Efraín, cordero con piel de cordero

Yared Zeleke debuta con una buena opera prima, pura, dulce e inocente, que mediante la historia de maduración de dos lechales, un niño y su cordero, ofrece un retablo geográfico y sociocultural de la Etiopía rural contemporánea

Aquí no encontrarás lobo alguno, soy un cordero de verdad

6 El cordero autoral (Yared Zeleke)
6 El rebaño actoral
6 La cordera fotógrafa (Josée Deshaies)
6 El cordero sociocultural
6 El cordero soñador (escenas oníricas)
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Un cordero protagoniza Efraín. O más de uno. Quizá varios, pues también es un cordero, dada su juventud, quién la dirige, Yared Zeleke, un niño que dejó el cobijo de su abuela y su Etiopía natal con 10 años para irse a vivir a Estados Unidos con un padre al que no conocía, estudió agro-economía y volvió a su país con 35 para hacer una película circunscrita en el corazón de la Etiopía contemporánea. Su ópera prima también es un cordero cultural en sí pues siendo una obra realizada en el ambiente rural, con actores no profesionales y en condiciones técnicas muy modestas, fue el primer filme de la joven industria cinematográfica etíope en competir en el Festival de Cannes.

Pero, como decíamos, un cordero protagoniza Efraín. Uno de verdad. Un pequeño, simpático y dócil animalito marrón que es el fiel compañero de un chico etíope llamado Ephraïm (bien interpretado por el debutante Rediat Amare) al que la vida le cambia totalmente cuando una de las múltiples sequías que asola su provincia, le obliga a migrar a las tierras de su abuela y sus tíos mientras su padre se marcha a trabajar en la ciudad. Ephraïm, metafóricamente hablando, también es otro cordero: un niño dulce, inocente y puro, débil todavía para segar campos, al que le gusta ayudar en las labores domésticas, al que le encanta cocinar empanadillas, al que los otros niños del pueblo le roban esas empanadillas, que ama la tranquilidad y la naturaleza y que, sobre todo, ansía la vuelta de su padre y, profundamente, la de una madre que ya no volverá por culpa de la sequía y la hambruna. Los dos lechales, cordero y niño, deberán madurar para sobrevivir.

Efraín_Lamb_Yared Zeleke_Rediat Amare_Pueblo

Efraín es una buena ópera prima dulce e inocente, que a través de la historia de maduración de un niño y su cordero, ofrece un retablo geográfico y sociocultural de la Etiopía rural contemporánea

La analogía con el animal no acaba aquí pues Efraín es una oda que sigue el tópico del beatus ille y muestra el cuerpo sociocultural y geográfico de una Etiopía natural, de tierra joven y montes de lana verdosa, bellamente fotografiada por la canadiense Josée Deshaies, que en los años venideros crecerá y será oveja, alimentada conforme dictan la industria y el desarrollo económico.

Zeleke refleja así la lucha por la supervivencia de una economía agraria primigenia dependiente de los designios climáticos; la educación tradicional de una sociedad patriarcal donde el papel de la mujer, simbolizado en tres generaciones (abuela, tía y prima), se reduce al ámbito doméstico, terreno firme arado bajo el yugo del hombre en el que empiezan a surgir brotes insurgentes (el de Ephraïm desde su pureza, fruto de su juventud y una educación libre, y el de su prima desde la rebeldía, fruto de la lectura y la educación académica); y, en resumen, el corazón de un país que se rige según los mandatos de la religión y sus ritos, la lluvia, el hambre y las balas (simbolizado en la figura de un paramilitar). Con una mirada quizá excesivamente bondadosa y simple pero aun así coherente con el punto de vista infantil de Ephraïm y buena técnica cinematográfica, Yared Zeleke muestra todo ello según una sencilla narrativa lineal que fluye en pocas, pero acertadas y orgánicas ocasiones hacia el onirismo simbólico.

Efraín_Lamb_Yared Zeleke_Rediat Amare_Sueño

Yared Zeleke muestra todo ello según una sencilla narrativa lineal, mayoritariamente visual, que fluye en pocas, pero acertadas y orgánicas ocasiones hacia el onirismo simbólico.

El cordero, dado su juventud y docilidad, es representado desde la antigüedad como un símbolo casi universal de dulzura, inocencia y pureza. Sin embargo, en el mundo del cine, su sola mención se asociada rápidamente a su silencio y al terror de la saga de Hannibal Lecter. Desde tiempos inmemoriales, se ha advertido siempre de temer al lobo que se esconde bajo la piel del cordero, pero,  en el caso que nos ocupa, el espectador no tiene nada que temer.

Efraín es una buena ópera prima pura, dulce e inocente cuyo sabor en la memoria es mejor el mismo día que la pruebas pero que empeora con el paso del tiempo, lo que podría definirse como un cordero cinematográfico, dirigida por un cordero, protagonizada por un elenco de corderos y rodada en condiciones “corderas”, y que cuenta la historia de dos corderos, uno ovino y otro humano en un país que no es oveja todavía. Efraín es, pues, un cordero con piel de cordero. Y ojalá tras él y su compañera, Difret (Zeresenay Mehari, 2014) presente en el Festival de Berlín, nos sigan llegando ejemplares del rebaño del cine etíope. Serían buenas noticias.

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