El Niño, Gibraltar tiene un color especial

Entre The Wire y Corrupción en Miami, El Niño es una realista disección del narcotráfico en Algeciras y una estimulante película de acción

No es la Sevilla de Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 2012) pero, illo, “Gibraltar tiene un color especial”. Allí confluyen tres extrañas fronteras: la estrecha franja de agua que separa Europa de África, España de Marruecos; un paradisiaco peñón fiscal a 1475.5 millas de su capital; y ¡Cádiz! Y mucha droga, compis, mucha droga. Imaginen el tráfico, la mafia, la corrupción que deben florecer en este vergel. Hay que admitirlo, Daniel Monzón tiene buen ojo para buscar historias. Llevamos una década en el cine patrio de abundante cine policiaco, con Enrique Urbizu a la cabeza. Un género idóneo para que los cineastas españoles manifiesten sus inquietudes sociales y, a veces, incluso estéticas; pero siempre en entornos urbanos. Tal vez no lo crean, pero hace falta el buen ojo de Monzón para percatarse de que, en una península, la droga entra por mar. Y son puertos, como el de Algeciras, los núcleos de la mafia y el narcotráfico. Eso dice el napolitano Roberto Saviano, y eso muestra la insuperable The Wire (David Simon, 2002-2008) en su segunda temporada.

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Parece que el director de Celda 211 (2009) también tiene buen ojo para los referentes. Desde las panorámicas del puerto, aquí, un declarado fan de The Wire solo puede pensar en la obra maestra de David Simon. Como en ella, en el guión de Monzón y Jorge Guerricaechevarría (en adelante solo Jorge, por favor) hay una firme voluntad de mostrar las afianzadas estructuras que hacen del narcotráfico un negocio tan rentable para todos… los interesados y la interdependencia entre las instituciones legales e ilegales, formales e informales que contribuyen a ello. La cámara se sitúa entre los soldados de ambos bandos de esta guerra contra la droga, o este juego perverso: pequeños y novatos traficantes y pequeños policías obsesionados con su trabajo. Monzón no es ingenuo, lo que está en juego no es el mercado de la droga, inalterable mientras se sigan las reglas del juego, sino los latidos de adrenalina y las prescindibles vidas y brazos de los implicados. No es de extrañar la circularidad del relato, la agridulce resolución del caso, ni que no lleguemos, y mucho menos Jesús (un McNulty falto de alcohol en sangre interpretado por Luis Tosar), si quiera a atisbar los altos mandos implicados. Como en The Wire, se sacan unos cadáveres y se entierran otros nuevos, la vida de los soldados puede cambiar, encerrarse o desaparecer, pero el juego permanece inamovible. Y sin embargo, aquí no siento el peso que poco a poco iba aplastando a los personajes de David Simon, y a mí en mi butaca, hacía brillantes finales.

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Hay muy buen ojo en El Niño, sí, y buena factura técnica, pero la última producción de Telecinco no termina de convencerme al salir del cine. Será por la proeza de Jesús Castro de no cambiar la cara en toda la película; o porque no veo en El compi más que la figura del gracioso, o en el romance entre el Niño y Amino más que guiño romántico para complacer al público; o porque por momentos no sé si estoy viendo una correcta e insulsa película de acción a lo Corrupción en Miami o un brillante drama e intriga policial. Pero sí sé que echo de menos a Malamadre, y los créditos de The Wire.

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