Cine de barrio de los noventa (y II)

Repasamos qué ha sido de la carrera de todos aquellos jóvenes directores que hace veinte años iban a cambiar el cine español

JUANMA BAJO ULLOA

Si existe un director de culto en el cine español de los noventa, ese es Juanma Bajo Ulloa. Impredecible, imprevisible, apareció de la nada en 1991, con Alas de mariposa y se esfumó en 1997, tras coronarse con Airbag, la comedia popular gamberra definitiva. Entremedias, una única película, La madre muerta. Tres películas, tres, todas de culto en la actualidad. Una Concha de Oro en San Sebastián, seis premios Goya y un puñado de premios internacionales. Más que una carrera, un sprint. Un sprint deslumbrante.

Hasta junio de 1997, Juanma Bajo Ulloa era un director joven, minoritario y oscuro. Había acumulado un gran prestigio con un cine de autor dramático que coqueteaba con el thriller. Aún no había cumplido los treinta y apuntaba para estrella. Y entonces llegó Airbag.

Airbag arrastró a las salas a más de dos millones de espectadores y se convirtió en la película española más taquillera de la historia en su momento. Airbag se mantuvo más de cuatro meses en cartel en ciudades de provincia donde la resistencia media de las películas taquilleras a mediados de los noventa era de mes y medio. Airbag no fue un éxito, Airbag fue un fenómeno. Una comedia loca, un Resacón en Las Vegas cañí, solo que diez años antes y mil veces más salvaje. Es probable que, aunque no la hayas visto, conozcas un puñado de sus frases, y las emplees de vez en cuando sin tan siquiera saberlo. La crítica la odió, pero el público la hizo suya. Justo el reverso de lo que hasta ese momento había sido la carrera de Bajo Ulloa.

El director, tras intentar reanimar su carrera
El director, tras intentar reanimar su carrera

Si existe un director de culto en el cine español de los noventa, ese es Juanma Bajo Ulloa

Tal fue el éxito, que, tres años después, generó una imitación, titulada Año mariano, en la que participarían casi todos sus actores, pero de la que ya se había bajado su director. Bajo Ulloa tardó siete años en reaparecer, y lo hizo con una película semiclandestina, apenas estrenada en circuitos comerciales y sin actores profesionales. Se llamaba Frágil y fue un suicidio, un tiro en el pie. Una película apenas criticada por apenas vista. Este año, tras once de ausencia, el director ha vuelto con Rey Gitano, un intento de volver a presentar Airbag, solo que dieciocho años después. La recepción ha sido tibia, dejando a Bajo Ulloa en una situación muy precaria con vistas al futuro.

¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué un director tan prometedor dejó morir su carrera de esta forma? Si bien es cierto que el proceso judicial en el que se metió al denunciar a los productores de Airbag no le ayudó en nada, Bajo Ulloa suele replicar que trabajó durante años en proyectos que al final se cayeron (El capitán Trueno es un ejemplo de ello) y que en el fondo no ha dejado de trabajar rodando documentales o videoclips. Cuando estrene su próximo trabajo, probablemente dentro de diez o quince años, hará como aquellas folklóricas que en algún momento fueron grandes y se pondrá una peineta y gafas oscuras para contarnos que lleva una década triunfando por Sudamérica.

Cuando Bajo Ulloa se queda así, la mejor opción es Ctrl+Alt+Supr
Cuando Bajo Ulloa se queda así, la mejor opción es Ctrl+Alt+Supr

Bajo Ulloa tardó siete años en reaparecer, y lo hizo con una película semiclandestina

ALEX DE LA IGLESIA

El cine de Álex de la Iglesia siempre ha sido irregular, ciclotímico, excesivo, tan proclive a las cimas como a las simas. A Álex de la Iglesia nunca le ha interesado el sentido de la medida, porque su única medida siempre ha sido mucho, de todo, junto, revuelto. Es por ello por lo que este director es el que ha desarrollado una carrera más coherente de todos los referidos en este artículo, porque la única coherencia a la que ha rendido pleitesía de la Iglesia es a la del barullo y el desorden.

Su carrera se diferencia bastante de la del resto de directores analizados en este artículo. Lo suyo no fue una progresión en avance permanente hasta llegar a un batacazo. Su trayectoria, al igual que su cine y su personalidad alterna grandes éxitos con fracasos. Tras El día de la bestia, Perdita Durango. Tras La comunidad, 800 balas (a pesar de su fracaso, probablemente el mejor western español desde el videoclip de Johnny Techno Ska).

Álex de la Iglesia siempre fue muy de comprar en Lefties
Álex de la Iglesia siempre fue muy de comprar en Lefties

El cine de Álex de la Iglesia siempre ha sido irregular, ciclotímico, excesivo, tan proclive a las cimas como a las simas

Al contrario que en el caso de muchos de sus compañeros de generación, no se puede decir que la carrera de Álex de la Iglesia esté estancada o sea cosa del pasado. El problema, de haber alguno, es que no ha terminado de despegar tal y como se presagiaba en 1996. Tras deslumbrar con El día de la bestia, le llegaron ofertas de Hollywood (como la de dirigir Alien resurrección) pero él prefirió embarcarse en Perdita Durango y jugársela con una historia de frontera, sexo y santería. Porque, como bien sabe su primera esposa, Álex de la Iglesia solo ha sido fiel a lo que en cada momento le indicaban sus tripas, sus instintos. Y eso le ha llevado de ser el enfant terrible del cine español a dirigir su Academia de Cine con tal libertad que acabaron indicándole abruptamente el camino de salida. Porque decía que él se había descargado ilegalmente alguna película. Alguna película porno, añadió. Genio y figura.

Empezó contando historias de satánicos de Carabanchel, y ha terminado dirigiendo spots de Mercedes y de decirle no a las drogas. En el fondo, sigue en el mismo sitio en el que empezó, pero mucho más aburguesado. Siempre a punto de rodar un gran proyecto que al final se cae, siempre cerca de dar el definitivo salto internacional. Álex de la Iglesia es al cine español lo que los invitados a la fiesta a El ángel exterminador, siempre a punto de irse, pero siempre quedándose sin que nadie sepa muy bien por qué.

Hola bebéeeees, espero que tengáis un superweekend...
Hola bebéeeees, espero que tengáis un superweekend…

No se puede decir que la carrera de Álex de la Iglesia esté estancada o sea cosa del pasado

Álex de la Iglesia sigue siendo un autor fácilmente reconocible. Si bien antes sus constantes eran los finales explosivos, el humor negro y la violencia, hoy en día basta reconocer a una Carolina Bang incapaz de vocalizar (y perdón por la redundancia) en una película para saber que es de Álex de la Iglesia, puesto que solo él le da trabajo. Él es, sin duda, mi director favorito de todos los analizados en este artículo, y el que menos ha visto mermada su posición en la industria española con el paso del tiempo. Aunque, a veces, pudiera parecer que su principal impedimento para ascender de categoría sea él mismo.

ISABEL COIXET

El debut como directora de Isabel Coixet se tituló Demasiado viejo para morir joven, y más que un título, era una profecía. Pero cuando Coixet enamoró de verdad a la crítica española fue con su segunda película: Cosas que nunca te dije. Rodada en Estados Unidos, claramente influenciada por el boom del cine indie de mediados de los noventa, Coixet rodó una película cuqui mucho antes de que lo cuqui se pusiera de moda, mucho antes de que realmente existiera lo cuqui. Cosas que nunca te dije era una peli exótica porque salían lavanderías de esas de meter monedas en lavadoras y porque sonaban canciones de grupos de esos que solo pinchaban en Radio 3. La directora, para más inri, era una desconocida, mujer, y con gafas de pasta con patillas de colores. La reacción de la industria del cine español, se pueden imaginar, fue similar a la que debió tener Paco Martínez Soria la primera vez que vio a un negro. Uno se imagina la ceremonia de los Goya de ese año con todos los académicos dándose codazos al paso de Isabel Coixet, y murmurando por lo bajinis “es ella, la moderna” mientras se sacaban la boina en señal de respeto.

¿A qué huelen las nubes? ¿Y a qué sabe litro y medio de vodka?
¿A qué huelen las nubes? ¿Y a qué sabe litro y medio de vodka?

Coixet rodó una película cuqui mucho antes de que lo cuqui se pusiera de moda, mucho antes de que realmente existiera lo cuqui

Dos años después, dirigió A los que aman. Y todo volvía a ser tan cuqui que le encargaron el trabajo por el que todavía hoy se la recuerda. Un anuncio de compresas, ese que se preguntaba, entre ridículo y poético, a qué olían las nubes; el mejor resumen de su carrera. Si es mujer, y dirige, que dirija un anuncio de esas cosas suyas, debieron pensar, creyéndose feministas porque no le habían dado un anuncio de Fairy.

El amor de la crítica duró lo que duraron Mi vida sin mí y La vida secreta de las palabras. Tras esos dos trabajos llegaron Elegy, Mapa de los sonidos de Tokio y Ayer no termina nunca y aquellos que durante años la encumbraron decidieron que su cine les cansaba. Donde antes había poética, ahora solo veían pretensiones. Lo sublime había dejado paso a lo ridículo. Lo que podía ser interpretado como coherencia estilística se había convertido en estatismo e inmovilismo.

Aquí. Echando la tarde. De risas. Con la Coixet
Aquí. Echando la tarde. De risas. Con la Coixet

Aquellos que durante años la encumbraron decidieron que su cine les cansaba. Donde antes había poética, ahora solo veían pretensiones

Sus siguientes trabajos han funcionado entre mal y peor. Mi otro yo fue un fracaso del que trató de desmarcarse asegurando que la película presentada no era la que ella había rodado. Aprendiendo a conducir, que quedó segunda en la votación del Premio del Público del Festival de Toronto era inofensiva y olvidable, cine de ganchillo y mesa camilla. Y Nadie quiere la noche abrió el Festival de Berlín con un resultado más bien discreto.

Isabel Coixet sigue disfrutando de cierto prestigio internacional. Probablemente mucho más del que goza en España. Por los proyectos con los que se la relaciona, parece que ella también está más interesada en ser cola de ratón fuera, que cabeza de león en su país. No la culparemos. Con ella y su cine muchos se han comportado de forma caprichosa. Tanto por el ensañamiento actual como por los elogios desmedidos e injustificados de su primera época. Ella nunca ha dejado de ser quien era. Lo que pasa es que muchos se dieron cuenta tarde, cuando ya era imposible disimular el aburrimiento.

Creíais que Halle Berry había sido la peor Catwoman hasta que...
Creíais que Halle Berry había sido la peor Catwoman hasta que…

Con ella y su cine muchos se han comportado de forma caprichosa

AGUSTÍN DÍAZ YANES

Cuando, en 1995, Agustín Díaz Yanes estrenó su ópera prima, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, le llovieron los premios. Y justificadamente, puesto que su película era un ejemplo de cine negro musculoso, sucio, potente. Y, además, no renunciaba a una carga social tangencial, no demasiado obvia. Un debut más que ilusionante como carta de presentación de una realidad más que de una promesa.

Lo sorprendente del caso es que todo el mundo de la industria del cine se refería a su director como si fuera alguien de la familia más que un recién llegado. De golpe, todos le llamaban Tano, como si fuera un habitual del mundillo, alguien de la familia, uno de los nuestros. Y lo era. Si algo hemos aprendido tras años de estudio de la industria del cine español es que son la institución de este país que más se parece a la monarquía: son incapaces de vocalizar, viven del dinero público sin necesidad de que nadie les elija, parecen bobos, mandan poco y, sobre todo, entre ellos prolifera la endogamia.

Díaz Yanes detalla las custumbres más arraigadas en el cine español
Díaz Yanes detalla las custumbres más arraigadas en el cine español

Si algo hemos aprendido tras años de estudio de la industria del cine español es que son la institución de este país que más se parece a la monarquía

Díaz Yanes había sido director de segunda unidad de Almodóvar y guionista de un puñado de películas no demasiado destacadas. Y tras su debut como director solo volvería a guionizar otro proyecto ajeno: Al límite, una película protagonizada por Bud Spencer y Lydia Bosch. Ese era Tano, el guionista.

Seis años tardó en estrenar su siguiente proyecto, Sin noticias de Dios, una película que mutaba en drama cuando quería ser comedia y en comedia cuando quería ser un thriller. Un despropósito lleno de ideas tan tan enamoradas de sí mismas como que en el cielo se hablara francés y en el infierno español. Y como el guantazo no había sido lo suficientemente descomunal, cinco años después se metió a adaptar Alatriste. Y salió lo que salió. Pero sorprendentemente nadie, ni en la crítica ni en la industria nacional, se atrevió a decir lo que miles de espectadores clamaban en los vestíbulos de los cines, que aquello era una mierda, un despropósito y que Blanca Portillo siempre había sido fea, pero ponerla a hacer de hombre era ensañarse.

Pocos saben que Agustín Díaz Yanes comparte dermatólogo con Morgan Freeman
Pocos saben que Agustín Díaz Yanes comparte dermatólogo con Morgan Freeman

Blanca Portillo siempre había sido fea, pero ponerla a hacer de hombre era ensañarse

Su último trabajo hasta la fecha fue hace siete años ya. Se titulaba Solo quiero caminar, y era una secuela muy tardía, una secuela que nadie pedía, de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Y pasó completamente desapercibida para el público a pesar de que de nuevo todos volvieron a insistir en que esta vez sí, que esta era buena. Nadie les creyó. Y fue injusto. Porque esa vez sí, esa era buena.

Siete años hace ya de aquello. Y Tano no ha vuelto a trabajar. Y es una lástima, porque podría ser un buen director de cine negro. Pero entre todos le convencieron de que él era algo más. Y confundieron lealtad con engaño y complacencia. Siete años sin trabajar. Hay lealtades que matan.

Cuando sale por ahí, Díaz Yanes no es muy de tomarse un poleo menta. Probablemente en casa tampoco
Cuando sale por ahí, Díaz Yanes no es muy de tomarse un poleo menta. Probablemente en casa tampoco

Podría ser un buen director de cine negro. Pero entre todos le convencieron de que él era algo más. Y confundieron lealtad con engaño y complacencia

MANUEL GÓMEZ PEREIRA

Manuel Gómez Pereira era sinónimo de comedia española elegante en unos años en que la elegancia consistía en llevar una pulsera Rayma, en chupar las cabezas de las gambas para dejarlas caer a los pies de la barra del bar, en dejarse la uña del meñique en forma de garra para hurgarse en la oreja. En la España de la primera mitad de los noventa, cualquier comedia en la que no salieran Martes y Trece o Los Morancos era considerada humor inteligente. Y, en medio de toda esta ceguera, Manuel Gómez Pereira era el tuerto, por lo tanto, el rey.

Media España se rio con las propuestas de Manuel Gómez Pereira durante tres años seguidos: Salsa rosa (1992), ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? (1993) y Todos los hombres sois iguales (1994). Esta última propuesta llegó a ser tan popular que se convirtió en serie de televisión, para solaz y diversión de un españolito medio que, durante cinco temporadas, disfrutaba siguiendo las desventuras de tres divorciados que se querían zumbar a la chacha que les iba a limpiar la casa. España disfrutaba de las bondades de la nueva comedia.

Mi última peli es... ¿cómo os díría yo?... ¡una mierda!
Mi última peli es… ¿cómo os díría yo?… ¡una mierda!

Media España se rio con las propuestas de Manuel Gómez Pereira durante tres años seguidos

Boca a boca supuso el culmen de su popularidad. Una comedia de enredo, chabacana pero divertida, con ritmo y buenas interpretaciones. Nada más que eso, pero tampoco nada menos. El problema es que Gómez Pereira consideró que había tocado techo y que ahora le tocaba crecer como artista. El amor perjudica seriamente la salud era un proyecto ambiciosísimo que intentaba capturar la esencia de la vida sentimental de los españoles en las últimas décadas. Se vendió como la Forrest Gump española, pero la única similitud radicaba en que los actores aparecían insertados en grabaciones de archivo; el guión era más propio de Forrest Gump el personaje que de Forrest Gump la película. No se puede decir que el batacazo fuera monumental, pero sí que los resultados fueron mucho más tibios de lo deseado. Ni una nominación al Goya para una producción ambiciosísima. Dos años después, el director abandonaría la comedia por primera vez en su carrera para adentrarse en el thriller. El thriller erótico, claro. Que una cosa es ponerse serio y otro obviar las tetas. Y lo tituló Entre las piernas. Por si había alguna duda. Y el resultado volvió a ser discreto. Mucho más discreto de lo acostumbrado para un director que había sido tan popular.

Y entonces llegó el apocalipsis. Y el apocalipsis se llamó Desafinado. Desafinado fue la película más cara del cine español en su momento. 1.800 millones de pesetas para una época en que las películas caras costaban justo la mitad. Rodada en Versalles, en inglés, protagonizada por Joe Mantegna, Danny Aiello y George Hamilton. Solo faltaban Arturo Fernández y tu cuñado. Decían que Desafinado era una sátira sobre los tres tenores, pero realmente era un vodevil de los de toda la vida, de los de marido que entra por la puerta y tipo en calzoncillos que sale por la ventana. Y, en pleno año 2000, eso era sinónimo de espectadores que no entran por la puerta y productor que tiene que saltar por la ventana. También en calzoncillos, pero por miseria, no por lujuria.

Gómez Pereira el día que toca grabar tetas
Gómez Pereira el día que toca grabar tetas

Boca a boca supuso el culmen de su popularidad

El guantazo fue monumental, de los más sonados en la historia del cine español. Y Gómez Pereira jamás volvió a ser el mismo. Él, que se pasó todos los noventa dando entrevistas y vendiendo la fórmula del éxito. Él, que prácticamente vivía en el plató de Lo + Plus, deslumbrando a Ana García Siñeriz, pasó a rodar comedias tan pasadas de moda como Cosas que hacen que la vida valga la pena o Reinas. Luego lo intentó con el thriller con El juego del ahorcado y La ignorancia de la sangre. Y ya nadie las vió. Suyo era el remake de Cheers con Resines que, en pura paradoja temporal, se canceló casi antes de empezar a emitirse.

Gómez Pereira lo fue todo antes de ser nada. Gómez Pereira fue para el cine español lo que ese compañero tuyo tan simpático del instituto, con el que todos os reíais, pero al que, cuando encontraste veinte años después preferiste no saludar. Porque en el fondo no era tan gracioso, aunque tardaste tiempo en darte cuenta, pero, sobre todo, porque podría recordarte la clase de tonterías que te hacían gracia cuando eras un chaval. Porque tú ya no eres ese chaval. Porque el público español de hoy en día entiende otra cosa por conceptos tan sobados como alta comedia o humor inteligente.

(Si este artículo te ha interesado, también lo hará su primera parte)

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