[Festival de Cannes 2013] Primera jornada, The Bling Ring de Coppola y lo nuevo de Francois Ozon

The Bling Ring.
Empezamos la cobertura del festival de Cannes con Emma Watson dirigida por Coppola y el nuevo film del director de 'En la casa', Francois Ozon.

Tirado en la cama del hotel me mira desde su enmarcada fotografía Marilyn Monroe. Lo hace con los ojos entrecerrados y la seguridad de una sábana blanca que le protege los pechos. El glamour que respira su pose, aún habitando en semejante zulo de habitación, es mucho más de lo que puede pedir un periodista en esta jungla de colas, sueño, hambre y butacas laterales. Cannes es sinónimo de glamour, de elegancia, no hay duda, pero la teoría se pierde entre bambalinas; el misticismo, por las aceras desprotegidas del aguacero; la leyenda, con los registros de las mochilas y la siempre vilipendiada sociedad de clases establecida por el sistema de acreditaciones.

El régimen instaurado por los delegados del Festival, Thierry Frémaux y Gilles Jacob, no pasa en cambio factura al pasar las fotografías y la recepción de las películas el filtro del cámara y del redactor. Porque la ilusión por hacer el trabajo bien hecho tiene su recompensa. Muchos lo hacemos por amor al arte, o con la esperanza de que todas estas palabras tengan un significado en un futuro no muy lejano, pero con la seguridad de que al día siguiente son Asgar Farhadi, Nicholas Windign-Refn o Alexander Payne quienes desvelan tras la tela roja sus nuevos largometrajes y finiquitan el compromiso que les hace a unos ser tan exigentes, burocráticos y clasistas y a otros tan currantes, sufridores y quejicas.

El resumen de estos dos primeros días de aclimatamiento no pueden definir mejor esa doble sensación de hastío y satisfacción. Los jeune (acreditación amarilla) siempre quedamos relegados a las filas más tardías, las que denotan mayores síntomas de inseguridad por aquello de que los periodistas limemos el límite del “entro o no entro a la sala a ver la película”, de ahí que la irritación se prorrogue hasta segundos antes de que el segurata balcánico de turno verifique el código de barras de tu acreditación con el correspondiente kit de supermercado. Porque, déjenme el apunte metafórico cutre, esto de Cannes es el mayor mercado de cine del mundo. Las más brillantes estrellas de Hollywood pasan por estos lares a lucir trajes, vestidos y películas de próximo estreno mientras unas jóvenes en pleno éxtasis adolescente aprovechan la vacancia para asaltar sus mansiones californianas. “¿What?”, diréis. Hablo de The Bling Ring, lo nuevo de Sofia Coppola.

 

The Bling Ring de Sofia Coppola, la loubutinización* de la joven de clase alta norteamericana

Sofia Coppola ha viajado con las ideas claras a la Costa Azul francesa: reflejar, a través de un grupo de adolescentes californianas pijas, el sueño americano de convertirse en una estrella, ilegalidad mediante, de la Vanity Fair. Lo que podríamos llamar lohandismo*ryderismo o, incluso y si me lo permiten, hiltonismo. Porque quizá Paris Hilton no sea tan dada a los centros de rehabilitación o el shoplifting, pero es una de las grandes divas made in USA que todavía no ha demostrado nada -mostrado sí, y un par de veces.

The Bling Ring.

 Con las llaves de las residencias de unos cuantos famosos -o de la libertad incondicional e infinita, como se quiera ver-, Coppola sigue a unas jóvenes que aprovechan la impunidad para robar las casas de sus ídolos -ojo, basado en hechos reales. La directora aquí se deja llevar por los automatismos de los asaltos y, en vez de reivindicar una postura, pierde demasiado tiempo en la reiteración de las bromas. Lo hace, eso sí, para participar junto a sus protagonistas en el morbo de conocer y casi tocar a las celebrities. Claro que la superficialidad de los bolsos de Chanel y los zapatos Loubutin impiden que cualquiera de estas barbies adolecentes profundicen tan siquiera en algo y acaben por volver al punto de partida.

Coppola en cambio sí lo consigue, su película funciona como complemento a Spring Breakers, aquella loca alegoría sobre las metas de la Norte América juvenil, pero con un estilo mucho más sencillo, aunque no exento de excentricidades. Diluye por ese afluente espiritual de la novela ‘The Secret’ que alimenta la ordinariez e insensatez social de Beverly Hills -y de otros tantos suburbs- y lo redondea además con un guion repleto de gags sui generis y entretenimiento a raudales. Aunque si la película acaba por entusiasmar es sin duda por las interpretaciones secundarias de unas incandescentes Emma Watson y Taissa Farmiga. God bless them and bring peace to the world. Era así, ¿no?

*Hoy me las quería dar de crítico estadounidense y crear palabritas que palpen todos los gustos de lectura, no os vayáis a pensar que esto va a ser un no parar de metáforas con cuadros de habitación y expresiones rimbombantes.

 

Fruitvale Station de Ryan Coogler, el próximo hit Winfrey

En la misma línea de presentar películas escritas a partir de historias verdaderas llegaba a Un Certain Regard Fruitvale Station, el largometraje de Ryan Coogler que reventó Sundance con los premios de jurado y público. No precisamente poca cosa. Con semejante expectación no parecía lógico que la cinta fuera, en cambio, un drama séptico y muy dado a la beatificación de su protagonista, un joven afroamericano de 22 años que cierra todos los círculos problemáticos de su vida apenas unas horas antes de ser asesinado por un policía.

La persistencia de Coogler por glorificar la figura del mártir pierde a su película en una primera hora repleta de oasis dramáticos bien conocidos. La reconciliación tras el adulterio, la renuncia a la venta de bolsas de hojas verdes o la tolerancia y la piedad como aptitudes genéricas del personaje hacen de las últimas horas de vida de Oscar un viaje muy similar al de Cristo. Y es algo que no pasará desapercibido entre la sociedad afroamericana que con tanto fervor profesa el cristianismo en Estados Unidos. Aunque mucho menos para Oprah Winfrey (su programa aparece en la película), que no dudará en alzarla en volandas hasta los Oscar. ¿Sleeper del año? Veremos, pero yo apostaría a que sí.

fruitvale

 No en vano cabe señalar que Fruitvale Station maneja muy bien su historia y sabe tocar las teclas de forma que acerquen el personaje a la audiencia, lo que a su vez posibilita que el tramo final, con una media hora de una fuerza arrebatadora, acongoje hasta decir basta. Méritos que sin duda deben ir remitidos a Coogler y sus buenas decisiones tras las cámaras, pues el nervio de los planos potencia la efectividad de un triste relato que también está magníficamente interpretado.

 

Jeune et Jolie de François Ozon, ¡serás puta!

No os alarméis, el título es simplemente una premonición de lo que pensarán muchos al compartir la aventura de la protagonista de Jeune et Jolie, Lea. Con 17 años apenas cumplidos, esta adolescente de la clase media parisina pierde la virginidad en unas vacaciones playeras con un esbelto chaval de la raza aria más pura. La experiencia desata algo en ella que, ya de vuelta a la capital francesa, le motiva a emprender una prometedora carrera como prostituta. Y el director François Ozon, con un acercamiento erótico de lo más sensible, nos deja prendados de ella. No es para menos, Marine Vacht no es sólo deliciosamente hermosa, es también un portento interpretativo al servicio de cámaras e iluminación; no hay apenas un plano en el que no estemos con el zoom fijado en ella, lo que dice mucho de las pretensiones de Ozon: establecer a Lea como objeto de deseo de todo aquel que le rodea y de su necesidad de cobrar el coste de su ensoñadora bellaza. Esto es, al fin y al cabo, tomar el mando de su propia experimentación como ser humano. Siendo puta sí, pero es lo que hay.

Jeune et jolie

Jeune et Jolie coloca la figura protagonista a modo de imán, a la espera de que el espectador se sienta igual de atraído por ella que el resto de personajes de la película. Así, a modo de órbita gravitatoria, familiares, clientes y amigos giran en torno a una Lea en constante maduración mientras Ozon lo retrata todo con suma elegancia, sin perder detalle del eje dramático de la historia y dejando que todos los participantes ofrezcan su granito de arena a esta aventura vital que tiene al sexo como allanador de caminos.

 

Heli de Amat Escalante, ahorcando al México de no retorno

Tibio recibimiento el que ha recibido Heli, la nueva película de uno de los protegidos de Carlos Reygadas, Amat Escalante, y que es uno de los ejercicios técnicos hasta ahora más completos de lo que llevamos de Festival. Porque Heli, ante todo, es un largometraje muy bien rodado. Supone un retrato cruel y violentamente explícito del México actual, una fotografía del país norteamericano que no aprieta el pedal de freno en ningún momento y que tan solo peca de una sutileza y una reiteración muy mal medidas. Su constancia a la hora de reflejar los problemas sociales, políticos y culturales de México son igual de dolorosos que los que viéramos en el potente documental de Sundance NarcoCultura, pero aquí el drama del protagonista acaba en cambio cediendo ante la necesidad de expresar conclusiones muy de borrador, en una retahíla de diálogos amarillistas demasiado concretos para una cinta que hasta el tramo final destacaba por mantener una distancia con el análisis crítico del reportaje televisivo.

 

FOTOS: Festival de Cannes

 

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