Buscando a Dory, la apoteosis de lo adorable

Andrew Stanton vuelve a sumergirse en las profundidades para traernos una tardía secuela que conserva intacta, si no la frescura de la original, sí toda la capacidad para maravillar del estudio.

Pixar lo vuelve a hacer, siendo perfectamente consciente de que lo vuelve a hacer

7 Guión
8 Diversión
6 Originalidad
9 Nuevos personajes
10 Probabilidad de decir "qué bonito" cada dos minutos
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El primer plano de Buscando a Dory va a cuchillo. Apenas te acabas de reponer de lo excelso del cortometraje de turno –titulado Piper, y el cual no podría relacionarse con la película a la que antecede de un modo más orgánico– cuando has de tratar por todos los medios de no soltar un voluminoso “oooh” en el que, qué más dará, ya ha incurrido toda la platea. Así que lo haces. Dices “oooh”, y a partir de ahí no te da tiempo a cerrar la boca.

Probablemente, el secreto mejor guardado de Pixar radique en que conoce al espectador. Tan simple como eso. Una fama como la que el estudio se ha ganado en todos estos años no se construye a espaldas del público, sino experimentando con él, estudiándolo, examinando cada una de sus posibles barreras emocionales para, llegado el momento, dinamitarlas sin piedad.  Lo que estos genios maquiavélicos construyeron con la trilogía de Toy Story no fue más que eso, un estudio de mercado que los miembros de la generación de los noventa tuvimos que sufrir en tiempo real, totalmente vulnerables a su influjo. Mientras éste se desarrollaba todos nos convertimos sin saberlo en sus víctimas potenciales, y ahora sólo hacen falta dos o tres pelis para que cualquier caiga en sus redes. ¿Piensas que Cars es un despreciable delirio capitalista? Pues ponte a ver Wall·e y siéntete comprometido con el mundo que te rodea. ¿Crees que Los Increíbles es una historia familiar tan rancia y tópica como todas las que salen de las biempensantes mentes norteamericanas? Pues dale diez minutos a Up y descubre lo que es el amor. ¿Eres, simplemente, humano? Del revés (Inside Out) es tu película.

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El primer plano de Buscando a Dory va a cuchillo

De cara a la secuela de Buscando a Nemo, otro de sus hits indiscutibles, la única incógnita era descubrir cuál sería la estrategia empleada para volvernos a destruir. Porque, sí, pocas dudas cabían de que lo fuera a hacer, ni aun tratándose de una secuela y la expresión “Pixar menor” hubiera de sobrevolarlo todo así como muy tóxica, tentadoramente. Volvía a dirigir Andrew Stanton, y recurría trece años después a unos personajes que el público ya había hecho suyos, convirtiéndose Buscando a Nemo en una película generacional casi un poco en el tiempo de descuento. Pero no bastaba con eso, claro. Los señores de Pixar, quienes están obligados a ser felices por contrato, no dejan de insistir en que, si hacen secuelas, es porque tienen razones muy poderosas para ello, razones que, por supuesto, nada tienen que ver con el dinero –a no ser que hablemos de Cars, claro, pero incluso en ese caso deberíamos hacerlo con pinzas al imaginar a un niño gordito llamado John Lasseter jugando con sus cochecitos y viviendo todo tipo de aventuras fastuosas. ¿Cuál es la razón de ser de Buscando a Dory? Es decir, al margen de, sí, ahondar en la historia del pez cirujano azul –una máquina perfectamente engrasada de lanzar varios gags por segundo, y que aquí se mantiene a pleno rendimiento–, ¿qué podía ofrecer de nuevo Pixar? ¿Qué recordaríamos de su nueva “película menor”, al igual que de Brave recordamos el cabello de Mérida y de El viaje de Arlo que… no sé, había dinosaurios?

Pues Buscando a Dory no es más que el intento soterrado de realizar la película más adorable jamás hecha. Y no hay más. La película con la que saldrás del cine diciendo “qué cosa más bonita”, y te costará añadir algo más a tu discurso cuando alguien te diga que te explayes, que no sabe cómo tomarse tu recomendación. Pero es que realmente no hay más. Todo en ella pretende sumirte en el placer estético constante, arrancarte ese frívolo mohín ajeno a géneros, al tiempo que luce sin mucho disimulo el habitual arsenal de chistes buenos y momentos para el llanto en el que el estudio es un absoluto maestro, y en este caso a un ritmo mucho más frenético de lo habitual. Tampoco, en ese sentido, falla nada.

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Buscando a Dory no es más que el intento soterrado de hacer la película más adorable jamás hecha

De hecho, los de Pixar se creen –y, para qué nos vamos a engañar, son– tan listos que se las apañan para hacer de este aspecto, que hoy desafiando al diccionario definiremos como “adorabilidad”, un punto clave en el desarrollo del clímax de Buscando a Dory. Sumidos para entonces en la carcajada constante, estrechándose la mano, y diciendo muy dignos “señores, lo hemos vuelto a petar”. Ante algo tan bien pensado, articulado y rematado, quién sería el ser despreciable que ahondaría en su conjunto para buscar fallos. Que es predecible a más no poder, diría. Que a veces peca de repetitiva en su mensaje, con todos esos pececitos tan arrebatadoramente monos insistiendo muy fuerte en lo que mola la familia. Que por qué no se arriesgan mínimamente. En algo, lo que sea.

Pero no hay manera. Buscando a Dory es otra grandísima película del estudio, trascendiendo su primaria categoría de “obra menor” gracias –al  igual que hizo en su momento la infravaloradísima Monstruos University– a lo bien que ha entendido su condición de secuela como vía para enriquecer la visión de todos estos personajes sin los que nuestra recreación cinéfila no sería la misma. Nemo, Marlin, Dory. Y, ahora, Hank, Destiny, Becky, Gerald. Todos y cada uno de ellos merecerían un spin-off. Y todos y cada uno de ellos, mientras los hiciera Pixar, serían obras maestras.

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