Calle Cloverfield 10, thriller alienígena

Calle Cloverfield 10
Dan Trachtenberg nos trae la secuela más atrevida vista en nuestros cines en tiempo, con un John Goodman on fire

Encerrado en casa de John Goodman, pero no el de Los Picapiedra

7 Dirección
8 Cambio de rumbo original
7 Desarrollo
8 Juegos de tono y género
8 John Goodman
7 Mary Elizabeth Winstead
6 John Gallagher Jr
7.3

Hace ya ocho años desde aquél ejercicio de found-footage que el neo-dios J.J. Abrams auspició para narrar una invasión alienígena sui-generis. Cierto que no fue la revolución que muchos esperaban, pero también es cierto que Cloverfield (inexplicablemente traducida como Monstruoso aquí) funcionaba perfectamente como producto escapista y soplo de aire fresco al género. Aquél artefacto venía bajo el brazo con un libreto de Drew Goddard, con un solvente Matt Reeves en la dirección y se podía entender como contestación americana al The Host surcoreano. Esta suerte de secuela, decide virar por completo todos los preceptos que hicieron particular a su predecesora, para salir airada de la jugada. No es poca cosa.

Calle Cloverfield 10 es una grata sorpresa por partida doble: como secuela se pasa por el forro todo lo que una secuela debería ser, y sin embargo su atmósfera común al mismo universo narrativo cuadra inexplicablemente. Y, además, consigue constituirse como demostración de los inexistentes límites entre géneros, cambiando la invasión alienígena por un thriller de pocos personajes y un espacio.

Un thriller de pocos personajes exige, por lo general, muchos secretos entre los mismos. Secretos que van desgranándose a golpe de diálogos jugosos que conduzcan al espectador mediante el verbo y no la acción. Excepciones las hay, y muchas, pero la capacidad de Calle Cloverfield 10 para jugar con sus referencias, convierte sus diálogos en secretos mal desvelados en pos de una acción que late más que sucede. Hasta que sucede, claro, y todo explota. Y aún después de esa explosión, sigue funcionando.

Calle Cloverfield 10

Calle Cloverfield 10 es una sorpresa doble: se pasa por el forro todo lo que una secuela debería ser y es una demostración de la inexistencia de límites entre géneros

Dicha acción latente se nos presenta empujada por una tensión irregular y una puesta en escena opresiva pero familiar, sin comerse a sus personajes. Los tres protagonistas son capaces de hacerse con la entidad del relato y adaptarse a su particularidad multigenérica. Se mueven bien en el thriller de máscaras, están cómodos con los límites de una película de secuestros al uso, pero también se divierten en la ciencia-ficción postapocalíptica, y hasta se les ve disfrutar con toques de sitcom airosamente integrados.

John Goodman es el maestro de ceremonias más siniestro desde su antológico Charlie Meadows de Barton Fink. Aunque por momentos Mary Elizabeth Winstead (eterna Ramona Flowers de Scott Pilgrim contra el mundo) es capaz de darle una réplica a la altura. El papel más flojo de la función viene a recaer sobre un John Gallagher Jr. que no deja de ser solvente como mero acompañamiento.

Calle Cloverfield 10 (3)

Desde los mismos títulos de crédito Calle Cloverfield 10 evidencia el artificio cinematográfico para decirnos: “juguemos”

Desde los mismos títulos de crédito que trocean agresivamente la acción evidenciando el artificio cinematográfico, Calle Cloverfield 10 pasa olímpicamente de su antecesora: si aquella utilizaba todos los modos de found-footage posibles para hacer de la credibilidad su primera arma, esta decide marcar una barrera desde el minuto uno. Así todo queda claro. Juguemos, parece decirnos.

Dan Trachtenberg ha conseguido con Calle Cloverfield 10 no sólo la secuela más atrevida que ha pasado por nuestros cines en tiempo, también un sólido artefacto de cine asfixiante endiabladamente entretenido: cada giro puede traer el terror o la risa. Ése es el juego.

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