Por qué Comanchería tendría que ganar el Oscar

El thriller de David Mackenzie recicla los códigos del western clásico para reflexionar con amargura acerca de un mundo desaparecido

A veces, cuando nos ponemos melancólicos para lamentar la defunción del western clásico, parecemos no darnos cuenta de que lo que en realidad ha hecho el género ha sido reciclarse en otra corriente, una con mucho más sentido para los tiempos que corren: el cine post-apocalíptico. Ambos comparten códigos, arquetipos y hasta iconografía, pero sobre todo temática: la lucha por forjar los cimientos de una civilización, casi siempre a fuerza de sangre y plomo. Películas post-apocalípticas deudoras del Viejo Oeste las tenemos a patadas, tantas como westerns crepusculares que atisban el cada vez más cercano fin de una era. Pero Comanchería (Hell or High Water) va un paso más allá. La película de David Mackenzie y Taylor Sheridan se erige como un auténtico western post-apocalíptico que no centra su mirada en el ayer ni en el mañana, sino en un presente en el que el crepúsculo queda ya muy lejano, donde apenas se escuchan los estertores de un mundo que ha dejado de existir para siempre, y cuyo futuro no es más que un atisbo de nubarrones en el horizonte.

Si Tarantino dedicó Los odiosos ocho a explicar cómo los mimbres que sostienen la civilización norteamericana siempre han estado podridos y sustentados en convenientes mentiras, Comanchería nos lleva de paseo por lo que queda tras la resaca del sueño americano. Y lo que encontramos son poco más que despojos. Un erial repleto de viviendas desahuciadas y casas de empeño que pronto volverá a ser la llanura desértica que una vez fue. Como recuerda uno de los personajes de la película, un país erigido sobre el expolio no puede tener otro final que el de ser saqueado hasta la médula. Así es como ha acabado la tierra prometida: convertida en un territorio devastado que apenas conserva retazos de un mundo que, en el fondo, siempre ha pertenecido más al imaginario colectivo que a la cruda realidad.

Bajo su disfraz de thriller criminal sencillote y sin (aparentes) complicaciones, Comanchería es una elegía por los últimos románticos del Viejo Oeste

Ese es el desolador ecosistema en el que deben sobrevivir a los anacrónicos protagonistas de la película, aunque sean muy conscientes de que jamás podrán conseguirlo. Porque bajo su disfraz de thriller criminal sencillote y sin (aparentes) complicaciones, Comanchería es una elegía por los últimos románticos del Viejo Oeste. Tipos que luchan a la desesperada por mantenerse fieles a unos arquetipos que ya no tienen ningún sentido, para los que la justicia y la decencia importan más que sus propias vidas, y que sólo son capaces de demostrar aprecio por el otro mediante burlas, insultos o duelos a muerte. Seres tan extintos como esos vaqueros resignados que han de salvar su ganado de un incendio en pleno siglo XXI. Han tenido que pasar ciento cincuenta años, pero por fin el texano es capaz de empatizar con el comanche, porque ahora sabe lo que significa perderlo todo. O peor aún: que te lo roben.

Qué paradoja que Comanchería haya visto la luz precisamente en este, el año de La La Land. Que sí, que son películas casi antagónicas, pero podría decirse que ambas comparten idéntica razón de ser: la recrearse en la nostalgia (bien entendida) por los dos géneros estrella del Hollywood clásico, hoy prácticamente desaparecidos. Pero mientras que la película de Chazelle nos hace fantasear con la idea de que, por muy mal que vayan las cosas, nunca es tarde para regresar a ese mundo de ensueño, Comanchería se mantiene firme en su convicción de que lo perdido no podrá recuperarse jamás, puesto que no hay forma de resucitar un ideal que sólo tenía sentido en nuestra imaginación. Una declaración de intenciones que alcanza todo su esplendor en su extraordinario epílogo, donde encontramos la demoledora confirmación de que las dos últimas criaturas de ese mundo mitológico están a punto de desaparecer para siempre. Pero al menos nos queda la satisfacción de saber que, por una vez, lo harán a su manera.

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