Dos buenos tipos, de Shane Black

La última película de Shane Black, a medio camino entre el cine negro, la comedia y la buddy movie, pasa el escrutinio del #NoOscarFest2

Cuenta la leyenda que, cuando Howard Hawks finalizó el rodaje de El sueño eterno, la adaptación de la novela de Rymond Chandler guionizada por William Faulkner y protagonizada por Humphrey Bogart, ninguno de los cuatro tenía claro quién era el asesino en aquella historia.

“…Recuerdo que hace varios años, cuando Howard Hawks estaba rodando El sueño eterno, él y Bogart tuvieron una discusión acerca de si uno de los personajes había muerto asesinado o se había suicidado. Me enviaron un telegrama preguntándomelo, y que me cuelguen si lo sabía…”

Raymond Chandler

El sueño eterno un éxito comercial y crítico y el paso del tiempo ha terminado por colocarla en el olimpo del cine negro y de las adaptaciones cinematográficas. Por lo mordaz de sus diálogos, por lo ingenioso de sus réplicas, por lo logrado de su ambientación, por lo vertiginoso de su ritmo y por la química de destilaba su pareja protagonista (Bogart y Lauren Bacall se casarían seis meses después de la finalización del rodaje). Pues bien, a pesar de que ya han pasado cerca de dos años desde el final del rodaje de Dos buenos tipos y Ryan Gosling y Russell Crowe (todavía) no se han casado, esta cinta contiene todos los ingredientes que convierten a una película de género en una gran película de género.

Contiene todos los ingredientes que convierten a una película de género en una gran película de género

Ya en su inolvidable prólogo (probablemente la más brillante secuencia inicial del cine del pasado año), Dos buenos tipos deja claro que cuando la ficción idealizada entra en la realidad, el resultado acostumbra a ser estrepitoso y alguien suele resultar herido. Y lo que hace la película a continuación es coger todos los ingredientes básicos del cine negro más canónico (el detective, el matón, la desaparecida, los cadáveres que aparecen y se esfuman como por arte de magia…) y desplazarlo a los años 70 pasándolos por el túrmix de Shane Black (la buddy movie, los niños o la navidad). Y el resultado final está tan cohesionado, los distintos tonos que maneja la película (comedia, policiaco, acción, neonoir, retrato de una época y una ciudad) funcionan tan bien, como suele ser costumbre en el cine de su director.

Dos buenos tipos, además, nos permite disfrutar de un gran Ryan Gosling y recuperar al mejor Russell Crowe. La pareja formada por el barbudo bruto y voluminoso y el espigado, rubio y atractivo nos remite inevitablemente a los mejores momentos del cine de Bud Spencer y Terence Hill hasta el punto de que resulta evidente que el suyo fue un modelo que fue tenido en cuenta a la hora de construir su relación. Nadie en su sano juicio puede volver a repetir aquello de que Gosling es un actor que se limita a interpretar una y otra vez el mismo papel tras verle, tan divertido, tan físico y tan sobreactuado, en Dos buenos tipos y comparar su trabajo con el realizado en Drive, La La Land o Half Nelson, por poner tres ejemplos. Y Crowe jamás ha mostrado semejante química con ninguno de sus compañeros de trabajo, al menos en posición vertical (sí, Meg Ryan, te están pitando los oídos, y en esta ocasión no es por Dennis Quaid, es por nosotros).

Nos remite inevitablemente a los mejores momentos del cine de Bud Spencer y Terence Hill

Y son sus interpretaciones, sus personajes, junto con el de esa gratísima sorpresa que es Angourie Rice, los pilares sobre los que se sustenta toda la película. Si la principal diferencia entre el cine europeo y el americano es que el europeo habla de personajes a los que les pasan cosas y el americano de cosas que les pasan a personajes, cabe concluir que no hay autor americano más europeo que Shane Black. Alguien que, primero como guionista y luego como director, ha edificado toda su filmografía en torno a sus personajes. Por eso en el fondo da igual qué diablos le ha pasado a la chica, quién lo haya hecho y cuáles fueran sus objetivos. Lo importante es el quién, el cuándo, el dónde. Al igual que Hawks, que Faulkner, que Chandler, a Black parece importarle poco el qué, y mucho menos el porqué.

En una época en la que el cine comercial es sinónimo de sagas interminables, de universos expandidos, de secuelas, precuelas, reboots, spin offs, adaptaciones y refritos; en un tiempo en que el cine comercial está dirigido a un target de espectadores que ronda los quince años, en el que no existe la sangre y en el que el flashback explicativo campa a sus anchas, Dos buenos tipos es más que una película, es un milagro. Una cinta de estudio, de mediano presupuesto, que cuenta una historia original, que no escatima en violencia, protagonizada por dos estrellas y dirigida a un público adulto, es un suicidio comercial superior al de cualquier producción independiente.

Al igual que Hawks, que Faulkner, que Chandler, a Black parece importarle poco el qué, y mucho menos el porqué

Y es, además, una película en la que el personaje de Ryan Gosling entra a una fiesta celebrada por profesionales de la industria del porno al ritmo de Boogie Wonderland. Una película en la que una banda increíblemente parecida a Earth Wind & Fire toca September. Una película en la que suena Get down on it. Y así, al igual si los hermanos Coen demostraron en El gran Lebowski que Chandler podía conjuntar a la perfección con los Gipsy Kings, Black nos confirma que el autor americano también marida bien con Kool & the Gang.

Es lo que tienen los clásicos, que crecen con los años. Que soportan bien todo tipo de emparejamientos y revisiones. Y Dos buenos tipos está destinada a ser un clásico. Háganse un favor y descúbranlo ahora. No dejen que sea otro el que se lo cuente dentro de diez años.

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