Cincuenta sombras de Grey, “pasión” gris

Sam Taylor-Johnson salta al mainstream intentando conferir aliento erótico y pseudoartístico a un vehículo comercial sin pasión

Vehículo al servicio de una fantasía erótica que nunca termina de despegar ni seducir

2 Erotismo
5 Interpretaciones
4 Ritmo
4 Coherencia visual
3.8

Hollywood ha sido bautizada popularmente como “la fábrica de los sueños”, un apodo que si bien empieza a ser un franco ranciofact, tiene mucho de acertado. Sobre todo en cuanto a fábrica, dado que cada vez parece traérsela más al pairo aquello de producir “sueños”, y ha decidido ir a destajo a por aquello que verdaderamente mueve sus ruedas: la taquilla. Unos estudios lo disimulan mejor que otros, unos deciden apostar por estrategias a largo plazo, con buenos equipos y el don bendito de la paciencia, y otros sin embargo intentan obtener el máximo beneficio en el mínimo plazo y desviándose lo más posible de cualquier riesgo económico. Como, yo que sé, hacer una película que realmente tenga algún valor artístico o desafíe al espectador en ningún sentido.

Esto resulta particularmente obvio en la adopción de dos estrategias clave para seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro, que de un tiempo a esta parte hemos podido observar en las carteleras. Por un lado, la tendencia al remake, o reboot, para poder explotar mejor el invento si resulta que funciona. Los años 70 vieron el nacimiento de la exploitation más chusca, los 80-90 fueron la era del direct-to-video (con las secuelas e imitaciones cutres de los títulos de terror y acción más icónicos de aquel entonces), y a día de hoy, se han empeñado en poner al orden del día productos cinematográficos que en muchas ocasiones sólo la nostalgia hacía buenos. Por otro lado, como en el caso que nos ocupa, tenemos la opción mucho más lucrativa de adaptar al cine “obras” literarias que han nacido ya para desarrollarse en varias entregas y con un ojo, o los dos, puestos en la taquilla.

Cincuenta sombras de grey, como anteriormente lo fueron la saga Crepúsculo y los sucedáneos de aquella (The Host, Divergente  y sus secuelas), se enmarca dentro de esta última categoría, y resulta otro ejemplo perfecto de la vagancia y previsibilidad del Hollywood más avaro. Como proyecto nacido sin alma, ni objetivo ninguna más allá de dar una recaudación que justifique una secuela, el filme resulta un ejercicio fofo y sin fuelle. Pocas veces he visto un producto (y nunca mejor dicho) en el cual la falta de pasión de su concepción como proyecto se filtre más en el resultado final. Es un intento fallido, en todos los frentes en los que podría esperarse algo de él.

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Es una historia fallida porque ni siquiera es un relato completo; es un primer acto

Es una historia fallida porque ni siquiera es un relato completo; es un primer acto. Éste es, amigos, el resultado de estirar una trama de por sí ya desprovista de originalidad para intentar llenar 3 obras de una saga: la primera entrega es un planteamiento, una propuesta que languidece en la repetición constante de las mismas ideas. Como un coche encallado en la nieve, la cinta a veces intenta pisar el acelerador, llevando la historia unos pocos centrímetros hacia delante, tan sólo para agotarse enseguida y caer casi donde ha comenzado.

Digamos que con esta materia prima, la realizadora Sam Taylor-Johnson (Nowhere boy) no tenía muchas opciones para salir victoriosa del envite, y para qué engañarnos, no lo hace. No es un problema exclusivo de la ausencia de acontecimientos relevantes: la cinta está absolutamente desposeída de ningún sentido del ritmo, de la ubicación o incluso de la noción de consecuencia. Los personajes saltan de una localización a otra, de una acción a la siguiente, con una nula sensación de progresión. De vez en cuando, Taylor-Johnson se las apaña para colar una composición que al menos añada algo de valor estético a la cinta. El problema, una vez más, es la sensación de desconexión con el conjunto. No se puede lanzar al espectador un plano tan bello como el del encuentro sexual on a piano (no me sorprende que sea el único plano REAL de la cinta usado en su promoción), para luego pasar a la misma realización digna de telefilme de la cual hemos venido. Es como si, cuando los productores se ausentaban del set, la directora aprovechase para colar en la cinta algo que al menos la permitiera divertirse como autora.

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El fallo más imperdonable y estrepitoso de Cincuenta sombras de Grey: es una memez puritana

Lo más triste de Cincuenta sombras de Grey es que, cuando nos sinceramos con respecto a las expectativas que había con esta cinta, ni siquiera es capaz de cumplir eso. Todos sabemos que la única razón por la que hubo colas para entrar al cine no era el maravillarse ante grandes interpretaciones (pobres Jamie Dornan [La caza] y Dakota Johnson [Need for speed], con lo que ellos se esfuerzan), o alabar una fotografía poética y elaborada. Era salir (quizás unos/as más que otros/as) más caliente que el pico de una plancha. Y es aquí donde encontramos el fallo más imperdonable y estrepitoso de la cinta: es una memez puritana.

Para que una fantasía erótica sea tal, es necesario algún grado de identificación con una de las dos partes. No es como la pornografía (que nadie vemos nunca), en la cual la visión directa y sin tapujos del acto sexual sirve como estimulante más que suficiente. Para intentar provocar una cierta sensación de seducción o erotismo uno necesita partir de una base, que es el pensar “¿y si me pasara esto a mí?”. Con Cincuenta sombras de Grey, hay barreras gigantescas para que tal cosa llegue a suceder. Para empezar, los personajes son estereotipos casi paródicos: ella inocente, virginal, apocada; él misterioso, rico, talentoso, experimentado. La película intenta jugar constantemente un juego de sugerencias e insinuaciones con el espectador, dándole una importancia y un supuesto peso a la “seducción” totalmente artificiales, usando como único recursos los acentos de la banda sonora de Danny Elfman (compositor habitual de Tim Burton).

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El sexo en Cincuenta sombras de Grey no es ni extremo, ni violento, ni visceral, ni apasionado

Pero cuando la cinta decide dejar de sugerirnos y pasa a la acción, el coitus interruptus resulta total e irreparable. El sexo en Cincuenta sombras de Grey no es ni extremo, ni violento, ni visceral, ni apasionado, ni nada de lo que (imagino) la platea calenturienta estaba esperándose. Es un coreografiado anuncio de perfumes, una idealización del sexo llevada a cabo por alguien que parece que nunca haya fornicado con alegría y ganas. No sé le presta atención a ningún detalle de los que en la realidad se quedan grabados a fuego en la mente durante una situación verdaderamente morbosa, y lo que es peor desde un punto de vista narrativo, las escenas “subidas de tono” apenas afectan al devenir ni de los personajes ni de la cinta.

No obstante, quizás porque mi sentido del erotismo esté roto y desviado, quizás porque en Hollywood saben muy bien a quién apuntan con sus balas fílmicas, la cinta que sólo costó 40 millones de dólares consiguió romper la barrera de los 500 millones en su recaudación, por lo que la secuela (y la trilogía) están más que asegurados. Como soy de los que piensan que no debe haber mal que por bien no venga, quizás esto sea una buena noticias no sólo para las familias de los miembros del equipo, que ya tienen trabajo para un par de años más, sino que me atrevo a decir que puede ser un modo alternativo, pero eficiente, de ayudar a aquellos que sufrimos insomnio pasajero. A mí, desde luego, me funcionó de maravilla con esta primera parte.

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