David Yates: Harry Potter y el final sin alma

(L-r) Director DAVID YATES and DANIEL RADCLIFFE on the set of Warner Bros. Pictures’ fantasy adventure “HARRY POTTER AND THE DEATHLY HALLOWS – PART 2,” a Warner Bros. Pictures release.
Las cuatro últimas partes de la octología de J.K. Rowling tratan sobre la búsqueda del alma. Precisamente lo que le falta.

En todos los artículos de mis compañeros a los largo de este especial ha habido una película de la que se habla una y otra vez: El prisionero de Azkaban, dirigida por Alfonso Cuarón. Cuenta con el beneplácito de crítica y público por su giro hacia la oscuridad y su fidelidad a los libros sin perder el alma de una película de aventuras. The Nerdwriter, Collider y Heroic Hollywood la califican como la mejor de la saga sin discusión. Y es que la tercera entrega incluye traiciones, viajes en el tiempo, la primera aparición de Sirius Black (perfecto cast de Gary oldman), los dementores y hombres lobo. Otro de los aspectos que se repiten en casi todos los artículos es la importancia del “salto a la madurez” de Harry. ¿Cuándo tiene lugar? Cada uno de nosotros tiene diferentes teorías, cada uno marca un punto de inflexión concreto, pero todos creemos que ocurre en algún punto entre Cuarón, Newell y Yates. Personalmente, creo que La muerte de Cedric Diggory marca el momento en el que a Harry le arrebatan la adolescencia y le obligan directamente a ser un adulto con el peso del mundo mágico en sus manos. La vuelta de Voldemort, la Oclumancia, los problemas con el gobierno… cada elemento de la historia a este punto grita: “Ahora empieza lo serio. Ahora es cuando necesito a un director que arriesgue. No a un director aburrido. No a un técnico. Por favor. Por favor, David Yates no”. Pero ya era demasiado tarde.

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La Orden del Fénix debía recuperar la garra de la entrega de Cuarón, y tenía todas las papeletas. Pero no lo hizo

El director inglés venía de dirigir diversas series para la BBC (Sex traffic, The sins) y algunas películas para televisión (The Young visitors y The Tichborne claimant), y antes de comenzar me gustaría decir que no es mal director. Técnicamente es impecable. Las escenas se suceden con naturalidad, sabe en qué momento está agobiando al espectador con información y cuándo incluir uno o dos planos aéreos para que la película respire. Aprovecha bien los entornos en los que se desarrolla la acción (Godric’s Hollow, el Ministerio de magia, el cuartel de La Orden del Fénix) y es fácil diferenciar cada escenario, porque da cancha absoluta al departamento de diseño de producción para que se vuelva loco e infunda vida a los entornos. También maneja las partes en las que hay más de 5 personajes en un cuarto (y de esas sobran en las últimas 8 horas de la saga) sin que el espectador se pierda y no sepa en dónde está quién con quién. Y por último no quiero olvidarme de que la tercera entrega dirigida por Yates (Reliquias de la muerte parte 1) incluye una de las escenas más bellas y memorables de la saga, La historia de los tres hermanos.

Y hasta ahí las cosas buenas. Porque quizá lo que peor le podría haber venido a las cuatro últimas entregas era timidez. Timidez a la hora de abordar un aspecto tan imaginativo como la Oclumancia y la conexión existente entre Voldemort y Harry, que es resuelta con flashback borrosos y zooms al rostro del protagonista. O el maduro comentario político de la saga: la pureza de la sangre y el gobierno opresivo obsesionado con las filtraciones y la negación de la crisis, que finalmente se queda en comentario puntual al principio y al final de La orden Del Fénix. Si, el gobierno juzga a todos aquellos que no sean sangre limpia y los hace llorar, pero nunca se alcanza a ver de lo que es capaz las autoridades. No se nota el brazo opresivo de un estado tiránico, porque la película no se atreve a ser todo lo dura que podría ser. Necesita dar una caricia después de cada bofetón, constantemente a caballo entre momentos felices (el entrenamiento del ejército de Dumbledore, la boda de Fleur, la presencia de Sirius, las trastadas de los Wesley) y los momentos dramáticos y oscuros (Dolores Umbridge, la profesora Trelawney, las pesadillas de Harry, Los Thestrals y sus oscuras connotaciones). Y es que Harry Potter trata especialmente sobre el conflicto entre la alegría y la tristeza, el egoísmo y la amistad, pretendiendo al mismo tiempo mezclarlo todo con épica. Pero no es suficiente para transmitir este tipo de conflicto con mostrar primero una escena alegre, después otra triste y después una huida frenética. Ese es, para mi, el fallo estrepitoso de las películas: intenta hacer malabares con escenas complejas, maduras, alegres y épicas, sin conseguir ser ninguna de esas cuatro cosas.

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Son películas que se creen complejas, maduras, alegres y épicas, cuando no consiguen ser ninguna de esas cuatro cosas.

Porque la épica va de la mano de la aventura y la aventura va de la mano de la simplicidad. Y la recta final de la saga tiene muy poco de simple. Resulta muy difícil resumir la trama de cualquiera de las cuatro últimas películas en pocas frases más allá de “Hay que destruir los Horrocruxes”. Harry Ron y Hermione se ven repentinamente en la cámara de Gringotts de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter, tan increíble como desaprovechada) porque su intuición les dice que deberían ir hasta allí. También van a Godric’s Hollow por puro deseo de estar, visitan al padre de Luna más o menos por el mismo motivo. Recogen todas las pruebas por muy nimias que sean a ver si algo les sale bien. Ninguno de sus actos tiene mucho sentido y mueven la trama por pura casualidad, mientras van dando tumbos de escenario a escenario, a veces riendo, otras veces peleados y  el lector que no es familiar con los libros se queda con cientos de preguntas, confuso. ¿Quién demonios es Grindewald? ¿Desde cuando Dumbledore tiene hermanos? ¿Qué es exactamente un Horrocrux, y porqué querría alguien dividir su alma en 7 partes? Pero no hay tiempo para nada, hay que darse prisa, ya que hay alguien pisandoles los talones, siempre hay alguna cuenta atrás a punto de acabar, Voldemort siempre se está haciendo más y más fuerte. Y en ésta velocidad, esta necesidad de contar las partes felices y las tristes, de adaptar la historia, de que haya épica y sorpresas ocurre lo peor que podría ocurrir: nos perdemos en la historia. ¿Alguien recuerda algún suceso interesante de El príncipe mestizo aparte de la muerte de Dumbledore? Es una película de dos horas y media (ciento cincuenta minutos, atentos a la cifra) en la que lo único importante de cara a las siguientes dos partes tiene lugar en la penúltima escena. ¿Que importancia tenía la profecía que tantos dolores de cabeza daba a los protagonistas en La orden del Fénix? ¿Realmente debería apenarme la destrucción de la madriguera (la casa de los Wesley) si en la siguiente película ya está reconstruida?

Resulta muy meritorio (a lo largo de toda la saga) por parte de los actores, especialmente por parte de Radcliffe que no resulten ridículas las escenas en las que tienen que sujetar un palo como si fuera el objeto más poderoso de la tierra. Pero Yates está ahí para confirmar a través de los efectos más tópicos (una lucecita al final de la varita, el color verde para los hechizos malos y azul para los buenos, un borrón para representar hechizos de protección) que en sus películas no ha lugar a la imaginación. Soluciones vistas una y mil veces a problemas que daban para mucho más. Duelos en los que no queda del todo claro quién lanza qué hechizo a quién, cómo se gana, ni cómo se pierde. No es suficiente con grabar todas las persecuciones en escoba de la misma manera. Ni con resolver las visiones del pensadero con fundidos de tinta en agua, ni las apariciones con ese efecto de doblarse sobre sí mismos, ni la pelea final de Harry contra Voldemort con esa especie de traveling en el que se llegan a fundir. Si, ya se sabe, Harry y el Señor Oscuro son prácticamente lo mismo, pero no hace falta ser tan obvio con ello. No hace falta repetir una y otra vez los efectos, porque ya se ven venir. Ya no son emocionantes.

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Hay que continuar rápidamente continúa la aventura, porque sólo hay dos horas y media por película y no hay tiempo para los dramas.

Yates podría hacer de las cuatro últimas entregas un auténtico Vía Crucis para los fans, ya que en cada una de ellas hay una muerte importante (Sirius, Dobby, Dumbledore y Snape). Sin embargo, resulta que apenas pesan en la trama. Diez minutos después de la muerte de su padrino, Harry está en plena batalla contra Voldemort y apenas se le vuelve a mencionar en el resto de películas. El sacrificio de Dobby (con el que incluso yo lloré) tiene lugar al final de Las reliquias de la muerte parte 1, y Las reliquias de la muerte parte 2 comienza con su tumba… y ya está. No hay más menciones a un personaje heroico que en las novelas juega un papel fundamental en casi todos los libros. Rápidamente continúa la aventura, porque sólo se cuentan con dos horas y media por película. Cierto, al final nos acordamos de todos ellos en la emotiva escena de la piedra filosofal Todas las muertes de las que hablo son muy importantes en la saga, pero son rodadas con timidez. Dumbledore, Snape y Dobby mueren fuera de plano. Cierto, todo se ve desde el punto de vista de Harry, pero estaría muy bien sacrificar esta práctica para poder ver los acontecimientos correctamente, no a través de un muro, o con un objeto molestando, o directamente, no viéndolo. Y este tipo de olvidos no sólo se aplican a los personajes muertos, también a escenarios importantes y que Yates podría aprovechar pero para qué complicarse. ¿Os imagináis que clase de batalla épica podría haber tenido lugar en la Gran escalera (la torre gigantesca con pasarelas que se mueven de un lado a otro constantemente) en vez de en una de las construcciones arquitectónicas de toda la saga? 

Existe un motivo por el que se analizan primero las películas de Columbus, después la de Cuarón, luego la de Newell y finalmente se hace un paquete enorme con las cuatro últimas películas de Yates. Absolutamente todas sus escenas son intercambiables. Se puede poner cualquier escena de El príncipe mestizo y ponerla en Las reliquias de la muerte (cualquiera de las partes). Cualquier persecución en escoba, cualquier comienzo, cualquier encontronazo con los mortífagos, o con Bellatrix Lestrange. Toda escena en la que Harry se encuentre incómodo con una chica, da igual Ginny, Cho o la encantadora camarera de una cafetería se puede colocar en cualquiera de las partes dirigidas por Yates. Las películas no funcionan como entes separados, no tienen personalidad propia, no tienen un aspecto particular que las identifique.

En resumen, Harry Potter y sus cuatro últimas películas podían llegar mucho más lejos. Podrían ser entregas terriblemente imaginativas, con nuevas formas de ver la magia, los hechizos, la manera de hurgar en la mente del protagonista y sus problemas. Pero no lo es. Son aventuras correctas, unas más largas que otras, con pocos aciertos (la historia de los tres hermanos el más destacable) y muchos errores. El mayor de ellos, no arriesgar. Y mucho me temo que esto mismo es lo que nos espera para las próximas 5 películas de Fantastic Beasts

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