Captain Fantastic, las inmensas preguntas

Viggo Mortensen, en modo hippie, protagoniza este excéntrico drama, que desafía simultáneamente tanto al corazón como al cerebro del espectador.

Para pensar, llorar, y luego volver a pensar más fuerte aún

8 Interés
7 Matt Ross como director
6 Matt Ross como guionista
9 Viggo Mortensen
6 Que al final vaya tan a lo fácil
7.2

Ya sea porque cada vez somos más mayores, ya sea porque cada vez nos aburrimos más los unos de los otros, un tema que últimamente ha devenido recurrente entre mi grupo de amigos más antiguo es el modo de encarar la educación de unos hijos que aún no hemos tenido ni planeamos tener, pero cuya correspondiente crianza ha conseguido inquietarnos. Desde nuestra perspectiva, criar a un hijo es hoy más difícil que nunca, o al menos criarlo con vistas a hacer de él un ciudadano de provecho. Cuyas características se ajustarían, en la mayor parte de los casos y porque los millenials se las gastan así, a las nuestras.

Las razones de este ombliguismo obedecen a cierta y adorable suspicacia con respecto a generaciones posteriores que nacieron con el Internet ya plenamente integrado en todos y cada uno de los aspectos de su vida cotidiana, junto a una globalización imparable, una curiosidad por las cosas cada vez más mermada y, sobre todo, un anciano en cada esquina aseverando, esta vez con motivo, que los jóvenes de hoy en día lo tienen todo hecho. Hubo quien entonces habló, temerariamente, de prohibirle a su vástago la utilización de un teléfono inteligente hasta superar los diez años, abrigando la certeza de que su propia experiencia –la de alguien al que, cosas del destino, le fue permitido vivir antes y después de Internet– sería el mejor ejemplo para el pobre crío. Un pensamiento ingenuo, egoísta, e incluso en ciertas circunstancias, hasta antisistema. Un pensamiento que el protagonista de Captain Fantastic lleva a sus máximos extremos.

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No es difícil intuir los derroteros por los que transcurrirá la trama de Captain Fantastic

Benjamin Cash, en efecto, no confía en que sus hijos vayan a contar con una educación apropiada dentro de la misma sociedad que, por otra parte, le ha permitido alumbrar tan incendiarias ideas, por lo que ha decidido recluir a su prole en unos remotos bosques donde podrá supervisar personalmente su crecimiento intelectual y físico y en los que, por supuesto, será prácticamente imposible conseguir conexión Wi-Fi. La imagen más representativa de este modelo educativo acabaría consistiendo en una niña de apenas siete años que, sin haber pisado un colegio en su vida, es capaz de recitar de carrerilla la Carta de Derechos de los EE.UU., para a continuación debatir muy documentadamente sobre ella ante los atónitos espectadores. Niña que, además, posee nociones de lucha, música, caza, y técnicas varias de supervivencia. Lo que se dice un sueño, ¿verdad?

Con una premisa de esta naturaleza, no es difícil intuir los derroteros por los que transcurrirá la trama de Captain Fantastic, tardando poco el director y guionista Matt Ross en sacar a los personajes de esta bucólica caverna de Platón para enfrentarlos con el mundo real y extraer de dicha jugosa situación tanto varios diálogos ingeniosos, como situaciones supuestamente humorísticas. Al margen de estas últimas, que son menos de las que cabría suponer –por suerte–, Ross sí deposita una atención especial en mostrar las inevitables contradicciones y carencias de la filosofía del señor Cash, sin tampoco escatimar los aspectos más inquietantes de la misma. Una decisión que podría haber conducido a una película sesuda y con un componente filosófico marcadísimo… en lugar de a lo que, finalmente, no es más que Captain Fantastic: un emotivo y eficaz melodrama.

Captain Fantastic 3

Finalmente, la película de Matt Ross no es más que un emotivo y eficaz melodrama

El tercer acto del filme de Ross, en este sentido, no deja de lado los interesantes supuestos que han definido su trama, pero sí decide reducirlos a un mero pretexto por el que lanzar a la familia protagonista a la típica situación en la que sus miembros hayan de poner a prueba el amor que se profesan. Nada particularmente desagradable, pues el director sabe muy bien qué teclas pulsar para que su obra se disfrute en todo momento –ayudándose de una memorable banda sonora, unos niños perfectos y, en especial, un apoteósico Viggo Mortensen–, pero que sí rezuma algo de cobardía, en su flagrante indecisión al decantarse por algún tipo de hipótesis.

Lo que no quita, claro, que hasta entonces el metraje de Captain Fantastic haya supuesto una formidable oportunidad para que el espectador reflexione. El hecho de que luego decida cortar su hilo de pensamientos con el fin de hacerle prorrumpir en lágrimas cuidadosamente manipuladas es sólo un peaje que, después de todo, esta película ha de pagar con gusto para permitir que cada cual saque sus propias conclusiones y que, en el futuro, deje de pensar en Internet como una enfermedad. Para, a continuación, reducirlo a un síntoma. Para, a partir de ahí, seguir buscando una cura.

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