Doctor Strange, es lo que hay

Benedict Cumberbatch encarna al Hechicero Supremo en este festín visual que ni empacha ni deja poso, pero sí consigue mantener el interés por una franquicia que ya conocemos demasiado como para querer que cambie... ¿no?

La magia llega a Marvel, acompañada de una reafirmación de su política empresarial

7 Benedict Cumberbatch
7 Humor
8 Paisaje urbano haciendo cosas locas
4 Riesgo
7 Disfrute global
6.6

A un servidor no le suele costar demasiado porfiar con que Capitán América: Civil War es, hasta la fecha, la mejor película salida del seno del Universo Cinematográfico de Marvel. Y, aún menos, apostillar que igual la mejor mejor no es –este honor quedaría reservado para la primera de Los Vengadores o, aquí hemos venido a jugar, para una dupla ajustadísima y kamikaze integrada por Iron Man 3 y Ant-Man–, pero que sí es su película definitiva y definitoria. La más emblemática. La que lo cuenta todo sobre la vertiente fílmica de la Casa de las Ideas. Y la que proyecta una sombra de la que la recién estrenada Doctor Strange no logra –ni por supuesto, pretende– despegarse.

La inmensa mayoría de los detractores de la película de Anthony y Joe Russo coincide en que lo peor de Capitán América: Civil War es que de guerra no tiene nada y de civil pues menos aún; que el título acaba por justificarse con una suerte de “quedemos en el aeropuerto a pegarnos”. Razón no les falta. La batalla del susodicho aeropuerto puede ser quizá una de las secuencias más divertidas y espectaculares que nos ha entregado la breve pero fatigosa historia del cine de superhéroes, y sin embargo de dramática, o mínimamente emotiva, no tiene absolutamente nada.

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Doctor Strange es, en esencia, una peli de muchos colorines

Cómo serlo, si cada tres segundos la maquinaria marvelita se preocupa por lanzar un chiste desmitificador, un guiño cómplice que lo trastoque todo, una muestra de la cómoda autoconsciencia que siempre ha tenido por bandera. En Marvel, esto es así, se respira un auténtico terror de cara a la hora de ponerse serios. Civil War, cosas del argumento, se veía obligada a acabar con una violentísima escena que pusiera –aparentemente– su universo patas arriba. Doctor Strange, pese a la tan cacareada intrusión de la magia en los dominios de Stan Lee, no tiene esa obligación. Y eso lo explica todo.

Hay en la película protagonizada por Benedict Cumberbatch un desdén tan absoluto por contar algo mínimamente relevante que, al final, no puedes sino aplaudir, seguidamente a reírte a carcajadas y ser perfectamente consciente de lo bien que te lo estás pasando. Dado que Doctor Strange no tiene los referentes ni la vocación nostálgica de Guardianes de la Galaxia –otro formidable monumento a lo chorra–, sino que sólo es, en esencia, una peli con muchos colorines, la sensación es mucho más acusada, y el divertimiento condescendiente, culpable, más llamativo. Llega un momento en que todo se le ha ido tanto de las manos a Scott Derrickson –tanto en lo narrativo como en lo visual, y con efectos digitales tan elaborados como finalmente pornográficos– que hasta olvidas galantemente la pesadísima media hora inicial dedicada a contarte los dichosos orígenes –intercambiables con los de Bruce Wayne o Tony Stark– del señor Stephen Strange, y te sumes en un lisérgico disfrute que es como un Origen sin cerebro o un Paprika sin imaginación. Una completa, desbordante, maravillosa estupidez.

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La película es como un Origen sin cerebro o un Paprika sin imaginación

¿Merece esto su descrédito, o nuestra rauda y oportunista afiliación al volcán de importantísimos descalabros de DC? Pues según se mire, como todo. Es verdad que ese afán por reducir cualquier aspecto de la trama a la anécdota, a la muerte por inanición de la trascendencia, acaba a veces por volverse en su contra –sólo hay que fijarse en los destructivos gags protagonizados por la capa/alfombra voladora de Aladdin, o en el sinsentido vital de todos los villanos que asoman la jeta para que se la partan de manera vergonzosa–, pero no menos cierto es que este atrevimiento a reírse de sí mismos, sin dejar de ser facilón y forzosamente anecdótico, tampoco deja –casi nunca– de resultar fresco y estimulante. En Thor 2 confluía en esa gloriosa escena de Chris Hemsworth en el metro. Ant-Man, por su parte, se nutría por completo de este ingrediente. Ahora, Doctor Strange, tras poner edificios a hacer flexiones y a actores consagrados a decir idioteces –puede que Tilda Swinton nunca se lo haya pasado tan bien como en esta película– decide reservarlo todo para su clímax. Y la jugada sale bien. No por nada, sino porque en ningún momento fue tan arriesgada como parecía.

Así que sí, pocas horas después de verla apenas recuerdo nada reseñable de esta película. Lo que no quiere decir que, para el próximo estreno de Marvel, no vaya estar el primero en la cola.

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