Cars 2, o el desencantamiento de Pixar

John Lasseter se vuelve a dar otro capricho con su franquicia de coches animados que tantos beneficios le ha dado, consiguiendo la primera secuela del estudio desde Toy Story. ¿Estará a la altura?

Cuando ayer estaba asistiendo a la proyección de Cars 2, le decía a mi compañera que los críticos consideran Pixar  el mejor estudio actual para hacer cine cine, algo parecido a lo que es HBO en cuanto a las series de televisión (curiosamente, Carlos Boyero hace una comparación parecida hoy en El País). Ella respondió, “pues no sé como serán las demás, pero esta es malísima”. No le falta razón, y eso hay que dejarlo claro desde el primer párrafo, Cars 2 es una película indigna para una compañía que ha creado títulos imprescindibles como Up! o todas las entregas de Toy Story, y más indigna aún para John Lasseter, el director creativo y creador de Toy Story y Bichos.

La primera entrega de esta franquicia fue una película que a mí no me desagradó en su momento. Tenía una historia decente, pero mil veces vista, una especie de aventura homérica, en la que no importaba el destino, sino el viaje de un personaje chulesco que acababa siendo seducido por un pequeño pueblo perdido y sus habitantes. Lo realmente bueno de ella eran esas carreras tipo Nascar, que de verdad te transmitían sensación de adrenalina, todo acompañado por los comentarios de Antonio Lobato. Las dos carreras estaban realmente bien conseguidas, sobre todo la inicial. Pero a parte de eso, los personajes eran muy planos y el sentido del humor no estaba muy conseguido, aunque proporcionaba momentos graciosos.

Pues bien, en esta entrega, en contra de las leyes de la evolución, en vez de a mejor, han ido a peor. Empezando por las carreras, que no tienen emoción alguna, partiendo de que McQueen solo tiene un competidor. Los circuitos son más variados (una mezcla de F-1 y Rally), y quizás eso sea un problema, porque confunden al espectador, que prefiere carreras más directas y emocionantes. Además, las carreras son constantemente interrumpidas por esa grúa que lleva camino de convertirse en el Jar Jar Binks de la animación. Y es que la historia de espías que Lasseter nos cuela como novedad en esta entrega no tiene ni la más mínima gracia, y de novedad tiene poco. Una historia llena de clichés que, aún así, da la escena más conseguida de la película, la inicial. Dar el protagonismo de esa historia a Mate, que está en pantalla mucho más tiempo que el propio McQueen, me parece un error garrafal, porque este redneck gruísta puede hacer reir a los niños con su humor tonto, pero para los mayores será incluso difícil sonreir.

La ampliación del universo narrativo tampoco sienta muy bien. Ese pueblecito perdido en la Ruta 66 tenía encanto, y la ampliación del territorio gracias a la aparición de ciudades como Tokio, Londres o París solo da colorido y planos de postal. También me ha parecido un poco fuera de lugar uno de los mensajes que da el film, muy criticado por los americanos conservadores por ser ecologista antipetróleo, pero he visto algo más. He creído intuir algo del tipo “todo lo nuevo mola, lo viejo apesta”, apoyado por alguna mención al iPhone. Otro de los puntos fuertes de Pixar es el sentido del humor con el que baña sus producciones, para niños y adultos, pero aquí es solo para niños. Junto a esto, unos diálogos que dan pena y una historia previsible, facilona y carente de emoción, conforman un guion muy malo, el peor que ha salido de Pixar, y me atrevería a decir que incluso de Disney.

No recomendaría a nadie pagar por ver esta película, aunque como los niños van a arrastrar a sus padres a las salas (por lo menos le ha salido rentable el caprichito a Lasseter, sobre todo si sumamos las cifras millonarias del merchandising), por lo menos se entretendrán con el corto de Toy Story que proyectan antes, que en menos de seis minutos tiene más imaginación y astucia narrativa que la hora y media larga de Cars 2. Ahí vemos la verdadera magia de Pixar. Pero cuando entra la película, asistimos al desencantamiento de uno de los estudios más mágicos del cine, que prefiere las ganancias al arte de hacer cine. Esta no es mi Pixar, me la han cambiado.

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