[Festival de Berlín] Segundo día: De muros y hombres

La trepidante ´71 y la fuerza ocasional de Jack compensan el poco éxito de Bouchareb adaptando Two men in town

Cuesta imaginar, por lo menos para las generaciones que solo conocimos (afortunadamente) de “telones de acero” y “guerras frías” por libros de texto, reportajes y, cómo no, películas, que una ciudad como Berlín estuviera durante casi 30 años (y no precisamente del pasado remoto) partida literalmente en dos, dividida por un “muro de la vergüenza” que efectivamente nos induce al sonrojo más incómodo y al estremecimiento más profundo. Cuesta admitir que el ser humano haya podido diseñar, y sufrir respectivamente (en una proporción siempre terrible de minorías privilegiadas y mayorías condenadas), crueldades tan dolorosas y arbitrarias. Tan repetido como aún inaplicado y no suficientemente interiorizado: el sinsentido de la guerra y los conflictos entre iguales, la fuerza letal del odio y los fanatismos. Porque aún existen muchos muros por derribar e injusticias por denunciar en el mundo. Demasiadas. El cine, con su emocionante potencial para agitar conciencias y evitar peligrosas desmemorias, es un vehículo perfecto para hablar de las terrores pasado y del presente, de las lecciones que debimos aprender y las realidades a las que debemos mirar. ´71, la mejor de las tres películas presentadas hoy a concurso en la Berlinale, se plantea precisamente como un tenso, brutal y frenético viaje a la violencia que se apoderó de otra ciudad radicalmente enfrentada en los 7o,  Belfast.

71

El debutante Yann Demange, que logró amplio reconocimiento en el ámbito televisivo británico con Dead Set, propone un ejercicio de acción casi a tiempo real, realzado por su contundencia visual y el dominio del ritmo. Tras un pequeño prólogo que nos introduce al protagonista, un joven soldado inglés llamado Gary, el realizador no tarda en conducirnos al que será escenario único y protagonista de de esta historia de supervivencia extrema, un Saving Private Hook a escala urbana que explora el Belfast dividido entre protestantes y católicos,  terrorífico campo de batalla en el que intervienen fuerzas diversas (militares, paramilitares, terroristas, escisiones radicales de los anteriores…) para entrecruzarse, combatirse y perseguirse con extrema virulencia. Un caos mortal por el que Demange nos guía con meritoria claridad narrativa (habría sido fácil caer en esas complejas marañas de personajes entre los que no es fácil distinguir a unos de otros: no es el caso) y desgarrado realismo (comprensible que se oyera la comparación con Greengrass). Sin descubrir nada nuevo ni pretender pasar a la Historia, lastrada en sus últimos compases por la maldición de los múltiples finales encadenados, pero con una habilidad no tan habitual para mantener el nervio y el interés, ´71 engancha principalmente por su poderosa creación de atmósfera, que reproduce perfectamente (con los medios justos) la época y el lugar gracias a oportunas elecciones formales (empezando por el granulado y color de la cinta), y por su voluntad de trascender la mera acción con una reflexión simple, pero rotunda, sobre la inhumana, traidora, letal, mecánica de la guerra.  Una compacta y estimable aportación al subgénero del thriller de acción bélico.

Decíamos que Berlín, o Belfast, enfermaron en su momento de la fiebre de la insensibilidad y la sed de conflicto. Los años han pasado,  el proceso de cicatrización de las heridas progresa adecuadamente, y la capital alemana (por hablar de la ciudad en la que ahora me encuentro)  se ha convertido en una capital, no solo económica, sino también creativa y vanguardista. Pero otros dramas, comunes a las sociedades modernas, afloran para reclamar nuestra atenta consideración. La alemana Jack, primera de las películas nativas de la Sección Oficial, sigue al niño que le da título, obligado por las circunstancias (una madre joven descuidada y egoísta que se ausenta de casa durante largos ratos y pretende compensarlo todo con infantil simpatía) a cuidar de su hermano pequeño y asumir importantes responsabilidades, en su búsqueda de su progenitora tras huir del centro de menores al que le han destinado.

jack

El luminoso tratamiento fotográfico impide excesos tremendistas en la forma y hace albergar esperanzas sobre la búsqueda de una aproximación más poética y original al desamparo, pero el realizador prefiere no arriesgarse demasiado y opta por un tono neutro, elegante y real en cierta medida, que cristaliza en una película correcta pero con pocas sorpresas (no hay que esperar un Kore-Eda). A destacar, eso sí, la primera media hora,  de creíble intensidad dramática, y el magnético protagonismo del muy prometedor Ivo Pietzker. La sensación de déja vu se acentúa en cambio con el deambular de los niños por las calles de esta ciudad orgullosamente moderna, que parece siempre dispuesta a cambiar de cara, a resultar acogedora o desoladora según el ánimo y el momento en que uno se enfrente a ella.

Mucho más decepcionante resultó, en todo caso, el nuevo giro en la carrera del argelino Rachid Bouchared tras el fenómeno cinematográfico-social en Francia que le dio a conocer, la bélica Días de Gloria (Indigénes), y cosechar cierto éxito festivalero con aquel sentido drama sobre la pérdida y la posibilidad de una profunda comunicación intercultural-interracial a través del corazón llamada  London River. La protagonista de esta última, Brenda Blethyn, repite en un papel destacado junto a otros intérpretes de altura (Harvey Keitel, Ellen Burstyn) en La voie de l´ennemi- Two men in ton, remake de un thriller de los 70, trasplantado a Nuevo México en forma de drama fronterizo que se pretende, según la sinopsis facilitada por el Festival, “kafkiano”, pero que resulta más bien torpemente sentimental e incluso, por momentos, enfáticamente esteticista. 

whitaker

La historia de un ex-convicto en libertad provisional (esforzado Forest Whitaker) que lucha por rehacer su vida en su nueva fe islámica y en la compañía de una mujer con la que formar una familia, contra los obstáculos de un sheriff que nunca le perdonará su crimen y que no entiende su libertad, y su antiguo compañero-jefe en el negocio del tráfico de drogas, se prometía oportuna e interesante, en una temporada en la que los fundamentos de reinserción y resocialización del Derecho Penal han salido a la peligrosa palestra de las tertulias de nuestro país. Pero el desarrollo es esquemático y superficial, hinchado sin razón y con un desenlace insatisfactoriamente fatalista. 

En todo caso, el mensaje del día en la Berlinale brilló por encima de las películas. Basta de muros, verjas, puertas cerradas, fronteras bañandas en sangre. El ser humano es un animal creado para volar en libettad. Y bien acompañado.

 

 

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