De literatura young adult y otras estrategias de marketing

En qué se ha convertido el cine para adolescente y por qué tenemos que seguir aguantando este torrente de poca imaginación

Hay binomios tan perfectos que resultan inseparables. La ginebra y la tónica, la cerveza y la tapa, Faemino y Cansado, Madrid y Barça y, por qué no, la literatura y el cine. Al fin y al cabo, el buen cinéfago se forja a través de relatos originales paridos por el séptimo arte, pero también de una amplia nómina de adaptaciones literarias para la gran pantalla. Desde la literatura clásica pasando por la epopeya de marcado carácter épico, las páginas de los libros han servido como fuente de inspiración a infinidad de películas, sin importar el género ni la nacionalidad.

Si vamos un poco más lejos, los medios y recursos de que disponen los realizadores en la actualidad han ampliado más aún si cabe las posibilidades  de adaptación de los relatos más fantásticos y surrealistas, con lo que el poder de convocatoria de ese binomio ha aumentado de manera considerable. Y los estudios, que no son tontos y viven con la soga al cuello preocupados por esa constante sombra que se cierne sobre ellos y que vaticina su día del juicio final por la falta de ideas, han encontrado una fuente de ingresos en la explotación de los derechos literarios de sagas mundialmente famosas que ya arrasaron entre el público en su versión de papel.

Si afinamos aún más nuestras miras, no resulta complicado observar cómo, en los últimos años, ha salido a la luz un fenómeno que está nutriendo de manera constante las carteleras del mundo entero con estrenos de similar temática y orientados a un sector del público muy concreto: el adolescente. Es cierto que no me gusta abusar de las etiquetas, porque limita nuestra capacidad de disfrute al ubicar en el subconsciente una serie de prejuicios formados por la caracterización que la sociedad hace sobre los géneros y sus variantes, pero resulta imposible ignorar la presencia de una corriente literaria que en los últimos años ha arrasado en las librerías de todo el mundo, con las consiguientes apariciones de legiones de fieles fanáticos que defienden a capa y espada los vicios y virtudes de sus héroes y los emulan en la medida que la razón les permite, o muchas veces con una preocupante falta de ella, pero ese es otro tema.

Crepúsculo fans Cinefagos

Si aún no sabes de que hablo, sólo tienes que observar las listas de los libros más vendidos y observar cómo de manera casi constante, figura en alguno de los puestos más altos alguna novela protagonizada por un personaje adolescente, que afronta el paso a la madurez en un entorno que escapa a los convencionalismos de nuestra sociedad y nuestra realidad, y cuyas aventuras están estructuradas en una colección de libros que pueden ir de la trilogía a una colección de relatos que harían temblar a la Biblioteca de Alejandría en un derroche barroco de inventiva narrativa, muchas veces de escasa calidad pero de prolífica factura.

Hablo, para aquellos que aún anden despistados, de un subgénero que ha sido definido como novela young adult por su determinación por ofrecernos el universo emocional de ese momento en el que el niño abandona la comodidad de su inocencia para abrirse paso al mundo real, el cual casi siempre resulta curiosamente irreal en este tipo de obras. La fama de todas estas sagas ha hecho que la industria cinematográfica levante un imperio en torno a estos títulos, y para ello ha creado todo un entramado de marketing y estilo que varía muy poco de unas opciones a otras, y que no siempre termina con un final feliz para las distintas propuestas.

El primer referente al que tener en cuenta en este género, y que hasta la fecha sigue siendo el que mejores resultados ha dado tanto en lo que a beneficios como a calidad se refiere, es la saga completa de Harry Potter. La mundialmente famosa historia del niño mago, obligado a enfrentarse casi al mismo tiempo a las pruebas que su madurez le va imponiendo mientras un peligro le acecha de manera constante, fue desde su nacimiento bajo la pluma de J. K. Rowling hasta su transformación en la piel de Daniel Radcliffe un fenómeno de proporciones gigantescas que encontró en la gran pantalla la oportunidad de dar rienda suelta a todo el universo que la autora había concebido, y que no se limitaba al núcleo cerrado del protagonista.

Harry Potter Cinefagos

Es ese vasto mundo de magia y fantasía que las novelas dejaron crecer sin límites, y que el cine ha sabido respetar, lo que ha hecho que Harry Potter sea una saga tan querida por los fans y que a la hora de valorarla dentro del subgénero en el que se engloba, la sitúa como reina indiscutible frente a sus competidoras. Porque lejos de repetir los aciertos y ceñirse exclusivamente a ellos, las películas intentaron ahondar en terrenos más oscuros conforme avanzaban los títulos, mostrando la evolución del personaje de una manera arriesgada que en algunos momentos rozó la excelencia (Harry Potter y el prisionero de Azkaban) y en otros la vergüenza ajena (Harry Potter y la Orden del Fénix).

La siguiente piedra sobre la que se construyó todo este mercado no resultó tan gratificante para un servidor como la historia del niño con la cicatriz en la frente. Hablo de esa saga sobre pseudovampiros de brillante dermis que vivían más preocupados por las implicaciones morales de sus acciones que por esa sexualidad desacerbada que la tradición literaria había impuesto a este tipo de personajes. Y pese a todo, se trata de una de las sagas literarias con mas fans (o fampiros, como prefieren llamarse… mátame camión) de todas las que se conocen. Crepúsculo tuvo la osadía de reinventar a un tipo de personajes cuyas características habían servido de fuente de inspiración a la literatura gótica y romántica (en el sentido más estricto del término, sin implicaciones amorosas de por medio), y convertirlos en marionetas al servicio del folletín romántico más baboso y por momentos vergonzoso que uno recuerda en las páginas de un libro, o en la pantalla de un cine.

Una historia que proponía una especie de maduración castrista y casi virginal lejos de la experimentación necesaria para forjar el carácter, y que además echaba por tierra sus posibilidades ciñéndose a la narración casi constante de los vericuetos románticos de sus protagonistas, sin dejar lugar a la expansión del universo en el que se ubicaban Bella, Edward y compañía.  Y pese a todo lo negativo que pueda decir de esta saga, el éxito mundial les llegó en bandeja de plata, y las taquillas les convirtieron en un fenómeno de masas.

Crepúsculo Cinefagos

Son estas dos sagas las que abrieron la veda a un sinfín de producciones que a partir de ese momento dejarían sus limitaciones en el papel para buscar en la gran pantalla una continuación del éxito ya logrado; o bien para servir de empuje al impacto que las novelas podían haber tenido hasta ese momento. Algo que ha dado lugar a un conjunto de estrategias de marketing compartidas por todo este tipo de producciones y que demuestra la necesidad de Hollywood de crear muchas veces productos, en lugar de obras de arte. Siguiendo el ejemplo de las obras ya mencionadas, las más recientes apuestas de los grandes estudios han continuado con esa ley no escrita de exprimir al máximo el producto y dejarlo agotado en muchas ocasiones, desde su concepción.

A lo que se añade la que para mí es una de las características más sonrojantes de este tipo de títulos young adult: la división de los desenlaces en dos partes, con la intención de prolongar el éxito cuando muchas veces el relato no da para más. Porque no nos engañemos: no estamos ante obras de complejo calado emocional capaces de ofrecer una inmersión exhaustiva en el mundo interno de sus personajes de manera que la prolongación de la narración se justifique en base a un buen entendimiento de la trama. Aquí cuando algo se alarga más de la cuenta, suele ser por la necesidad de montar un espectáculo más grande, más impersonal y más ruidoso, dejando de lado la esencia del relato. Un relato que, por otra parte, prescinde en la mayoría de los casos de explotar las ideas concebidas en torno a los mundos creados, y que prefiere centrarse en la evolución romántica de sus protagonistas (porque una buena young adult tiene que tener amor, amor sin límites, amor de clichés… bendito amor) dejando de lado la inmersión en un universo que termina siendo telón de fondo para las babas y el ñoñerismo.

Así conocimos todos a la que es la madre de la nueva hornada de este subgénero, fiel heredera de los títulos ya mencionados y que ha levantado pasiones entre sus seguidores. Hablo de Los juegos del hambre, trilogía literaria firmada por Suzanne Collins que ha encontrado en el rostro de la popular Jennifer Lawrence el reflejo perfecto para su protagonista delante de las cámaras. Una saga que en noviembre llegará a su fin (con polémica incluida por el cambio de fecha de estreno en nuestro país, por culpa de un andaluz y una vasca con ganas de volver a liarla en la taquilla), y que ha ido de más a menos en su periplo cinematográfico. Vertebrada en torno a la figura de su protagonista, Los juegos del hambre ha sido para mí un cúmulo de aciertos y desaciertos constantes que en su última entrega hizo aguas dejándose llevar más por lo segundo que por lo primero.

Los juegos del hambre Cinefagos

Con una elección de casting envidiable en el que los competentes rostros jóvenes comandados por la sobresaliente Lawrence aguantaban el tipo frente a pesos pesados de la talla de Woody Harrelson, Donald Sutherland o el tristemente desaparecido Philip S. Hoffman., la tetralogía ha conseguido encandilarme con los vericuetos de esa sociedad distópica tan deudora de Orwell y Bradbury, al mismo tiempo que me ha sumido en la narcolepsia con los entresijos vacuos del corazón de la señorita Everdeen y sus desventurados pretendientes. Esa tozudez por ofrecernos una visión de la madurez alcanzada a través del amor, en lugar de a través de la lucha contra el medio, es uno de los males endémicos de este tipo de propuestas, y en el caso de Los juegos del hambre, ha hecho que el buen hacer de la primera entrega, o la considerable mejor que supuso la primera mitad de Los juegos del hambre: En llamas, desapareciera con la llegada de la primera parte de la tercera parte (cómo me cansa esto de las partes quintas de segundas mitades del cierre del primer tercio de la segunda saga).

A falta de conocer como acaba todo este folletín, lo que nadie puede rebatir es que el éxito de esta franquicia, unido al de las dos mencionadas anteriormente, ha servido de impulso a otras películas que han tomado estética y formas de la historia de Katniss Everdeen para llegar a las salas de cine de todo el mundo. El ejemplo más doloroso y lacerante es la saga Divergente, que ha nacido como un clon de la anterior pero con ligeras variaciones, y si no, chequead conmigo: realidad distópica, hecho; protagonista femenina que se enfrenta al cambio, hecho; vericueto romántico con el guaperas de turno, hecho; personajes adultos que toman el rostro de grandes actores, hecho; empeño por renegar del guión en pos del espectáculo, hecho. Así es como funciona el mercado, si algo vende, no innoves, copia. Y aunque el éxito de Divergente no llega a ser comparable al de Los juegos del hambre, la legión de fieles seguidores que la mantienen viva en pantalla hace temblar a aquellos que creemos que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Vampire Academy Cinefagos

Pero no todas estas jugadas le han salido bien a Hollywood. Por el camino han quedado cadáveres destrozados por la codicia que demuestran en ocasiones los grandes estudios con ofertas tan desastrosas y vergonzantes que no han sobrevivido al primer round del combate. Muchos no recordaran títulos como el de Hermosas Criaturas, en el que rostros como los de Jeremy Irons o Viola Davis se ofrecían a un esperpéntico ejercicio de absurda narrativa cinematográfica en un claro ejemplo de que no siempre se puede exprimir la gallina de los huevos de oro. Caso similar el de Cazadores de Sombras: Ciudad de hueso, que fue concebida como el arranque de una saga de la que ya nadie quiere saber nada y ahora se plantea su transformación en ficción televisiva. Y que nade culpe a Lily Collins del descalabro de estas dos propuestas, porque ella sólo quería ser la nueva Jennifer Lawrence, pero le faltó talento y carácter.

Pero para mí, el más sonrojante de todos estos títulos, el ejercicio que debería clasificarse de clase sub Z, es Vampire Academy: un indigesto cóctel de todos los defectos que dañaron a Harry Potter, mezclados con los entresijos de Crepúsculo y adornado todo con estupidez suficiente como para convertir a Austin Powers en adalid de la sabiduría y el decoro. Y por si fuera poco, denigrando el buen nombre de un Gabriel Byrne al que debieron de inflar a reinoles para convencerle.

Y este fin de semana llega a nuestras carteleras una propuesta que se enmarca dentro de este subgénero young adult, pero por el cual siento una extraña predilección. Una especie de patito feo que llegó sin hacer ruido y que ha conseguido convencer a muchos espectadores de su potencial. En parte más modesta, y con las ideas más claras que sus compañeras de género, El corredor del laberinto desembarcó en nuestras carteleras con la intención clara de ser un vehículo para el entretenimiento más que un manual de autoayuda para el adolescente.

El corredor del laberinto Cinefagos

Deudora de la estética y el estilo de esa genialidad que es El señor de las moscas, un auténtico manual de cómo escribir una verdadera historia para adolescente, las novelas de James Dashner y su versión en la gran pantalla a cargo de Wes Ball, han optado por un enfoque más centrado en la ciencia-ficción clásica y la acción, convirtiendo a la primera entrega de la saga en un caramelo de los que se disfrutan sin más pretensión que la diversión pura y dura. Si a esa valentía por sacar un pie del tiesto, añadimos las noticias que hablan de una trilogía pura y dura, sin operaciones quirúrgicas para alargar lo que ya de por sí resulta largo, uno se puede explicar mi ilusión por que la segunda parte llegue este viernes a nuestras pantallas.

No sabemos qué estará por venir, pues en 2016 las sagas que han conseguido triunfar llegarán a su fin y tendremos que esperar nuevas propuestas. Esperemos que las cabezas pensantes de la industria hagan correctamente su trabajo, reestructuren sus estrategias de marketing y podamos disfrutar de nuevas aventuras cinematográficas que, puestas a adaptar novelas de un género que de por sí tiene defectos, lo hagan con la capacidad para saber reírse de si mismas, no tomarse en serio, y hacernos disfrutar. Todo lo demás está ya muy visto.

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