Don Jon, moldeados por la ficción

Irregular reflexión sobre relaciones de pareja y nuestras expectativas, con una conclusión demasiado convencional

8 Interpretaciones
7 Gordon-Levitt como realizador
5 Humor
5 Mensaje moralista
6.3

Es curioso cómo el cine a veces consigue transportarnos a paisajes verdaderamente alienígenas sin necesidad de abandonar nuestro planeta, y sin adentrarse en los fueros de la ciencia ficción. Para un servidor este ha sido el caso con Don Jon, primer trabajo como director del intérprete Joseph Gordon Levitt (Origen), que sumerge de cabeza al espectador en el mundo del macho alfa cani en New Jersey y sus limitadas capacidades para comprender y ampliar su entorno. El planeta para ellos gira en torno a sus series de repeticiones en el gym, sus salidas del sábado por la noche para tener sexo con mujeres que clasifican usando el ratio culo-tetas-cara bonita y la obligada jornada de domingo con la familia para ir a la iglesia y ver los deportes que echen por la tele.

En el centro de este maremágnum de testosterona y simpleza, encontramos a Jon, interpretado con una convincente mezcla de ternura e inconsciencia por el propio director. Se trata de un musculitos obsesionado con el aspecto exterior (suyo y de sus posesiones) que consigue llevarse a la cama casi a quien quiera, quien además esconde una compulsión casi enfermiza de masturbarse varias veces al día. El onanismo, ilustrado siempre con porno, le produce un placer y un relax que es incapaz de encontrar en el sexo real, al no poder poner en práctica en esas ocasiones lo que el porno le ha enseñado que ha de suceder en una relación sexual. La pornografía le proporciona un espacio totalmente egoísta, en el que no tiene que hacer nada por nadie y siempre encuentra su recompensa.

Los protagonistas de Don Jon viven engañados por las ficciones que eligen creer, que moldean lo que esperan del mundo real

Esta dicotomía entre las expectativas generadas por la ficción (pornográfica o no) y el brusco encontronazo con la realidad es uno de los temas centrales de una cinta que, aunque intenta constantemente encontrar un mensaje profundo y rompedor, termina ahogándose en un mar de moralina. Se agradece que no caiga en un mensaje sensacionalista anti-porno, y de hecho dedica grandes esfuerzos a señalar que la pornografía no es más que una excusa usada por el personaje para evitar una mayor introspección o esfuerzo para comprender el mundo que le rodea. El material pornográfico es, para John, lo que las películas románticas para su novia/trofeo Barbara (una fantásticamente odiosa Scarlett Johansson), o la iglesia y los domingos de deportes televisados para los padres del protagonista: una forma de escape, una rutina, una forma aprendida de comprender el mundo. La cinta no se pierde en diatribas sobre la moral de los vídeos pornográficos, o sobre la gente que los disfruta (quizás porque en ese momento hubiera perdido al 100% de su público masculino), y si bien da voz a esa parte de la discusión a través de Barbara, este personaje no sale bien parado en la balanza ética final del filme.

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La rutina, y la necesidad de romperla para aprender algo nuevo, son un tema importante para el Gordon-Levitt realizador, quien demuestra muy buena mano manejando el ritmo de ciertos segmentos de la cinta, a través de montajes que utilizan encuadres y movimientos de cámara calcados para abundar en la idea de que el personaje se encuentra atrapado, por mucho que intente introducir ligeras variaciones en su comportamiento. También demuestra una cierta sorna, la cual por cierto puede pasar desapercibida como simple ñoñez de realizador primerizo, al echar mano de ciertos tópicos formales propios de filmes “románticos” para ilustrar el primer enamoramiento del protagonista. Del mismo modo que el material pornográfico ha distorsionado sus expectativas de lo que es echar un polvo, su idealización de una relación perfecta pasa por subir la música de fondo, echarse en brazos de la persona amada y dejar que la cámara gire sin control alrededor de la pareja.

Como realizador, Gordon-Levitt controla con soltura algunos recursos, pero no está nada seguro en las distancias más cortas

Es una pena que en otros momentos la falta de experiencia del realizador se deje notar tan acusadamente. No tengo muy clara cuál era la intención de Gordon-Levitt al realizar esta cinta, y lo que es peor, me parece a mí que él mismo dudó varias veces a lo largo del rodaje. Eso explicaría por qué el tono de la misma es tan confuso, y en ocasiones incluso produce la horrible sensación de ser una comedia fracasada. Tiene ciertos momentos cómicos, de los que dibujan una sonrisilla cómplice (quizás por que ilustran situaciones reconocibles), pero otros se antojan como sketches alargados que tenían mucha gracia potencial en el papel, pero resultan un poco grimosos al verlos pasar delante de tus ojos. En esta categoría caen las excéntricas escenas familiares de Jon, o las absurdas reflexiones intercambiadas con sus colegas, todos ellos poseedores de la profundidad emocional e intelectual de un ladrillo. Por otro lado, a pesar de los esfuerzos de los intérpretes (y cómo no mencionar aquí a Julianne Moore, siempre al rescate de cualquier película en problemas), los momentos más dramáticos del filme funcionan sólo a medias, dado que la imaginación de Gordon-Levitt es limitada en las distancias cortas. Sin montaje y el uso ilustrativo (quizás incluso excesivo) de su voz en off, se las ve canutas para sacar adelante las escenas más íntimas, pasando del control puntilloso demostrado en secuencias anteriores a una cámara en mano que parece no saber muy bien dónde centrarse.

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Para tratarse de una película que pretende arrojar una mirada liberal y desmitificadora a las relaciones de pareja tradicionales, la conclusión final de Don Jon deja un amargo sabor a moral rancia y convencional. La cinta parece querer decirnos que, en efecto, las relaciones de pareja comprendidas a través de tópicos, roles predefinidos y luchas por el control mutuo no traen la felicidad, sino todo lo contrario. Sin embargo, es incapaz de dejar al personaje (y de paso al público) sacar sus propias conclusiones sobre los pros y contras de la independencia del soltero o el compromiso de una relación (quizás un tema demasiado complejo y hasta oscuro), y decide que la única manera de hacernos felices a todos es darnos un final romántico bien mascadito. Es una pena, porque a mi modo de ver traiciona la quintaesencia del personaje (tan orgulloso de su carencia de ataduras al comienzo del filme) y éste hubiera agradecido más una conclusión abierta. En todo caso, Gordon-Levitt empieza a despuntar como una estrella a la que no deberíamos perder de vista, esté detrás de una cámara o delante de ella. Y terminada la reseña, ya podéis volver a abrir el porno.

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