Paul T. Anderson: ‘Boogie Nights’, épocas doradas

Repasamos la película que encumbró al director como el niño prodigio de Hollywood, con Mark Wahlberg y Heather Graham

En 1977 un niño de siete años escribe su primer currículum en una hoja de papel y con permanente azul.  Dice así: “Me llamo Paul. Quiero ser escritor, productor, director, creador de efectos especiales. Sé cómo hacerlo todo y hacerlo muy bien. Por favor, ¡contrátenme!”

El problema de los homenajes

1997. Veinte años después Paul Thomas Anderson irrumpe con fuerza en los noventa basándose en dos perfiles que (re)construye con la pasión desenfrenada de ese niño de siete años que quiere (y puede) comerse el mundo. Robert Altman y Martin Scorsese. No seremos en Cinefagos quienes lo negaremos: Sí, en efecto, la galería de personajes secundarios remite al cine de Vidas Cruzadas. Sí, Boogie Nights es (en efecto) una versión lujuriosa de las pesadillas gansteriles esgrimadas por Martin Scorsese (la fundacional Uno de los Nuestros y Casino, estrenada dos años antes en 1995) pasando por (¿)homenajes(?) como la piscina de Soy Cuba de Kalatozov. Referencias tan obvias (muestras de amor, en la opinión de este crítico) que llevaron a muchos expertos a preguntarse: ¿Es Boogie Nights una obra de un dios primerizo? ¿Inventa algo ese niño de siete años, aparte de situarse en un marco (la industria pornográfica) apenas explorado en Hollywood?

El cine por el cine, el gozo por el gozo

En una entrevista radiofónica, un insólito calmado Quentin Tarantino (autor cuyo autoría y uso de las referencias lo emparenta con Anderson) lo confiesa sin tapujos: PTA es su particular némesis cinematográfica a batir, el contrincante al que odiaría si no estuviera completamente enamorado de sus películas. Es precisamente en esta confesión donde revela su amor incondicional por Boogie Nights, considerándola su obra maestra por encima de la simétrica (y algo gélida) perfección de Pozos de ambición (There will be blood).

Cuando le piden que profundice sobre la afirmación, Tarantino se limita a cruzarse de brazos. “Boogie Nights es un caótico, exótico y lujurioso carrusel cinematográfico. Es toda una declaración de amor por las infinitas posibilidades de cine”. Y qué mejor manera de demostrar todas las posibilidades de narrar y representar ese Los Ángeles que subrayando su transformación, auge y caída de la fábrica del simulacro (la pornografía), que resulta ser (por extensión) ese hervidero de sueños rotos  llamado Hollywood.

Boogie Nights Mark Wahlberg John C. Reilly Paul Thomas Anderson Cinéfagos

¿Etapas irrecuperables?

Al contrario que The Master, el cine contenido en Boogie Nights puede resumirse en la rollergirl interpretada por Heather Graham: cine vibrante, joven, impulsivo, dominado por el diálogo, propulsado por ráfagas de un cámara tocada por el genio.  Un tipo de cine que culminó con esa obra maestra que fue Magnolia y que (quizás) vuelva a recuperar tras las geniales derivaciones que son The Master y Puro Vicio. O tal vez (sólo tal vez) lo que sucede es que el cine de los noventa es un cine irrepetible para su propio creador(todo hay que decirlo, el más importante y pertinente de su generación, por encima de Paynes de turno).

Del mismo modo que Boogie Nights relata la muerte de la industria pornográfica con la aparición del vídeo, los paralelismos pueden extrapolarse en nuestro presente al infinito (y más allá). En unos tiempos donde el cine de autor se parapeta en filmotecas y festivales, Boogie Nights es algo imposible de concebir hoy en día: la celebración del simulacro como modo de alcanzar la emoción pura y auténtica, la obra capaz de llenar salas y contentar críticos. En la opinión de este crítico, su mejor película junto a Magnolia.

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