Elle, prisioneros del deseo

Para su nueva película, Paul Verhoeven recurre tanto a una incontestable Isabelle Huppert como a un guión sin mácula. Su firme y sano propósito: que nos sintamos más sucios que nunca.

Una comedia desoladora y, a la vez, un tratado nihilista gloriosamente divertido

9 Isabelle Huppert
8 Actores secundarios
8 Puesta en escena
9 Que el guión se la juegue tanto y tan continuamente
8.5

Cuando, bien avanzado el metraje de Elle, suena en pantalla la canción Lust for Life, compuesta por Iggy Pop y David Bowie y publicada dentro del álbum homónimo en 1977, el espectador es súbitamente expulsado de la película. Y es que dicha elección musical, en el marco de una fiesta a la que asisten los protagonistas –ciudadanos  franceses de edad avanzada, clase acomodada y gustos refinados–, no deja de parecer poco apropiada. Por no hablar del hecho de que, al irrumpir esa enloquecida batería, el espectador se acuerda automáticamente de la escena inicial de Trainspotting, con todo lo que eso conlleva.

¿Por qué Paul Verhoeven, director del filme, se arriesga así a que el público sea devuelto a su confortable butaca, nuevamente a salvo de la asfixiante oscuridad que exhumaba hasta entonces, y seguirá exhumando, su nueva propuesta? Fundamentalmente, por la misma razón que ha guiado sus pasos desde que empezara su carrera hace más de cuarenta años: porque le da la real gana. Y porque siempre ha sido un poco trol, también.

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Paul Verhoeven siempre ha hecho lo que le da la real gana

Machismo, vejez, maternidad, evasión, violencia… Elle habla de muchas, muchísimas, demasiadas cosas, y ante tal avalancha de ideas un espectador indefenso debe encontrar algo a lo que agarrarse, un punto que vertebre posteriormente su discurso y consiga hacerle entrever la razón por la que el filme le ha cautivado así. Más allá del hecho de que, vale, durante unas dos horas haya estado riéndose sin parar. Travieso, cada vez más incómodo; al final, francamente aterrorizado. En Lust for Life, en el deseo, la lujuria frente a la vida –o a costa de ella– puede estar la clave. Puede hacerle superar momentáneamente esa sensación de vértigo, de mirar al abismo.

A Michelle LeBlanc le han asaltado en casa, a plena luz del día, y la han violado. Lo primero que hace al respecto, una vez su anónimo atacante se ha esfumado –y en una secuencia simplemente hipnótica–, es recoger los cristales rotos y reparar el estropicio provocado en su domicilio, reñir a su gato –testigo mudo del crimen– por no haber intentado ayudarla y, a continuación, darse un baño. Algo en sus tranquilos movimientos, en la mirada ausente de la magnética Isabelle Huppert, nos hace pensar que esta mujer ya se encuentra tramando una venganza. Que no va a decir nada a la policía ni a sus conocidos, al menos por el momento, y que no parará hasta encontrar al hombre que le ha hecho tanto daño, para así someterlo a un castigo que fuerce algún tipo de catarsis, y con ella la del público.

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Elle habla de muchas, muchísimas, demasiadas cosas

Algo de eso habrá, claro, pero a Verhoeven –en confabulación con el guionista David Birke y el novelista Phillippe Djian, responsable de la novela original– parecen interesarle otras cosas. En los minutos siguientes de Elle conoceremos al detalle el entorno que rodea a la protagonista, su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo –posee un puesto de importancia en una empresa de videojuegos–, su siniestro pasado. Empezaremos, así, a conocer de verdad a Michelle, un personaje complejo, una mujer contradictoria, una borde quintaesencial, al tiempo que también conoceremos a los que la rodean, un variopinto catálogo de seres imperfectos, dubitativos, débiles. Con un rasgo común a todos ellos: un deseo encendido, inmarchitable, capaz de despojarles en cuestión de segundos de cualquier mínima noción de dignidad.

De forma similar a lo que ocurre con la magnífica Perdida, el punto de partida de Elle, así como el modo en el que está dirigida –escrupulosa y deliciosamente clásico, con especial incidencia en los momentos de suspense– nos podría llevar a pensar que nos hallamos ante un thriller cuando, a la hora de la verdad, ambas películas no dejan de ser comedias pesimistas, angustiosas y negrísimas. Con un componente humorístico más marcado que en el filme de David Fincher, eso sí, el director holandés construye igualmente una obra de múltiples lecturas que desafía de manera constante al espectador, introduciéndole y guiándole en un viaje enfermizo con rumbo a lo que menos nos gusta de ser humanos. Un viaje en el que la maldad se da de la mano con lo patético, y una estudiada ambigüedad provoca que, durante la mayor parte del tiempo, sea difícil sentir que verdaderamente tenemos algún tipo de guía, y que no hemos estado desorientados y equivocados desde el principio.

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La película es un viaje enfermizo con rumbo a lo que menos nos gusta de ser humanos

Al final, que el director emplee hasta en dos ocasiones Lust for Life para ambientar su película acaba siendo un acto de clemencia. Una retorcida, hasta cierto punto ridícula, merced. Que puede, o no, arrojar algo de claridad al visionado de este trabajo imprescindible –quizá, junto a Instinto básico y Robocop, el mejor de toda su carrera– sin que tampoco sea posible, por supuesto, abrigar ningún tipo de certeza. Pongamos que Elle habla del deseo. De que, en efecto, el deseo es aquello que conduce inexorablemente nuestra existencia y ha de abocarla, en caída libre, hacia la perdición. Vale. Y ahora qué.

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