Doña Clara (Aquarius), de Kebler Mendonça. El último bastión de la cinefilia

Como resistencia a un presente marcado por el simulacro, Doña Clara nos permite pensar en la vigencia de un cine entendido como huella de lo real en la era del digital. ¿Es posible un cine semejante hoy en día o se requieren formas nuevas?

“Queríamos rodar en celuloide, pero se convirtió en un imposible, en algo excéntrico -comenta el crítico Kebler Mendonça Filho, director de Doña Clara (Aquarius)-. Lo que pedí fue que minimizásemos esa apariencia del digital que me resulta tan desagradable… Conseguimos un estilo de apariencia un poco antiguo, setentero” (ver entrevista en Caiman, Marzo 2017).

El capitalismo urbanístico se impone en Brasil ocultando el pasado del país -la dictadura- y el presente -la desigualdad. La tecnología y cirugía suplanta protésicamente el cuerpo -y la imagen del cuerpo- como huella del paso del tiempo y la enfermedad. Los reproductores mp3 eliminan el recuerdo y la historia asociada a los objetos analógicos. Y así. Frente a una mirada materialista en el buen sentido, que lee el paso del tiempo en los cuerpos y encuentra la belleza en ese registro de una vida, se está imponiendo otra, idealista, que impone una imagen ideal producida por el mercado como modelo único a materializar merced a la tecnología. El núcleo de la cuestión: la ontología del cine como huella y memoria de la realidad, bajo cuestión ahora por el digital.

Obra de un crítico de cine, Doña Clara  articula una resistencia y denuncia explícita a nuestra era del simulacro. El cine como huella de lo real -parece decir- permite captar la vida, que emerja en pantalla algo espontáneo e inalcanzable para el pintor -o animador digital- encerrado en su imaginación. Pero en el momento en que este cine cierra sus puertas y levanta sus puentes para resistir el asedio, se ahoga con un dispositivo cinematográfico que encorseta la realidad en un subtexto evidente. Fíjense en la insistencia con que se señala a la cómoda o en el impostado juego de sombras en la escena del coche. Sin necesidad dramática o improvisada, el relato de Doña Clara no responde a otra exigencia que ir tocando los ítems de rigor para su discurso. No hay aquí espontaneidad ninguna, y todo resulta tan autoconsciente, calculado y evidente desde un principio que no hay Sonia Braga capaz de darle vida.

Doña Clara se ahoga con un dispositivo cinematográfico que encorseta la realidad en un subtexto evidente

Kebler Mendonça es un nostálgico de la modernidad y, como buen crítico, conoce y evita algunas trampas. Presenta a Doña Clara con admiración pero sin idealizar, muestra su desinterés por la política, el paternalismo hacia su criada y la relación entre sus valores -y de quienes defendieron cierta concepción del cine- con cierta vida acomodada, progresista y burguesa. Pero es inevitable que en su empeño por defender el cine que admira en un tiempo distinto lo traicione. Que acabara rodando en digital e impostando -un simulacro- el realismo de la imagen y la textura de los setenta, resulta significativo.

Se trata, en definitiva, de una película más pensada para el crítico que para el público. Y eso es imperdonable. El último bastión de una cinefilia asediada. Un acto de resistencia que, por necesidad, se traiciona a sí mismo, deviene simulacro y, las puertas cerradas al presente si no para negarlo, cae en la nostalgia de otro tiempo.

Autoconciencia, simulacro y nostalgia son, por cierto, tres de los pilares de nuestro presente posmoderno. Si el objetivo es superarlo, más que reprimirlos incidiendo en las formas del pasado, necesitaríamos otras nuevas con las que documentar el mundo. Porque lo reprimido siempre retorna y, sin dialéctica, la resistencia cerril siempre se traiciona.

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