Cenicienta, recuperando la inocencia

Kenneth Branagh se mantiene fiel al clásico de Disney en este remake protagonizado por Lily James y Cate Blanchett

Perfecto cuento de hadas que supera al original

8 Magia y fantasía
10 Producción
7 Reparto
3 Originalidad
7

Dejadme que os ponga en situación. Érase una vez un chaval que no contaba más de 4 primaveras. No era ni especial ni diferente al resto, y su vida se desarrollaba entre dos mundos conectados, pero distintos. Por las mañanas, entre sus primeras dosis de conocimientos, disfrutaba junto a su pandilla de amigos de los infinitos caminos que la imaginación abría a mil y una aventuras surgidas de ese tesoro que es la mente de un niño. Por las tardes, los acontecimientos tomaban otro rumbo y la improvisación de las horas diurnas daba paso a una serie de acciones de carácter ritual de las que aquel chaval era testigo devoto. Merienda en mano, deleitándose en esos bocadillos que se le antojaban manjares, observaba silenciosamente a su madre coger de la estantería una cinta VHS, mítica biblia cultural de toda una generación, para introducirla en el reproductor y dejar al chaval frente a una ventana a la fantasía. De todas las cintas que el chaval tenía a su disposición, él sentía predilección por una: La cenicienta de Disney (Clyde Ginomili, Hamilton Luske y Wilfred Jackson; 1950).

En ella encontraba el sustento para sus mundos de fantasía a través de la belleza de la protagonista, el encanto y la diversión de sus pequeños acompañantes, la maldad de su madrastra y la magia de un hada a la que anhelaba encontrar al despertar de sus peores pesadillas. El tiempo, enemigo de la ilusión, trajo nuevas experiencias y, al igual que la inocencia de aquel chaval fue desapareciendo, esa cinta se deterioró hasta tener que ser desechada. Con ella, la magia de la infancia desapareció, y aunque el crío siempre recordaba aquel título como una de sus primeras experiencias cinéfagas, renegaba de su encanto a través de una malentendida madurez transformada en cinismo.

CINDERELLA

Esa historia, más autobiográfica de lo que me gustaría reconocer, es el prefacio perfecto para hablar de la nueva propuesta de Disney. La todopoderosa compañía vive últimamente sumida en un proceso de adaptación de sus historias clásicas, aquellas que dieron forma a su imperio, lo que se ha traducido en la transmutación del color y la tinta, a la carne y hueso. Con mayor o menor acierto. De ese modo, hemos asistido a segundas lecturas de algunos de sus títulos más emblemáticos (Alicia en el país de las maravillas, 2010); a la reivindicación y redención de la figura del villano (Maléfica, 2014); o incluso al derrumbamiento cáustico de sus vicios y virtudes a base de reescribir sus propias normas (Encantada: La historia de Giselle, 2007). Y aunque un servidor siempre se ha mostrado reticente ante este tipo de relecturas de unas fórmulas que durante años han sido la base de mis sueños y fantasías, debo reconocer que con Cenicienta la jugada les ha salido más que redonda.

Porque en esta ocasión Disney ha prescindido de cualquier pretensión renovadora y ha apostado por revisitar aquella mítica película que daba vida y colorido al clásico relato de Charles Perrault, y para ello ha empleado el cariño y el respeto como únicos recursos narrativos. El guión firmado por Chris Weitz (About a boy, Antz) propone un ejercicio de regresión a una época dorada de los legendarios estudios, más preocupado por mantener intacto el espíritu de su predecesora que por aportar un nuevo enfoque donde prevalezca el humor o la vertiente más oscura del relato. Weitz ignora todas esas herramientas que podrían rejuvenecer la historia y busca ahondar en elementos capaces de perfilar con mayor profundidad el carácter de los personajes clásicos.

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Al final, esa pequeña aportación al desarrollo de los roles complementa la obra creando un ideal dentro de una narración que para muchos pecará de ingenua, y que precisamente aprovecha esa ingenuidad para apoyarse en ella y conseguir trascender la pantalla. Porque toda la película busca mantener con vida el pequeño resquicio de inocencia infantil que nos permita creer aún en la magia de una felicidad inmaculada en constante lucha con el cinismo derivado de una realidad excesivamente cruel en algunas ocasiones. Consciente de la fragilidad de esa visión, el espectador puede optar por distanciarse de la historia abogando por una visión hipócrita y fría del mundo, o por el contario, retomar la senda de la inocencia al dejar que este cuento de hadas reavive nuestros sueños más triviales.

Desde un extremo o desde el otro, lo cierto es que Cenicienta nunca roza el ridículo de la estupidez merced a una suma de pequeños y grandes aciertos que se encadenan unos con otros. Comenzando por el aporte de un Kenneth Branagh afiliado últimamente a las superproducciones (Thor, Jack Ryan: Operación Sombra). El británico parece haber abandonado definitivamente el intimismo encantador que le llevo a adaptar con notables resultados algunas obras clásicas de la literatura inglesa (sirva como ejemplo máximo su embaucadora versión de Mucho ruido y pocas nueces).

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El trabajo de Branagh en esta ocasión rinde mayor pleitesía al espectacular diseño de producción, obra de Dante Ferretti, que a la búsqueda de nuevos enfoques visuales. Si a ello le sumamos la preciosista banda sonora de Patrick Doyle, habitual de Branagh, o el magnífico vestuario de Sandy Powell, contamos con un amplio despliegue de medios que se aleja de barroquismos digitales en virtud de afianzar la labor de un reparto que aprovecha esos logros y los potencia con sus sólidas interpretaciones. Lily James (Downton Abbey) recupera la belleza del mítico personaje y la realza gracias a su encantadora presencia y delicada caracterización, que no palidece frente a esa bestia de la pantalla que es Cate Blanchett (Blue Jasmine), perfecta en su exceso de cinismo y frialdad. Ambas son las reinas de un cuento tradicional en el que el príncipe en discordia, Richard Madden (el Robb Stark de Juego de tronos), aprovecha su mayor peso en la narración derrochando carisma.

Todo en Cenicienta invita a recordar que una vez fuimos niños y que llegamos a creer en un mundo más lleno de magia que este que nos ha tocado vivir. Así que, si no estás dispuesto a dejar tus prejuicios en casa y prefieres mantener con vida esa visión realista de la vida, huye despavorida de esta película. Si por el contrario mantienes intacta la necesidad de recordar esa fantasía que te hizo vibrar una vez, date el gustazo de volver a gozar con la inocencia perdida y recuerda que hasta que no termine el eco de la última campanada de la medianoche, aún tienes tiempo para soñar.

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