[Festival de Cannes] Jornada especial, la apoteosis de ‘Lost River’ y ‘Whiplash’

Ryan Gosling y Damien Chazelle firman dos de las películas más impresionantes de lo visto hasta ahora en la Costa Azul

Pese al buen nivel de películas vistas en la sección oficial, sorprende que los títulos más comentados de este Festival de Cannes hayan aparecido en las secciones paralelas. Cierto es, por otro lado, que todavía no ha llegado Jean-Luc Godard, pero son Un Certain Regard, la Quincena de Realizadores y la Semana de la Crítica las citas que mejores nombres, mayores ovaciones y más polémicas han suscitado en lo que llevamos de edición. Cualquiera que eche un vistazo a las favoritas de la crítica podrá descubrir que los títulos mencionados no formarán parte del concurso importante del Festival, divida el lector a los periodistas en castas o no.

Dos de los largometrajes que han creado más tiranteces; uno porque es el debut arriesgado de uno de los actores más famosos del momento y otro porque viene de arrasar en Sundance, son en cambio, y para el que esto escribe, los largometrajes que mayor mella van a dejar en esta sexagésimo séptima cita del festival más importante del mundo. Y en efecto, ambos han levantado ovaciones y polémicas a partes iguales. ¿Podemos pedir algo más?

 

Lost River de Ryan Gosling, cuentos de Detroit

Pretencioso. El adjetivo definitivo para censurar al autor. Son tantas las ocasiones en las que esta palabra toma su debido protagonismo que, a veces, parece que el simple hecho de arriesgar en la concepción de una obra puede costarle al artista su entera reputación. Pero cabría diferenciar lo pretencioso de lo arriesgado, y por supuesto lo arriesgado de lo ambicioso, aunque siempre en un marco con líneas divisorias lo suficientemente delgadas como para poder establecer en qué ámbitos se mueven los autores.

Ryan Gosling (Drive) aborda su primera película tras las cámaras enfrascado en ese recuadro de tan complejo análisis. Su película, Lost River, es una fábula fascinante que deambula por los renglones más difuminados de la pretenciosidad, tanto por las referencias visuales que hereda de algunos de los cineastas más temerarios del último lustro -y a los que agradece en los créditos del filme (Malick y Winding-Refn)- como por su elegíaca, aún inspirada, perspectiva de los Estados Unidos contemporáneos.

Aspira el filme a contar un relato pesadillesco en el que una familia de clase baja lucha por no perder su casa en una ciudad en pleno debacle demográfico y estructural; una Detroit de furgonetas de mudanza y casas embargadas. Y se apoya Gosling en una atmósfera lóbrega, pero infinitamente hermosa, en la que dibuja un imaginativo microcosmos de personajes de cuento. Héroe, villano, princesa y dragón. Todos toman partido en esta ensoñadora narración de metrópolis decadentes en la que los buenos son chatarreros supervivientes y los malos, bellacos irredentos de la crisis de las subprime.

Gosling ha rodado aquí una película de una fuerza impresionante, con algunas imágenes tan turbadoras, bellas y enérgicas, a veces incluso todo a la vez, que sólo apuntillan los logros de Lost River, quizá la osadía más gratificante que haya pasado por la Costa Azul este año, por mucho que la traza que la separa del ridículo haya estado tan cerca de rebasarse.

PD: Christina Hendricks, Iain de Caestecker, Saoirse Ronan, Matt Smith y Eva Mendes funcionan, pero lo de Ben Mendelsohn es acojonante. Un baile suyo destroza la película. En el buen sentido. El otro nombre a destacar: el director de fotografía Benoît Debie.

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Whiplash de Damien Chazelle, adrenalina musical

Muy alejado del ridículo estaría el otro portento de la jornada de ayer en Cannes, Whiplash, la película de Damien Chazelle que arrasara en enero en el Festival de Sundance. Protagonizada por Miles Teller (The Spectacular Now) y J.K. Simmons (Spider-Man), sigue las vivencias de Andrew (Teller), un batería y estudiante de conservatorio que emprende una relación peligrosa con su profesor (Simmons), un autoritario y violento mentor que lleva a sus alumnos a los más alejados extremos de la dedicación artística.

Es precisamente en esa temática en la que se mueve Chazelle, pormenorizando los elementos más emocionales, y románticos, para centrar esfuerzos en lo importante: los sacrificios que está dispuesto a aceptar Andrew para lograr ser el mejor. Por el camino, un viaje autodestructivo sobre la entrega y un estudio cautivador, e inquietante, del profesorado musical.

Chazelle, que a diferencia de su protagonista domina el tempo de forma soberbia, dirige con el mismo talento musical que caracteriza a sus personajes. El compás del filme va en paralelo a la música y los acontecimientos argumentales se suceden con el ritmo endiablado de un solo de batería. Y todo, eso sí, adscrito a un libreto peliculero en el que cada giro argumental se hila con la precisión idónea que permita encarar el cierre: una apoteósica conclusión de 15 minutos que deja completamente exhausto y tras la que sólo queda gritar hasta descargar las reservas de adrenalina. Porque ante todo Whiplash transmite energía. Y qué energía, madre santa. Impresionante.

PD: A estas alturas sería un escándalo que J.K. Simmons no fuera nominado a los Oscar por este papel.

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