Cabin Fever, la muerte del remake

La ópera prima de Eli Roth no era una maravilla, pero su reaparición en el 2016 es una broma de mal gusto.

Quizá los remakes fueron una costumbre que se fue de mano a principios de los 2000 con una lluvia que prácticamente ahogó el mercado del terror. Pero eso no les quita mérito a reescrituras buenas (que no excelentes) como The last house on the left, I spit on your grave o la favorita de un servidor: Evil Dead. A lo largo del último año y medio he estado trabajando en un libro sobre esta tendencia, y si bien los había buenos y malos, ninguno fue estrictamente decepcionante. Excepto Cabin Fever.

Apenas el 2.501% de todos los títulos de terror estrenados en los últimos años son remakes

Una primera búsqueda de la palabra remake en IMDb nos da un resultado que parece exagerado: 4358 entradas. Si acotamos un poco más el campo a los últimos 17 años encontramos 963 títulos. Y si nos reducimos al género de terror damos con apenas 150 títulos. ¿Y si eliminamos las series? 109 títulos exactamente. Apenas el 2.501% de todos los títulos de terror estrenados en los últimos años son remakes. 109 títulos a lo largo de 17 años dan casi casi para un estreno cada mes y medio. Antes de continuar, me gustaría decir que a mí me gustan los remakes. No los considero un placer culpable, ni cine secundario. Me parecen bastante valientes, especialmente en el caso del cine de terror. Requiere coraje por parte de productores, guionistas y directores elegir películas de culto, de bajo presupuesto y extremadamente violentas y decidir darles un lavado de cara, eliminar algunas ideas pasadas de moda y hacerlas accesibles de nuevo al público. Por supuesto, hay un elemento (económico) atractivo en todo ello: Una saga con un nombre particular (sea Viernes 13, sea Halloween) siempre dará dinero, ya sea de los fans acérrimos que odian que se trastee con sus objetos de veneración o de aquellos que no conocen la original y quieren emociones fuertes. Los creadores del Remake de Cabin Fever (estrenada en 2002, el remake en 2016) creían tener una apuesta segura entre manos. Pero la jugada les salió terriblemente mal. 

Como todos los clásicos, la primera Cabin Fever no podía empezar de una forma más tópica: cinco amigos van en furgoneta a una cabaña perdida de la mano de Dios. De camino, paran en una gasolinera en la que tiene lugar un suceso que anticipa que están a punto de meterse en líos. Tras llegar a la cabaña —que suele ser un rinconcito fantástico en medio de una reserva natural— y un par de incidentes que ninguno da demasiada importancia, llega la noche. Cuentan historias de terror alrededor de una fogata y hablan de sexo. Entonces, alguien llama a la puerta de la cabaña y ahí las cosas se empiezan a torcer. Eli Roth no comenzó el Body Horror (un género que se caracteriza por ser explícito y gráfico a la hora de mostrar a sus protagonistas sufriendo) , pero sí que lo volvió a poner de moda. Piel supurante, pústulas, vómitos de sangre y dientes podridos hacen su aparición durante toda la segunda mitad de la película convirtiendo, como manda el género, unas vacaciones divertidas en una experiencia terrorífica para los personajes y el espectador.

La frontera entre el plagio y la veneración es muy fina

¿Es Cabin Fever un homenaje o una película original? La respuesta a esa pregunta no es muy simple porque la frontera entre el plagio y la veneración es muy fina. En mi opinión, la primera hora de la ópera prima de Eli Roth es un gran homenaje al cine de terror de los 60/70. Todos los personajes forman parte de los patrones claros de la época, incluyendo nombres, posición social, estudios y actitud. El fumeta irresponsable, el estudiante de derecho pijo y su novia. El protagonismo suele recaer en la chica guapa e inocente y el joven enamorado. A todos les gusta la marihuana, todos beben, se cuentan batallitas alrededor de la hoguera y básicamente se “buscan” su propia perdición. Pero a partir de la mitad de la película, la cosa cambia. Eli Roth supo lo que debía hacer: Conseguir que los personajes actuasen tal y como los espectadores estaban pensando que debían actuar. Cada uno sale a buscar ayuda, inspeccionan los cuerpos de los demás, meten a la infectada en una choza apartada del resto, utilizan armas, palas y escopetas, salen corriendo (pero con un objetivo), se pelean, arreglan el coche… Básicamente, se alteró el género haciendo que los personajes principales no fueran cómo han sido siempre: un poco tontos.

Los últimos 20 minutos son una ensalada de tiros, persecuciones y vómitos de sangre que hizo las delicias de los adictos al terror y sentir un poco enfermos a los que no estaban tan acostumbrados. Porque era 2002. Aún faltaban un par de años para el estreno de la saga Saw y el terror todavía se podía permitir ser cutre, un poco camp (cuando una película resulta tan excesiva y pasada de vueltas que resulta absurda y por lo tanto graciosa) en vez de terriblemente serio, asqueroso y depresivo. Se puede decir, sin miedo a equivocarse, que Cabin Fever comienza como un homenaje que desemboca en una cinta muy original y cargada de mala leche. Es entretenida, los diálogos son rápidos y Eli Roth sabe utilizar los pocos medios que tiene para que todo funcione bien. Pero no es perfecta. Hay demasiados personajes, todos están desperdigados por un escenario enorme, algunas acciones no tienen sentido y su primera hora resulta demasiado lenta para acabar de una forma tan atropellada. Pero su mayor defecto viene de la mano del guión: Hacer un homenaje no te obliga a hacer personajes simplones —y ahí está The Cabin in the Woods.

En medio de una moda que tendía hacia un clasicismo y una visión tradicional del terror, de la nada aparece el remake de Cabin Fever.

Cabin Fever contó con dos partes más, cada una más desastrosa que la anterior. En 2008, Cabin Fever: Spring Fever; y en 2012, la última parte de la trilogía, Cabin Fever: Patient Zero. Los bajos presupuestos y las salidas directas a DVD no pudieron mantener viva la saga. Catorce años después del estreno de Cabin Fever, el terror está volviendo a pasar por una época extraña. Agotadas las sagas de terror de principios siglo (Saw, Hostel o Destino final) y agotada la tendencia de adaptar películas japonesas y coreanas para el público estadounidense (The Ring, La maldición), el público ansiaba algo diferente. Algo mejor. Y ahí estaba James Wan para dárselo. La saga Expediente Warren es todo un ejemplo de terror clásico que catapultó (de nuevo) a la fama al director malasio.

Después llegaron Sinister y Oculus y el año pasado i’m the pretty thing that lives in the house. Todas ellas se apoyan mucho menos en el terror físico y más en el psicológico. Y hablo, claro, del cine de terror mainstream. El body horror siempre ha existido en lo que hace unos años llamábamos cultura de videoclub y ahora se ha convertido simplemente en una categoría muy loca de las bahías piratas y del cine independiente con títulos como Excisión, Antiviral, American Mary, Contracted o Afflicted. En medio de esta oleada que tendía hacia un clasicismo y una visión tradicional del terror, con pocos monstruos, pocos sustos y muy poco body horror, de la nada aparece el remake de Cabin Fever.

Los remakes de The Last House on the Left, I spit on your grave o Evil Dead aportan algo nuevo al género. Dentro de las limitaciones de su propia historia, cada una de ellas contaba con detalles, subtramas y elementos que las elevaban por encima del típico producto para salas. Los directores, guionistas y actores daban su visión personal de cada una de las historias que trataban. No ocurre esto con Cabin Fever. Es una copia, casi plano a plano, de la película original. No aporta ningún susto nuevo, ninguna trama nueva, ni siquiera una justificación decente a su reaparición en el mundo del terror. Es lo mismo que nos sorprendió hace catorce años… sin absolutamente nada que añadir.

Y que conste, ni siquiera se trata de un experimento cinematográfico como el que llevó a cabo Gus Van Sant en 1998 al rehacer plano por plano Psicosis. En ese caso, lo que pretendía el director era elaborar un discurso sobre el apropiacionismo. Comprobar si, al hacer la misma película, conseguiría los mismos resultados. Que lo consiguiera o no es otra historia, pero lo que sí que pasó fue que el director de El indomable Will Hunting recibió una cantidad absurda de palos siendo mucho más valiente que la película que nos ocupa.

Aunque no lo parezca, me cuesta mucho hablar mal de una película. Parto de la base de que nadie nunca quiere hacer un mal trabajo, de que todo el mundo pone una parte de sí mismo cuando decide dedicarse a algo. Pero en el caso de Cabin Fever da la impresión de que no hay absolutamente ningún deseo de hacer nada interesante, nuevo o mínimamente bien hecho más allá de lo correcta que pueda parecer una película directa a DVD. No está bien actuada, no aprovecha el humor negro de la original y hay que reconocer que el mensaje está bastante anticuado. No hay actualización destacable de ningún tipo. Es un remake inútil y decepcionante.

Cabin Fever planteaba un discurso interesante sobre las relaciones de poder, el sexo,  y sobre el propio cine de terror

E insisto en la palabra decepcionante porque ya la película original tenía mucho más potencial del que llegaba a exprimir. Al igual que otros muchos clásicos del terror, Cabin Fever planteaba un discurso interesante sobre las relaciones de poder, y sobre el propio cine de terror. Por supuesto, esto se perdía a partir de la segunda mitad y no era malo. Era evolución natural. Pero en este remake existía la posibilidad de salir adelante con un discurso interesantísimo sobre todos los temas antes mencionados. Y no se aprovecha.

El cine está construido de tal manera que cada generación se apoya en la anterior para continuar creciendo. Cada director, guionista y productor se sube a hombros de gigantes para llegar un poco más arriba, influenciar un poco más, hacer un poco más. Eli Roth así lo hizo en su película. Pero esta reescritura no. Se limita a imitar la original, a aburrir, a decepcionar. Probablemente, Cabin Fever sea la película que marque el final definitivo de la moda de los remakes durante los próximos años, al menos en el cine de terror. Y menos mal. Necesitamos un descanso, especialmente si se siguen dando ejemplos así.

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