El juez, manual de buenas prácticas

Christian Vincent escribe y dirige un drama judicial atípico lleno de personajes tan grises como poderosamente humanos

Sobriedad y sutileza en un filme premeditadamente intrascendente

6 Christian Vincent como guionista
7 Christian Vincent como director
8 Actores
6 Escenas de juicios
7 Escenas románticas
6.8

Existe una cualidad intrínseca al subgénero de los dramas judiciales; una que acaba provocando que, al igual que una fortuita carcajada o un bonito tiroteo, facilitan la digestión de hasta las peores comedias o filmes de acción, una trama ambientada entre estrados, togas y venias haya de ser, como poco, estimulante. Ya sea por lo directo de los diálogos  —que por el bien de la Justicia irán siempre al grano—, por el carácter claustrofóbico y asfixiante de esa sala donde todo se dirime, o por cómo cada escena conduce inexorablemente a un único y definitivo clímax, el drama judicial es, por definición, satisfactorio. Y muy mal lo tiene que hacer el director o guionista de turno —ambos, en el caso que nos ocupa—, para que la obra en cuestión se nos haga aburrida. Esto, por supuesto, no ocurre con El juez.

La nueva película de Christian Vincent (La cocinera del presidente) no es aburrida, pero su entretenimiento tampoco es el resultante de una desesperada utilización de las herramientas antes descritas (como sí lo era el proporcionado por la película homónima que protagonizaron Robert Downey Jr. y Robert Duvall en 2014, y al que sólo su religioso apego al subgénero salvaba del ridículo). En el caso de esta otra película llamada El juez, el entretenimiento, y la calidad, vienen dados por una férrea sobriedad que contempla con indiferencia el suspense, la intensidad o los giros de guión. Por supuesto, tratándose de un filme en el que un magistrado (que, por cierto, no es propiamente un juez, sino el Presidente del Tribunal de lo Penal) investiga el asesinato de un bebé de siete meses a manos de su padre, es inevitable que encontremos estos elementos, pero todos ellos están expuestos de una manera dosificada y nada exhibicionista como si fueran, y de hecho es lo que son, gajes del oficio.

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En El juez hay suspense, intensidad y giros del guión, pero todos ellos están expuestos de una manera dosificada y nada exhibicionista

Fundamentalmente, El juez basa su propuesta en un afán didáctico, un libro de estilo para todo aquel interesado en los vericuetos de la Ley. El protagonista, Michel Racine (interpretado por Fabrize Luchini –En la casa-  con una discreción y profesionalidad no en vano galardonados durante el pasado Festival de Venecia), es un funcionario que hace su trabajo lo mejor que puede, sin alarde alguno. Interroga, abre y cierra sesión, realiza sus pesquisas, y en ningún momento se siente superado por las circunstancias, ni atormentado por ese trágico caso de asesinato que decide no llevar de un modo más emocional que el imprescindible. “Puede que nunca sepan lo que ocurrió, y no deben sentirse frustrados por ello”, advierte al jurado popular en determinado momento del filme, lacónico y resignado. Es la enseñanza más demoledora de todas las que imparten los diversos personajes de la obra, más centradas en tecnicismos y procedimientos que en elucubrar máximas vitales.

Y sin embargo, otro aspecto esencial del guión de Christian Vincent es el que atañe al puramente humano, y es el mismo que depara los mejores momentos de la película. Paralelamente al proceso conoceremos a algunas de las personas que componen el jurado popular, trasuntos de nosotros como espectadores a los que debe serles explicado todo para que sean capaces de sacar las conclusiones adecuadas y el caso llegue a buen término. Entre ellos, un antiguo amor de Racine, que protagonizará los únicos momentos por los que El juez podría ser tildado de algún tipo de melodrama, y que por suerte, y excluyendo cierta secuencia con la canción pop de turno que sobra totalmente, se limitan a diálogos largos, espaciosos y sutiles donde los actores tienen tiempo de dar lo mejor de sí. Luego, de vuelta al juzgado, dejarán de lado cualquier inquietud sentimental para permitir que el juicio siga su curso, sin interrupciones ni salidas de tono. Como debe ser.

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El aspecto puramente humano es el que depara los mejores momentos de la película

Éstas son las bazas de El juez, y nadie pensaría que son las adecuadas para dar forma a un filme apasionante o digno de recordar. En efecto, el atrevimiento de Vincent y su respeto reverencial por la profesión no nos suministran más que unos pocos retazos de esplendor inmediato, en su mayoría gracias al trabajo de los actores (que están todos, sin excepción, fantásticos).  No obstante, para que el visionado de una película así acabe siendo tan placentero en líneas generales es necesario un guión muy medido, capaz de equilibrar a la perfección estas dos facetas tan diferenciadas, y sin duda el guión de Christian Vincent lo es.

No supone esta película, por tanto, una obra destinada a levantar pasiones o a generar grandes entretenimientos, pero sí una a degustar con serenidad y paciencia, permitiéndonos únicamente cuando salen los créditos finales comprender lo mucho que nos ha gustado desde el principio. Y confirmar, al mismo tiempo, la eficacia de este subgénero, resistente incluso a cineastas valientes e insensatos que sólo precisan de un espejo como herramienta.

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