El cuento de la princesa Kaguya: asimilar el adiós

La última película de Isao Takahata es una mirada a toda su obra y su legado que lo sitúa a la altura de los grandes maestros del cine nipón

Llega con tres años de retraso, pero más vale tarde que nunca. Y menos cuando se trata de contemplar una obra maestra de las proporciones de El cuento de la princesa Kaguya. Y he dicho “contemplar” y no “ver” con toda la intención del mundo. “Ver” es percibir con los ojos algo mediante la acción de la luz (el cine no es más que eso: luz). Pero “contemplar” es una palabra dotada de un cariz singular del que carece la simpleza del verbo “ver”: se trata de poner atención en algo que puede ser material pero también espiritual. Es, en efecto, una diferencia que podría parecer baladí pero el caso es que no se puede “ver” lo espiritual: se contempla.

Tampoco voy a decir yo que El cuento de la princesa Kaguya sea una experiencia religiosa y no puro y duro cine de animación. Pero algo de ello hay. No tanto en lo que los espectadores perciben (que también), sino en lo que ha significado para su creador, Isao Takahata y para el Studio Ghibli: un tour de force de proporciones bíblicas resultado de años de penurias y dolor. No, en serio.

El fantasma de Kaguya ya estaba en el imaginario de Takahata antes de entrar en el siglo XXI. Prueba de ello es el nacimiento de uno de los personajes principales de Mis vecinos los Yamada (1999) surgido de un tallo de bambú, al igual que la leyenda nipona que nos ocupa. Tras ocho años de trabajo, el lento y arduo martirio de los animadores de la factoría dio a luz por fin una película llamada El cuento de la princesa Kaguya. Ésta, había resultado ser la película más cara de la historia del estudio que había desembolsado nada menos que 49 millones de dólares. Unas cantidades a las que nadie allí estaba acostumbrado, El viaje de Chihiro (2001), la película más exitosa de la factoría, costó “a penas” 15 millones de dólares. Sumemos a esto que su estreno en Japón, a pesar de críticas excelentes, fue un fracaso comercial que no llegó a recuperar ni la mitad de lo que había costado. Y, para postres, que su distribución internacional se ha encontrado con mil y una dificultades. Prueba de ello es lo que ha tardado Vértigo en estrenarla en nuestro país.

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Ocho años de trabajo, 49 millones de dólares, un fracaso comercial y una distribución llena de problemas convierten la existencia de Kaguya en casi un milagro

Las razones de su fracaso comercial son, hasta cierto punto, comprensibles: El cuento de la princesa Kaguya es tal vez la película más inclasificable de la compañía y, sin duda, de la carrera de Takahata. Sin nicho de mercado claro, la adaptación de uno de los textos fundacionales de la literatura japonesa parecía lanzarse al vacío en una propuesta tan ambiciosa como ya tratada por el cine, el anime, la literatura y el teatro. El Cuento del cortador de bambú, datado de finales del siglo IX, es uno de los primeros relatos de ficción de la literatura japonesa y su influencia en la cultura nipona es inconmensurable.

La obra (de autoría desconocida) narra la historia de una joven que, nacida en el tallo de un bambú, es criada y educada por dos ancianos campesinos. Ambos le proporcionaran una vida acorde con su milagroso nacimiento, seguros de que su existencia es un regalo del cielo. Pero cuando Kaguya (輝夜 que significa luz brillante) convertida en una joven de extraordinaria belleza, sea conocida en todo el reino, los más grandes nobles querrán su mano como esposa. A lo que ésta se negará pidiéndoles a cada uno de sus pretendientes un objeto imposible de conseguir.

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El Cuento del cortador de bambú, es uno de los relatos fundacionales de la literatura japonesa y su influencia en la cultura asiática es inconmensurable

Con todo, no es de extrañar que la adaptación de Isao Takahata destile devoción en cada fotograma. De nuevo vuelve a aparecer un término religioso para describir lo que El cuento de la princesa Kaguya significa: una película hecha con tanta dedicación como delicadeza. De ser sinceros, la última película de Isao Takahata recuerda a la última obra de un anciano obsesionado. Pulida, preciosista, perfecta en toda su complejidad.

En primera instancia, El cuento de la princesa Kaguya es una preciosa fábula sobre lo que nos hace humanos. Llegado el momento: su protagonista, una criatura celestial, se descubre incapaz de abandonar el mundo de los humanos. Por mucho que en él existan penas, guerras, muertes, traiciones y locuras: el mundo que nos rodea goza de una belleza intrínseca que nada tiene que ver con las acciones de los humanos, débiles y mortales. Tiene que ver con esa canción que los niños de la película cantan sin cesar: con una madre tierra que resiste a nuestros envites y que se nos muestra en todo su esplendor sin que nos demos cuenta. En una gota de rocío al amanecer, en un mar bravo golpeando sobre la costa, en un copo de nieve derritiéndose. Cuando no estamos ahí.

Posiblemente ahora mismo estéis pensando que se me ha ido la olla pero es que de eso va El cuento de la princesa Kaguya: de lo máximo y de lo mínimo. Es la eterna historia de lo humano y lo divino, de lo más grande y de lo imperceptible, todo conectado por algo invisible con muchos nombres.

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Kaguya nos habla de la madre tierra, de la eterna historia de lo humano y lo divino, lo más grande y lo imperceptible conectado por algo invisible con muchos nombres

El cuento de la princesa Kaguya es una película que evoluciona de manera pausada y contemplativa. Atendiendo al desarrollo psicológico de su protagonista, muy alejado de los estereotipos de tratamiento de la adolescencia o la entrada en la edad adulta, y a la complejidad moral que alrededor de ella toma el mundo y sus claroscuros.

El recuerdo del cine de Ozu o Mizoguchi despierta en escenas de interior con diálogos de fondo filosófico y silencios que hablan de nosotros. Su cine se refleja en esos momentos en los que Takahata decide hacer suya una voz melancólica y una mirada veladamente pesimista del relato, sin renunciar a su encanto. Expuesta ésta, además, con una sutileza propia de los grandes maestros y apoyada en una austeridad formal, de trazo simple, que esconde las más poderosas ilustraciones del cine contemporáneo. Su composición y puesta en escena condensan y hacen fluir de manera luminosa la sencillez de su relato.

No menos definitorio de su capacidad de síntesis de una manera de entender el arte cinematográfico son sus tramos fantásticos: aquellos difíciles de transitar pero llenos de belleza. El cine de Kurosawa se alza como referente ineludible con la llegada de sus escenas oníricas y su tramo final; casi un homenaje a Los sueños (1990) del maestro. Ilustraciones que alzan el vuelo con un poder expresivo y una insobornable postura humanista en pos de la grandeza. Es en esos momentos en los que uno puede adivinar las razones del haber tardado tantísimo en terminar el film. Y dada la obra maestra resultante, es difícil no quedarse sin palabras.

Isao Takahata se confirma, por si había aún alguna duda, como uno de los más grandes directores del cine asiático contemporáneo dada su genuina impronta oriental de sus trabajos, trasladada a las vocaciones históricas o legendarias que todo gran maestro del país del sol naciente termina por adaptar y querer contar.

Lo más difícil de aceptar de El cuento de la princesa Kaguya, es que no es más que un adiós. Un precioso adiós a la historia del cine de dos horas y media que Isao Takahata dedica a su país, a su historia, a sus mitos y, mal que le pese, a su carrera.

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Es muy significativo el tono de despedida de las últimas películas de los padres del Studio Ghibli: ambas son conscientes de que son el legado de una carrera

Como bien cuenta el documental The Kingdom of Dreams and Madness (2013) es muy significativo el tono de las dos últimas películas de los padres del estudio. Tanto la última película de Miyazaki (la polémica El viento se levanta) como la que nos ocupa pecan de saber demasiado a despedida. De ser demasiado conscientes de que son el legado de una carrera. Y también su síntesis. La película de Mami Sunada, recoge el testimonio de una de las mayores crisis internas del estudio, que enfrentaba a los trabajadores con el director dado que muchos estaban seguros de que el lento proceso de creación de Kaguya, parecía una excusa de Takahata para postergar el momento del punto y final de su carrera.

Al igual que el cuento en el que se basa, el verdadero poder evocador de El cuento de la princesa Kaguya y con el sus significantes, se encuentra en su doloroso final. La tristeza con la que Kaguya abandona el mundo de los mortales, y, posteriormente, olvida que una vez vivió con ellos: que los amó, que cantó y que bailó y que se enamoró en esta tierra llena de imperfecciones, es sin duda el más triste de los desenlaces posibles.

También parece ser un grito silencioso de un creador. A sus 78 años, uno se imagina a Isao Takahata levantando la voz por su obra y su merecida posteridad. El cuento de la princesa Kaguya es su legado como creador y en ella se encuentra, vigoroso y triste, todo lo que ha convertido a Studio Ghibli en lo que es. No olvidemos. Pero despidamos a los maestros con una sonrisa. Ellos lo hubiesen querido así.

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