[Ciclo Billy Wilder] Testigo de cargo, espectacularización en detrimento de la elegancia

Testigo de Cargo no es el mejor filme de Wilder, y pierde buena parte de su elegancia narrativa, pero su inesperado final y la inmensa actuación de Charles Laughton son inolvidables

Wilder ya es un dios en 1957. Todavía no es Dios, pero sí es uno de los dioses. Es un gigante del cine que, aunque en los años 50 todavía no había llegado a la cumbre, no había escrito aún El Apartamento (1960),  ya era uno de los mejores directores de Hollywood con joyas como El crepúsculo de los dioses (1950), Perdición (1944) o Sabrina (1954). Sus dos facetas, la humorística y la dramática, iban poco a poco entrelazándose, acabando con la rigidez de géneros en sus filmes. En Testigo de cargo (1957) confluyen, si bien es cierto que de una forma asimétrica. En ella Wilder aporta al dramatismo de la obra teatral de Agatha Christie su toque personal,  le dota de un alma entrañable, humorística.  Pero el drama predomina, la tensión y el suspense son protagonistas, principalmente gracias a unos Charles Laughton y Marlene Dietrich sublimes.

Witness for the prosecution (en original) narra una historia que no es nueva en la historia del cine. Acusado inocente y abogado defensor que cree en su inocencia. Y como en todos esos filmes, el verdadero protagonista es el abogado, el genio inquisitivo, el idealista que va a contracorriente. Charles Laughton interpreta a la perfección a un Wilfrid Roberts verdaderamente workaholic, obsesionado con su trabajo y con el toque de locura necesaria en todo genio. Cree verdaderamente que el acusado Leonard Vole (Tyron Power) es inocente. Y a pesar de su enfermedad, de haber sufrido un amago de ataque al corazón, el viejo abogado se involucra en el caso. Sin mujer ni hijos, su único contrapeso es una pesada enfermera que insiste en que debe cuidarse y le trata como un niño pequeño. Y el viejo cascarrabias no puede soportar que le quiten vicios tales como los puros y el brandy. Lo que comienza como una comedia amable se torna de pronto en un drama apasionante, que transcurre con rapidez y en el que el espectador es perfectamente consciente de todo lo que ocurre, de cómo se van aportando pruebas, de como se va hilando la trama. Pero su dinamismo, a pesar de durar 2 horas, le impide darse cuenta de lo rápido que parece pasar todo.  A ese drama, a esa ruptura no sólo favorece la complicada situación del acusado Leonard Vole, sino la inclusión del papel de Marlene Dietrich en otro de esos papeles de femme fatale de mirada penetrante. Su aparición aporta un aire enrarecido, suspendido a la situación, aparentemente complicada pero bien pensada por Wilfrid. Éste sospecha de ella desde el primer momento, desconoce a qué viene su actitud, qué es lo que realmente la mueve. Ese ambiente enrarecido se mantiene durante buena parte del filme, si bien en el tramo final es cuando Wilfred más sospecha, cuando hay algo en su interior que le hace desconfiar.

Ese globo dramático del que siempre hablo en Wilder, que se va inflando hasta el final, explota de una manera que, sin embargo, pierde la delicadeza y elegancia que caracterizan a Wilder. Al tratarse de una obra de Agatha Christie, el final es imprescindible. Tanto, que incluso en los créditos finales una voz en off avisa a los espectadores de que no lo desvelen a nadie. Y, en efecto, es apasionante e inesperado. Se trata de un final al estilo Tarantino, en el que todos son tocados, pero esta vez sin balas. Todos son tocados, mediante argumentos, por la pura verdad. Pero el giro argumental final, de tan repentino, pierde realismo. Es artificial, demasiado mecánico y sobreactuado. La reacción que provoca es de estupor ante lo inesperado y de sorpresa ante las formas. El giro argumental ocurre y Wilfred se marcha, de una forma amable pero dando a entender que su papel ha terminado, que vuelve al camerino. No hay empatía, no es creíble lo que ocurre. Me duele decirlo, pero durante unos segundos me parece que estoy viendo una obra de teatro de colegio (van a prescindir de mi contrato por esto). Tanto enredo acaba enredándose a sí mismo, tropezando consigo mismo. Y uno piensa que el rizo se puede liar más aún. Después de lo visto, uno espera otro deus ex machina inesperado que dé la vuelta de nuevo la trama. Y vaya,  que me perdone la ortodoxia wilderiana,  pero eso me recuerda irremediablemente a una telenovela venezolana.

Que el final pierda un patetismo por otro (de diferente significado) no quiere decir que la película no posea algunos de los mejores momentos del cine de Wilder. No en vano es una de las películas mejor valoradas del genio polaco. Hay diálogos ácidos, un excelente humor, y está llena de maravillosos detalles (Wilfred con el monóculo reflejando la luz para interrogar, ordenando las pastillas en el juicio) y las manidas inferencias retrospectivas que hace el espectador con los films de Wilder (detalles que se reiteran y que confluyen en el final, haciéndonos recordar todos esos detalles previos y dándole sentido). El plantel actoral es insuperable, si bien es cierto que queda en un segundo plano ante la actuación de Charles Laughton. El director de La noche del cazador (1955), su única película, se sale de la pantalla. La coge y se la zampa. Hacía mucho tiempo que no veía una actuación tan veraz, estremecedora y a la vez amable como la de Laughton. Su actuación en el tribunal, sin embargo, no consigue superar a Maximilian Schell como abogado del diablo en El Juicio de Nuremberg (Stanley Kramer, 1961). Lo que no quiere decir que no sea una de las actuaciones más elocuentes que he visto en un drama judicial.  Probablemente se trate del mejor actor con el que ha podido trabajar Wilder junto con Jack Lemon.

Cada personaje tiene un objetivo, tiene un rol actancial en la obra, y lucha por conseguir su objetivo. No hay contingencia en los papeles de cada uno, tienen sus motivaciones, o al menos eso parece. Pero el realismo alcanzado durante toda la película se desinfla con el final. El guión es excelente, las formas pierden con el final. Una obra minuciosa, judicial, basada en hechos (como bien comenta el fiscal durante la película) no puede acabar de una forma tan arbitraria. Se busca, más que la elegancia que caracteriza a Wilder, la eficacia narrativa. Así, la deliciosa previsibilidad y rigurosidad de finales como el de Sunset Boulevard o Double Indemnity se pierde en favor del giro argumental, de la espectacularización. Una espectacularización que atonta y nos impide observar que Wilder nos ha engañado con una historia que deja un poso amargo muy diferente al buen sabor de boca que deja El Apartamento (1961). Testigo de cargo es una película en la que el verdadero mérito radica en el guión. Al ser éste de Agatha Christie, lo único que nos queda es el toque de Wilder. Y al fallar éste, la magia, desgraciadamente se pierde. Sin embargo, si alguien tiene que engañarme, prefiero que lo haga Wilder, sin lugar a dudas.

[spoiler show=”¡Cuidado! ¡Spoilers!”] A pesar de que el final es impredecible, resulta demasiado irreal. La reacción de Wilfred ante la confesión del personaje de Dietrich de que todo era un montaje es muy dramática y creíble. Pero cuando ésta coge el cuchillo de la mesa (¿Lleva ahí tres días? ¿No era una prueba concluyente, o al menos importante como para no dejarla ahí desde el día del juicio? ¿Y así tal cual? ¿Ni una bolsa ni nada? ¿Quién lo iba a recoger?) y mata a su marido, las reacciones son de broma. Recuerdan incluso a Monty Python. Wilfred se mantiene impasible, como si lo esperara, la enfermera se acerca, seria, sin un ápice de sorpresa y comprueba si está muerta. La amante de Leonard Vole, el acusado, se echa a llorar varios segundos después, y todo parece una verdadera broma de mal gusto. Y entonces Wilfred se va con la enfermera como si nada hubiera ocurrido y tenemos la escena entrañable de recibo. ¿Dónde está el drama? ¿No podía haber sacado más provecho de los excelentes actores en una situación tan patéticamente dramática? [/spoiler]

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