Enemy, dos hombres y un destino

Lo nuevo de Denis Villeneuve con Jake Gyllenhaal tras Prisioneros es una interesante adaptación de Saramago que se queda en el mero acertijo

Empieza Denis Villeneuve su nueva obra tras Prisioneros (2013) con una cita de Saramago: “El caos es un orden sin descifrar”. Tras ella, precisamente eso: el intento de ordenar un caos para descifrarlo. El acertijo que plantea (y que ya plantea  la obra de Saramago en la que se basa) es fascinante: un anodino profesor de historia (Jake Gyllenhaal) vive una vida en círculos, gris y aburrida hasta que descubre que hay otra persona en el mundo como él. No simplemente como él, sino que se trata de él mismo. Un actor de cine que es él sin ser él. Son la misma persona sin serla. Villeneuve se embarca entonces en un viaje de autorreferencias constantes, pasajes oníricos e innumerables piezas que, en la estela de la ultra-críptica Upstream Colorconstruyen un puzzle del subconsciente más atormentado. ¿Su problema? Que una vez resuelto no deja poso. Una vez limpiado el ruido, ordenado el caos, el poso es la nada. El acertijo es el fin en si mismo.

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Esa preocupante carencia de mensaje deja cojo su desarrollo, y explicita una enervante manía de Villeneuve: la de hacer todo lo posible para llegar a donde quiere, aún a riesgo de caer en la inverosimilitud.  Los personajes reaccionan ante lo extraño e irracional  bien con desmedido dramatismo, bien rozando la indiferencia. No importa su evolución o tratamiento psicológico: todo aquello que les ocurre no es más que una palanca narrativa para que la historia avance en sus autorreferencias. Una vez resuelto el acertijo (al que se le van añadiendo capas y capas) no queda nada.

En el camino hacia su resolución, sin embargo, hay mucho que merece la pena. Su montaje roto, sus falsos raccord, su alternancia entre lo onírico y lo terrenal. Sus atmósferas malsanas, su filtro sepia, el constante agobio y el miedo, no del todo conseguido, del encuentro con nuestro otro yo. No existe, en cambio, el abismo existencial ante la posibilidad, y ante la certeza, de que existe un yo que no soy yo. Un alter ego que de alter sólo tiene el cerebro, que físicamente es una copia exacta. Sí funcionan los trucos, la idea circular de la historia (¿primero como farsa, luego como tragedia?), el caos finalmente ordenado, sus innumerables detallitos y referencias. Pero cuando se ordenan, cuando la marea baja, descubrimos que Villeneuve  nada desnudo.

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