Cazafantasmas, una deuda por saldar

Paul Feig dirige el enésimo artilugio nostálgico que trata de despegarse de los logros de películas no mejores, pero sí más aclimatadas a su tiempo. Su única baza: un reparto inmenso del que no sabe aprovecharse.

Remake fallido desde su propio planteamiento, al no contar ni con Bill Murray ni con los ochenta como coartada

8 Actrices (y Chris Hemsworth)
3 Originalidad
4 Envejecimiento infográfico de los fantasmas
6 Capacidad para provocar la carcajada
6 Encanto
5.4

La nostalgia tiene algo. Aparte del secreto para que la actual industria de entretenimiento de Hollywood siga funcionando y sea rentable, digo. Un doble fondo que conduce a la extrema idealización del pasado. Una que, por definición, no tiene nada de objetiva, y que bajo un prisma determinado acaba reduciéndose a una manera muy cuqui de reivindicar algo que tampoco es para tanto. Bajo un prisma determinado, insisto. Quizá, el del que no vivió la época, ni el fenómeno, y que por tanto carece de una infancia que Paul Feig y sus mujerucas puedan destruir con la nueva Cazafantasmas. Afortunadamente.

Las dos primeras entregas de la saga, dirigidas por Ivan Reitman en 1984 y 1989, son dos películas tan furiosamente ochenteras –no sólo por la década que las alumbró, sino por lo ingenuo, lo imperfecto y lo tontaco–, que el espectador que las descubra hoy día no puede verlas sino es por encima del hombro. Disfrutando, comprendiendo más o menos por qué hay tantos que las aman tantísimo –y por qué él nunca será uno de ellos, también–, para acabar confirmando, entre otras cosas, que lo de Bill Murray venía de lejos. Una mezcla de empatía, confianza y cariño de la que Cazafantasmas, versión 2016, nunca podrá beneficiarse. Porque es el año 2016.

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Cazafantasmas no resulta tan divertida como se cree, ni tan encantadora como necesitaría ser

Este remake, que es más remake de lo que muchos esperábamos –en tanto a fotocopia de la trama y estructura de la Cazafantasmas original, incluso minuto a minuto– no cuenta con la excusa de haber nacido en los ochenta para justificar lo pueril de su planteamiento y su aplaudible, pero insuficiente, apuesta por el humor puramente idiota. Podría parapetarse en un militante feminismo y en el repulsivo odio que ha despertado el fichaje de sus cuatro protagonistas –Kristen Wiig, Melissa McCarthy, Leslie Jones y Kate McKinnon, todas estupendas, y especialmente la última–, pero los resultados tampoco son lo suficientemente memorables como para ello. En su lugar, Cazafantasmas supone una comedia muy floja, que ni resulta tan divertida como se cree, ni tan encantadora como necesitaría ser.

Hay un meritorio esfuerzo por darle una personalidad definida a las cuatro nuevas heroínas –así como al imbécil secretario interpretado por Chris Hemsworth, el único cuyas ocurrencias siempre funcionan–, pero ahí comienzan y acaban los aciertos del guión de Katie Dippold y Paul Feig. Y es que éste se revela tan perezoso, tan a medio gas –el clímax aburre tanto, con su recargado y pedestre festival de CGI, que resulta hasta ofensivo–, que son contados los gags donde no se noten la falta de convicción o ideas, así como las situaciones incapaces de no ofrecérsenos anodinas y previsibles. Por no hablar de los cameos nostálgicos de rigor: fallidos, sin gracia, e impropios de un producto que se lo debe casi todo a su predecesor.

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Hay un meritorio esfuerzo por darle una personalidad definida a las nuevas heroínas, pero ahí empiezan y acaban los aciertos del guión

Y, finalmente, Cazafantasmas acaba doliendo, por la oportunidad desperdiciada de haber dejado a los trogloditas llorainfancias con un palmo de narices –ni siquiera las autoconscientes bromas al respecto pasan de un inofensivo juego de palabras–, y de haber ido más allá de su deuda con el pasado gracias a la voluntad por construir personajes nuevos y regalárselos a cómicas con talento. Para conseguirlo, sólo tenía que haber sido una película medianamente buena. Pero no es el caso, y la nostalgia cada vez resulta más tóxica.

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