Eddie el Águila, bochorno total

Taron Egerton y Hugh Jackman protagonizan un filme de deportes que, pretendiendo jugar con los clichés del género, acaba abrazando los niveles más extremos de ridiculez.

La película de superación personal que no le gustará ni a tu cuñado

2 Diversión
3 Planteamiento y guión
7 Taron Egerton poniendo cara de esfuerzo
4 Hugh Jackman y el resto del reparto
3 Probabilidad de emocionarse
3.8

De primeras, no debería resultar muy difícil hacer una buena película deportiva. O, al menos, una medianamente satisfactoria, que sacudiera a la audiencia, que de algún modo hiciera que cualquier espectador se sintiera identificado con lo que vea en pantalla. Dejando de lado los inevitables tópicos y lugares comunes que se extraerían de un (sub)género tan limitado, así como la estructura necesariamente restrictiva común a la totalidad de sus historias, una película como Eddie el Águila nunca podría, nunca debería, salir derrotada. Y, sin embargo, el filme dirigido por Dexter Fletcher lo hace. Y de manera estrepitosa.

Hace cuarenta años, Rocky demostró que nada podían hacer artefactos infinitamente más complejos y oscuros como Network, Todos los hombres del presidente o Taxi Driver contra el genuino impacto de una arquetípica historia de superación personal, arrebatándole sin dificultad a todos ellos el Oscar a Mejor Película; frente a los retorcidos guiones de Paddy Chayefski, William Goldman y Paul Schrader, el humilde libreto de Sylvester Stallone sacaba pecho con total dignidad y obtenía el favor del público masivo, así como también el de los académicos. Nadie era capaz de resistirse a la heroica lucha de un personaje tan tontín y amoroso como suponía esa fuerza de la naturaleza llamada Rocky Balboa. Nadie, ni el más cínico, dejaba de ser presa fácil para la película deportiva por antonomasia ante cuyo rasero, a partir de ahora, habrían de medirse todas las películas deportivas.

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Los responsables de Eddie el Águila han querido jugar a ser posmodernos, y les ha salido un engendro que provoca vergüenza ajena

Obviamente, Rocky es la principal influencia de un filme tan militantemente idiota como Eddie el Águila. Qué otro remedio quedaba. La historia real del saltador de esquí Eddie Edwards, a la que por lo que parece esta película es sólo fiel en un 15 % –el propio Edwards así lo ha declarado–, se prestaba a ello. Un tipo simplón, ingenuo hasta decir basta, que no es un dechado de talento pero sí de obstinación e iniciativa, y a quien Taron Egerton interpreta, no sin cierta habilidad, como si de una mezcla de Steve Urkel y Forrest Gump se tratara. Ése es el Eddie Edwards cinematográfico, y lo tenía todo para proveernos de una película inicialmente agradable de ver, finalmente olvidable, de las de toda la vida. Al menos, hasta que sus responsables decidieron jugar a la autoparodia, a ser posmodernos y espabiladillos, y les acabó saliendo un engendro que provoca vergüenza ajena de la chunga, de la que incomoda y asfixia, y de la que hace desear a un espectador no necesariamente cínico pero sí con un mínimo sentido común que, por favor, se acabe este suplicio. Cuanto antes.

Todo está equivocado en Eddie el Águila. Desde la iterativa banda sonora de Matthew Margeson –que es como si Vangelis acudiera de invitado especial a El conciertazo y no, eso no mola absolutamente nada–, hasta el extrañísimo guión que cimenta unos diálogos indescriptibles, pasando por un pobre Hugh Jackman como mentor que, sencillamente, no sabe en qué tipo de película está –puede, a este respecto, que la escena en la que esquía con CGI y Thin Lizzy de fondo sea la más vergonzosa de su filmografía. El pobre Eddie Edwards, sufridor declarado, pasa religiosamente por todas las fases del filme deportivo de manual, siendo éstas retorcidas y exageradas de una manera tan excéntrica que acaban configurándose como un monumento al post-humor, sin la parte del humor. Y el hecho de que Christopher Walken o Jim Broadbent tengan unos pseudo-cameos terribles, de que las frases épicas sean vomitadas más que recitadas, o de que el típico papel de madre-que-siempre-te-apoyará-pase-lo-que-pase sea exagerado hasta superar el nivel de la psicopatía, ni siquiera acaba siendo lo peor de todo.

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Un monumento al post-humor, sin la parte del humor

Lo peor de todo, al cabo, es que Eddie el Águila ni divierte, ni emociona, ni inspira. Sólo incomoda. Eddie el Águila es un ejercicio de deconstrucción de género extremadamente mal medido, que queriendo jugar la baza de la adorabilidad y del no tomarse demasiado en serio acaba resultando la parodia de una parodia. Un filme aborrecible, en suma, que necesitaría una lección urgente, a puñetazo limpio, impartida por Sylvester Stallone. Otra cosa no, pero este hombre, de reírse de sí mismo, y de hacerlo bien, siempre ha sabido un rato.

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