bud Spencer en un hilarante doble papel, como rico amanerado y como bohemio saxofonista. El actor, que se había iniciado en la interpretación por mediación de su suegro, Peppino Amato (productor de Vittorio de Sica y Federico Fellini) y que siempre había mostrado sus complejos por la falta de formación en arte dramático, ofrece un verdadero recital.

Dos superpolicías en Miami (1985)

Como ya nos dejó claro Dos súper dos, a mediados de los 80 se dudaba de que los pilares sobre los que se asentaban las comedias de Bud Spencer y Terence Hill siguieran igual de robustos que un lustro atrás. Así que sus películas empezaron a intentar probar otras cosas. En 1984 se había estrenado con gran éxito la serie policiaca Corrupción en Miami, y  no resulta muy complicado entender hacia dónde vieron los productores de Dos superpolicías en Miami para intentar garantizarse un éxito, dado que el título, los títulos de crédito iniciales y la música intentaban imitar a los de la serie creada por Michael Mann.

Dos superpolicías en Miami es una comedia policiaca mucho más policiaca que comedia

Porque Dos superpolicías en Miami es una comedia policiaca mucho más policiaca que comedia. Sin ir más lejos, Superdetective en Hollywood y Arma letal, dos de los ejemplos más claros del género de esa década, son películas mucho más divertidas que esta. De hecho, por primera vez en la filmografía de la pareja, se optó por un tiroteo y no por una pelea para construir el clímax de la película. Tiroteo además, en el que se revientan varias latas de tomate (¿?) que salpican a varias de las víctimas (¿¿??) dotando a la secuencia de un aspecto mucho más sanguinolento (¿¿¿???).

La película fue un fracaso económico, crítico y artístico. Y puso un punto y aparte a la filmografía conjunta del dúo durante toda una década.

Y en Nochebuena… ¡Se armó el belén! (1994)

Tras su disolución como pareja cinematográfica, las carreras de Bud Spencer y Terence Hill continuaron por separado. Fue el segundo el que tuvo mayor fortuna y continuidad gracias, sobre todo, al personaje de Lucky Luke, sobre el que dirigió una película y protagonizó una serie. El drama llegó cuando, en 1990, su hijo Ross falleció en un accidente de tráfico. Esta pérdida le sumiría en una depresión que se alargaría durante un par de años, hasta que, en una de las habituales visitas a casa de Bud Spencer (“Nos reuníamos para comer habitualmente, al menos una vez al mes. No trabajábamos juntos, pero seguíamos siendo buenos amigos”) decidieron que su carrera conjunta necesitaba una despedida a la altura de las circunstancias.  Una película que hubiera podido ser, perfectamente, una nueva entrega de la saga de Trinidad, pero a la que sus responsables se esforzaron por dotar de entidad propia.

La época, además, se prestaba a ello. Los éxitos de Bailando con lobos y Sin perdón supusieron un breve revival del western en unas carteleras que en menos de cinco años acogieron westerns tan dispares como Rápida y mortal, Regreso al futuro III, Fivel va al oeste, Un horizonte muy lejano o Cuatro mujeres y un destino. Y así nació Y en Nochebuena… ¡Se armó el belén!, un western navideño y familiar dirigido por el propio Hill y escrita por su hijo Jess. Y en Nochebuena… ¡Se armó el belén! es, sin duda, la película mejor rodada y fotografiada de todas las de su filmografía. La ambiciosa producción alemana les permitió por primera vez rodar en paisajes naturales del Oeste americano, en este caso en Nuevo Mexico, y Hill se esforzó por que ese hecho se notase, con unas panorámicas exteriores que embellecían mucho la propuesta con respecto a las anteriores películas de la pareja.

Conociendo las circunstancias personales que hubo tras la gestación de este proyecto, resulta sumamente emocionante la importancia que se le otorga a los niños en la narración. El personaje de Bud Spencer es un padre de familia con diez hijos a su cargo. Niños que le reciben en cada una de sus visitas con alegría y energía que logra desbordar a la de semejante gigante. El personaje de Hill, en cambio, añora ese tipo de recibimiento y ese calor familiar. Y lo que en un principio parece un western de pícaros y cazarrecompensas (en un guiño a El bueno, el feo y el malo, el personaje de Hill dispara a la soga de los bandidos que él mismo entrega, para que escapen) termina convirtiéndose en una carrera por la supervivencia de uno de los niños.

Y en Nochebuena… ¡Se armó el belén! es, sin duda, la película mejor rodada y fotografiada de todas las de su filmografía

El fin de fiesta de Y en Nochebuena… ¡Se armó el belén! es todo lo épico y espectacular que uno pudiera imaginarse. Una multitudinaria pelea de cerca de quince minutos de duración al servicio de la pareja protagonistas y de los deseos de sus fans. Resulta imposible no disfrutarla porque es evidente que todo el equipo la está disfrutando. Y, para cuando termina, ya no queda tiempo para más. Una breve secuencia a forma de epílogo que sirve para que Bud Spencer y Terence Hill (protagonistas de diez de las cien películas más taquilleras de la historia del cine italiano) se despidan del cine, de sus espectadores. Y lo hacen tal y como lo hacen unas estrellas del cine de acción. Una mirada a cámara. Una sola palabra:

Adiós.

Y después se van.

Y no queda nada.

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1 comentario

  • Me gustó mucho tu artículo, en especial porque esta pareja es mi ídola. He visto todas sus películas y siempre que las vuelvo a ver, me siguen emocionando como antaño.

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