El renacido y el colonialismo: “Todos somos salvajes”

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Lejos de la historia de supervivencia de Hugh Glass, la película de Iñárritu tiene como escenario un contexto colonialista muy potente

Mucho se ha escrito ya sobre la vacuidad de El renacido, sobre la carga de una historia coja, inconsistente, envuelta en el espectáculo técnico que a Emmanuele Luzbeki, con casi total certeza, le valdrá su tercer Oscar a la Mejor Fotografía. Se ha dicho de ella que es una excusa para que a través de Hugh Glass, el hombre que recorrió moribundo cientos de kilómetros, alcance por fin Leonardo DiCaprio su estatuilla. Habrá quien se crezca y afirme con razón que, después de su lobo de Wall Street, Leo se ha convertido en el actor que más se ha arrastrado (literalmente) por el Oscar.

Tal vez sea lo icónico de la leyenda de Glass, de un personaje que se pretendía inmenso, lo que acapara la atención del espectador, que durante dos horas y media de metraje se abandona a ese primerísimo plano, respirando únicamente el tormento del protagonista entre nieve, barro, sangre y lágrimas. Pero no se dejen cegar por la sencilla, aunque jamás tan espectacular, lucha por la supervivencia de un hombre solo, abandonado a su suerte, pues la elección de este protagonista no es azarosa. Ni desmerezcan esos planos inmensos de naturaleza, ya que no es solo sobrecogedora su belleza, sino que también lo es su hostilidad.

La película de Alejandro González Iñárritu recoge un conflicto mucho mayor, en su amplio espectro de víctimas y verdugos. El renacido es la historia del miedo de toda una nación a principios del siglo XIX, el horror y la violencia diaria de todos aquellos que padecieron el colonialismo.

El renacido

LA conciencia de las atrocidades cometidas llevó a las sociedades decimonónicas de Occidente, profundamente religiosas, a conocer como nunca antes el miedo.

La historia reciente del cine colonial, y, en concreto, el estadounidense, una vez superado el western de época, se mueve en la dicotomía indígena-bueno, colono-malo. Los indios eran, en general, las víctimas del expolio, la codicia y la violencia del hombre blanco. Encarnaban todo lo puro y bueno de la madre naturaleza. Conocedores de la vida, la muerte y el alma de los seres que habitan la tierra se les colocó, con buen criterio, en un lugar más elevado en el escalafón moral.

Lo cierto es que por aquel entonces, la conciencia de las atrocidades cometidas tanto en América como en otras colonias, llevó a las sociedades decimonónicas de Occidente, profundamente religiosas, a conocer como nunca antes el miedo. El miedo a una venganza real o espiritual por parte de todos los pueblos oprimidos. El miedo a un juicio final. El miedo a que todo el mal infligido se volviese contra ellos. No es casualidad que en esta época surjan en el Imperio de las islas británicas los grandes monstruos de la ficción: Frankenstein, Drácula, la Momia… Los castigos divinos de una sociedad que se sabe enferma por haber jugado a ser dios. Hombres y mujeres con conciencias carcomidas tras años tratando de lavar bajo las uñas la sangre de los pueblos masacrados  y expoliados. Esta es la sociedad occidental de principios del siglo XIX.

Y así es como nos la ha mostrado el cine reciente.

No obstante, Iñárritu consigue aquí un nuevo giro de perspectiva.

Hasta hoy, bastaba con abandonar el deleznable modo de vida de los blancos, buscar la pureza interior, para que tenientes como John J. Dunbar (Bailando con lobos) fueran aceptados como parte de la tribu o incluso tuvieran quien velase por ellos o entonase hermosos cánticos ancestrales si, como Tristan (Leyendas de pasión), acababan sus días despedazados por un oso. Para el hombre blanco del S.XXI este era un relato fundacional consolador: No cedas a la inmoralidad por avaricia, no aplastes otras culturas, y serás recompensado con coronas de plumas e hijos más sabios, honrados y honorables que tú.

El renacido

La vida de Hugh Glass es un testimonio interesante por su carácter ambiguo, marginal, y su profundo conocimiento de ambos bandos.

Sin embargo, lo que ocurría en las montañas de Missouri, escenario de El renacido, era mucho más complejo.  Si bien existían los Pawnee, pueblo pacífico que acogió al Glass real de pura chiripa y permitió que desposase a una india, también existían otros pueblos que se defendían, que comerciaban con otras tribus y luchaban por su territorio con algo más que amuletos. Una de estas tribus fue la que acabó con la vida del Renacido, del verdadero, en una de sus múltiples excursiones como cazador.

La elección, por tanto, de esta recientemente novelada leyenda no es en absoluto azarosa. El expirata, cazador y montañero Glass es un personaje fronterizo. Esposo de una india Pawnee, padre (solo en el film) de un joven mestizo, conocedor de los caminos recónditos, de las claves de la vida salvaje y venerador de su espiritualidad, pero, aun así, depredador blanco.

La vida de Hugh Glass es un testimonio interesante por su carácter ambiguo, marginal, y su profundo conocimiento de ambos bandos. Su experiencia permite infundirnos lo que la misma realidad de sus coetáneos: auténtico pavor. La indefensión de un hombre que habitase las montañas rocosas por aquel entonces era total, fuese cual fuese su color. La dureza de la propia naturaleza, también a la defensiva, se unía al peligro del hombre que, por miedo, disparaba antes de preguntar.

Por otra parte, El renacido no ha inaugurado un lenguaje cinematográfico. Ya se ha hablado de la influencia de Andrei Tarkovski, de cuyos  planos, totalmente oscuros como el ánimo nihilista de sus protagonistas, brotaba de pronto un breve halo de luz, algo casi onírico. También de lo simbólico de las imágenes alucinatorias del personaje: montañas de calaveras, las ruinas de una iglesia… pasajes sugestivos, pura poesía. Está claro que todo ello preexistía. Pero el contexto, la atmósfera asfixiante del conflicto colonial reproducido en su misma raíz y los contrastes que introducen los mencionados pasajes dotan al film, sin duda alguna, de una profundidad que muchos se empeñan en ignorar.

El renacido

Si quieren transportarse a la terrorífica experiencia de un poblador del noroeste estadounidense de principios del XIX, vean El renacido.

El novelista Louis Ferdinand Celine, en pleno conflicto bélico, aproximadamente a la misma altura de la Historia escribía en su “Viaje al fin de la noche”: “una sola hora en un mundo en que todo se ha reducido al crimen es ya algo extraordinario”.

He ahí lo excepcional de Glass: la lucha por la supervivencia de un hombre puede parecer una trama simple, pero si el entorno en el que se desarrolla esa batalla es el que nos presenta el film, si podemos respirar el miedo de cada uno de los personajes, la hostilidad inhumana que habitaban, entenderemos la epopeya mucho mejor. Si dejamos que nos cale el “nunca dejarán de perseguirnos” que repite el cobarde de Fiztgerald (Tom Hardy) una y otra vez a propósito de los indios, entenderemos su vileza, y el abandono de Glass. El pánico del colono a los pecados cometidos. Y que la nobleza y el honor eran cualidades mucho más difíciles y raras en un entorno así.

Para los despistados, los colonos franceses lo dejan claro en el cartel que cuelgan al indio Pawnee asesinado: “On est tous des sauvages” (“todos somos salvajes”).

Una guerra estaba teniendo lugar, una guerra de múltiples intereses y bandos. Todos ellos despiadados. Iñárritu ha sabido escoger la leyenda de aquel que fue funambulista entre todos ellos, para plasmar lo que había de común en este contexto compartido, el miedo al otro y la lucha por la supervivencia. Ambos elementos, auténticos protagonistas, plasmados de forma sublime y meticulosa. Las imágenes, desprovistas de palabras casi en su totalidad, construyen una realidad absoluta y descarnadamente brutal. Tal y como debió ser.

El resto de objeciones a El renacido son puro acomodamiento en las construcciones clásicas de un relato. Si quieren transportarse a la terrorífica experiencia de un poblador del noroeste estadounidense de principios del XIX, vean El renacido. La complejidad de la guerra colonial se extenderá ante sus ojos en forma de inmensa cordillera rocosa y grandes ríos helados. Será este panorama el que convierta en homérica la hazaña del protagonista, el que cargue de sentido una sola hora de vida ganada a arañazos del renacido a cada una de las caras de la inconmensurable muerte.

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