Cuando tienes 17 años, la magia de abrirse al amor y a los otros

Téchiné vuelve al mundo de la adolescencia y nos regala el mejor "coming-of-age" del año

Techiné recupera el estado de gracia

9 Dirección
9 Interpretaciones
7 Guion
9 Emoción
8.5

No hay nada más triste, cinéfilamente hablando, que asistir al declive aparentemente irreversible de un director que conoció tiempos de reconocimiento unánime e inspiración inagotable; pero tampoco hay nada más feliz que presenciar la resurrección del talento y la “gracia” en un comeback cuya historia e imágenes evocan precisamente la cumbre de aquel periodo de esplendor. Es el caso de André Téchiné que, con su última película, se reinventa en muchos sentidos para reivindicar en última estilo la vigencia de su estilo y la intacta lucidez de su mirada a las relaciones humanas.

Cuando tienes 17 años (título evocadoramente extraído de un poema de Rimbaud: On n´est pas serieux quand on a 17 ans) es, en efecto, un soplo de aire fresco en una filmografía cuyas últimas obras (ImpardonnablesL’homme qu’on aimait trop) ni siquiera se habían estrenado en España  (esperemos poder disfrutarlas pronto), y que con esta nueva película, vuelvo a los fértiles territorios de la que muchos consideran su obra maestra o, cuando menos, su película más emblemática: Los juncos salvajes. En 1994, Téchiné ajustó cuentas con su adolescencia en el más hermoso  filme de despertares vitales/sexuales de la adolescencia (lo que ahora llaman coming of age) que recuerda quien esto escribe. Además de descubrir el talento de tres jóvenes actores  que luego despuntaron a lo largo de los 90 (Gaël Morel, Élodie Bouchez y Stéphane Rideau) Téchiné entonó un canto vitalista y finalmente luminoso a favor de la libertad  de afectos que se debe descubrir y vivir en la juventud.

22 años más tarde, su nueva criatura cinematográfica comienza con un plano forestal rebosante de luz, que evoca (quizá involuntariamente) el final de aquella, para luego introducirse en un túnel que nos conduce a una montaña nevada en pleno invierno. Un probable recordatorio de que estamos lejos todavía de conquistar esa libertad que su famosa película celebrara hace ya tiempo y que todavía parece víctima de prejuicios y represiones propias o ajenas. En ese sentido, Cuando tienes 17 años, que sigue el esquema temporal de los tres trimestres de un curso escolar, ilustra ese duro pero apasionante proceso de auto-descubrimiento que coincide generalmente con el último año de colegio antes de la Universidad, una tormenta perfecta de hormonas disparadas, dudas existenciales y desafíos académicos.

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Cuando tienes 17 años es un soplo de aire de fresco en la filmografía de Téchiné, y al mismo tiempo, un regreso al territorio de despertar sexual de su emblemática Los juncos salvajes

Es fácil advertir en esta película gran parte de los intereses narrativos del director: la vivencia íntima y singular de la sexualidad, los deseos reprimidos, la dinámica de las relaciones entre un grupo diverso de personajes, y al igual que en Los juncos salvajes, los efectos de una guerra lejana pero fatídica, el peso de la pérdida, y el poder beatífico de la naturaleza del sudoeste francés (en este caso, los Pirineos) para despertar y sublimar los sentimientos más profundos. Las similitudes son evidentes y numerosas, pero la perspectiva es muy diferente: la pátina intelectual de aquella ha dado paso a una acusada y muy contemporánea fisicidad. El verbo se ha hecho carne, porque en el mundo de hoy, los instintos se traducen en roces más que en versos.

Lo más interesante del planteamiento radica en sus abundantes y superpuestas dicotomías. En efecto, la historia narra la conflictiva relación entre dos jóvenes que, cada uno desde un pasado y una posición muy diferentes, no encuentran su lugar en el mundo: por un lado está Damien (interpretado con mucha energía y credibilidad por el prometedor Kacey Mottet Klein, al que descubrimos hace unos años en Sister, junto a Léa Seydoux), hijo de la médico rural y un soldado de misión en África central, que lleva una vida acomodada pero no encaja, por sus aficiones y personalidad, con los compañeros de clase. Un día de clase, sufre la zancadilla malintencionada de Tom (el debut, y la revelación en el cine, de Corentin Fila), hijo adoptivo, de origen argelino, de una pareja de granjeros que viven en lo alto de la montaña.

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La diferencia de clases, razas, orígenes y caracteres permite a Téchiné desarrollar un modesto, pero muy sugerente, fresco social

La diferencia de clases, razas, orígenes y caracteres permite a Téchiné desarrollar un modesto, pero muy sugerente, fresco social, marcado en primer momento por la incomprensión y la violencia, y en última instancia, por la solidaridad y el amor. La acogida temporal de Tom en casa de Damien, una decisión promovida por la madre de este último al constatar los problemas de salud y el embarazo de la madre del primero, parece al principio apuntar hacia una intromisión de peligro erótico-psicológico al estilo pasoliniano (se introduce de hecho cierta ambigüedad en las intenciones de los personajes), pero muta rápidamente en una comunidad de afectos nacientes o reprimidos, un triángulo de sentimientos encontrados (como ya lo fue de hecho Los juncos salvajes) en cuyo vértice se encuentra, canalizando emociones y atravesando su propio proceso de reconciliación con la vida, la madre de Damien, una mágica Sandrine Kiberlain que transmite con su sonrisa y enérgica presencia toda la fuerza de espíritu que le debemos a nuestras madres.

En una de esas alianzas creativas con las que todo cinéfilo sueña, Téchiné firma el guion con Céline Sciamma, artífice de dos de las mejores y más sensibles películas recientes sobre la identidad de género (Tomboy) y el traumático despertar a la vida en la adolescencia (Bande de filles). Scianma podría estar detrás de esa sorperndente pulsión emocional, muy contemporánea, que late en la historia, pero es también en el guion donde se encuentra el principal reproche que podría hacerse al filme: cierto determinismo en el discurrir de los acontecimiento los hace a veces previsibles o esquemáticos.

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Por fortuna, el punto fuerte y distintivo de esta película radica en su maravillosa fuerza evocadora, derivada principalmente de una potente creación de atmósfera y un hipnótico naturalismo digital

Por fortuna, el punto fuerte y distintivo de esta película radica en su maravillosa fuerza evocadora, derivada principalmente de una potente creación de atmósfera y una naturalismo digital de una nitidez como no habíamos visto desde La vida de Adèle o, más recientemente, Fatima. Pero mientras Kechiche acercaba la cámara hasta convertir el intimismo en puro morbo, Téchiné no tiene miedo en elevarla a las alturas y extraer del cielo y las montañas el perfecto reflejo de los miedos y esperanzas más íntimas de los personajes. En un puñado de escenas memorables (un baño nocturno en un lago, un paseo en la niebla, una carrera colina abajo), la película alcanza un poder casi místico  y profundamente conmovedor. Esta dimensión épica y agreste de un relato aparentemente pequeño hará pensar a algunos en una respuesta adolescente a Brokeback mountain, o sugerir a otros su ambición de trazar una metáfora, casi utópica, de una Francia marcada por la diversidad de identidades y la necesidad de apoyarse mutuamente para recuperar la esperanza.

Téchiné tiene 76 años, y habla de dos chicos de 17. Y, sin embargo, pese a los 59 años de diferencia, uno diría que el director se reconoce en estos dos jóvenes y logra extraer de sus corazones una verdad en la que todos nos podemos reconocer.

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