El Hobbit: un viaje inesperado, queremos seguir volviendo

Peter Jackson y su equipo vuelven a la Tierra Media para contar la historia de Bilbo Bolsón y su aventura con la compañía de Thorin Oakenshield.

Cuando una película como El señor de los anillos es capaz de crear un imaginario de semejante calibre es lógico que los fans incondicionales queramos emigrar de nuevo a aquel lugar todas las veces que podamos. A la Tierra Media le pertenecen por decreto una música, unos colores, unos paisajes y unos personajes porque desde que comenzara su forja -nunca mejor dicho- hace ya más de diez años ha conseguido erigirse como uno de los monumentos más importantes a la aventura fantástica dentro del séptimo arte. La adaptación de Peter Jackson fue laureada por todo el globo y hasta el momento los seguidores sólo se han visto recompensados si acaso por las versiones extendidas -impagables en algún caso concreto– y por la serie de HBO Juego de Tronos, que hasta ahora ha mantenido en su regazo a toda la generación que dejó huérfana la trilogía original que empezara en 2001 con La comunidad del anillo.

Y aquí estamos de nuevo. Esta vez Peter Jackson trata de extender su legado con El Hobbit, la adaptación de la homónima novela de J.R.R. Tolkien en la que el tío de Frodo, Bilbo Bolsón, nos cuenta la historia de su juventud en la que compartió “un viaje inesperado” con una compañía de enanos liderada por Thorin Escudo de Roble y Gandalf el Gris. Si algo cabe mencionar del trabajo de guion es que como la mayoría ya sabréis finalmente El Hobbit constará de tres entregas, una por año, y que esta primera aproximación dura unos no precisamente indispensables 166 minutos. No son imprescindibles porque más que por necesidad algunas partes del metraje parecen haber sido incluidas para satisfacer a los lectores más intransigentes en vez de para aportar algo de contenido al argumento. Es ahí donde El Hobbit más flaquea, en su excesiva prolongación sin que en el fondo nada suceda realmente.

El prólogo como tal es absolutamente maravilloso. Cuesta acostumbrarse al 3D, sobre todo con los volantazos con los que sacude Jackson a la cámara nada más empezar -ni me imagino los que la vayan a ver a 48fps-, pero hay mucha fuerza en estas secuencias. Recuerdo con especial cariño algunos de los flashbacks de la trilogía, funcionaban perfectamente como narradores de pequeñas historias, de breves e intensos relatos de otra época, y aquí algunos tienen la suerte de alcanzar esos mismos logros, otros simplemente pecan de entrometidos. Es más una cuestión de montaje  que de fotografía, dirección o voz-en-off, que en cambio sí comprometen esfuerzos y logran transportar cronológicamente al espectador.

Tras este lacónico cuento introductorio la Comarca toma el protagonismo y así la paciencia, el letargo y la desgana que caracterizan a los hobbits. El encanto de los escenarios sigue presente, incluso se llega a respirar la magia de otras visitas, pero aquí el libreto sufre de dilatación y tan sólo aplaudimos con tal de que la marcha aligere. Sucede de hecho en algunas más contadas ocasiones, pero sólo cuando Jackson aparca el vagón de la auténtica montaña rusa en la que se convierte su película. Los primeros intentos por despegar y dar paso a la acción más desenfrenada afligen el ser tratados más como capítulos que como un recorrido continuado, pero nada que no rescaten las impresionantes persecuciones, la majestuosidad de los elfos o la soberbia composición musical de un Howard Shore al que nunca dejaremos de agradecerle su trabajo tras las partituras. El humor es en cambio algo que no han logrado aplicar con destreza los guionistas y los actores, sobre todo los enanos, pero nada que desentone o reste al todo.

Si por algo El Hobbit funciona es por sus cualidades en términos de épica y acción. Ya estamos enganchados por su diseño artístico o por algunos de sus protagonistas, pero lo que nos conquista es la capacidad de Jackson por vitalizar cada batalla, por aportar el frenetismo que conocimos de manera implacable en Las dos torres y que ahora disfrutamos gracias a las decenas de travellings aéreos, el montaje de las secuencias rápidas o el trabajo de CGI -efectos digitales-, formidable y sin fallos alarmantes pese a lo mucho que aporta al conjunto.

La aventura que nos propone Peter Jackson no es precisamente legítima hasta el maravilloso plano en el que Bilbo Bolsón -muy bien caracterizado por Martin Freeman- observa su ya desocupada estancia, pero a partir de este momento todo se siente como otro viaje inolvidable al que suscribirse sin demasiadas pegas. Creo difícil que aquellos que se contagiaron del espíritu de la Tierra Media en El señor de los anillos vayan a sentirse decepcionados con este retorno, es justo lo que podíamos esperar y la mayoría repetirán, pero para la próxima Jackson y su equipo deben pensar con más detenimiento la extensión de su película, porque en cuanto a volver a ser un buque con destino a tan inmortales parajes el equipo técnico y artístico sólo merece reverencias. Pero de las que hacen en Rivendel.

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