[Festival de San Sebastián] Primera jornada, Arbitrage, Bestias del sur salvaje y Blancanieves

La sesenta edición del Zinemaldia de Donosti se estrena con fuerza y con una Blancanieves que ha entrado de lleno en todas las apuestas para llevarse la Concha.

No ha terminado el mes de Septiembre y ya estoy de nuevo inmerso en otro de los grandes festivales cinematográficos del panorama internacional. Esta vez en España, con gente que habla mi idioma y con 3G… sí, con 3G. Aunque no lo creáis es una de las mayores bendiciones esto de cubrir un festival con internet. Me da la posibilidad de compartir con vosotros, sobre todo a través de Twitter, todas y cada una de las experiencias que se viven aquí y de ir relatando las curiosidades que salen disparadas a cada metro que ando por las aceras de esta maravillosa ciudad de San Sebastián. Porque Cannes puede ser una jungla del séptimo arte, con esa definitoria e inaudita atmósfera cinéfila, pero queda relegada al último puesto a la hora de compararla con los inolvidables canales venecianos o el precioso paseo marítimo que rodea a la Playa de la Concha de Donosti.

La película que daba comienzo al magno evento ha sido Arbitrage, el debut en largometraje de ficción de Nicholas Jarecki, un director que probablemente salga disparado tras esta película dada la sobriedad y elegancia con la que ha filmado esta primera incursión en el cine de Hollywood. De hecho la temática del guion, que también escribe él, propone una dura crítica a los avariciosos magnates norteamericanos, lo que suele granjear muchas amistades entre el sector cinematográfico más demócrata, incluidos sus dos actores protagonistas, unos muy activistas Richard Gere y Susan Sarandon. Aquí en cambio se pasan al lado oscuro para encarnar a un matrimonio de las altas esferas neoyorquinas y así desarrollar un thriller dramático que aunque provoca dejavu’s con demasiada frecuencia, consigue que los olvidemos gracias a las aptitudes del director por contar su historia con suma eficacia y el magnetismo de un Richard Gere en muy buena forma.

Con un fraude económico de magnitudes no aptas para mortales como telón de fondo, la verdadera síntesis del filme se centra en el retrato del personaje interpretado por Gere, Robert Miller. A partir de un trágico accidente de tráfico que acaba con la vida de su amante, Robert se verá inmerso en una investigación policial que promete poner en tela de juicio toda la operación económica que pretende cerrar con la venta de su empresa. El reflejo de su personaje se antoja tan nítido y veraz y Jarecki propone un guion tan honesto -en ningún momento cae en secuencias facilonas- que a Gere apenas le basta su caminar chulesco y una interpretación muy sobria para terminar de cuajar el desarrollo del protagonista y villano de Arbitrage.

Sin embargo el poso deja entrever que la película de Jarecki se queda algo corta en el plano sentimental de Robert, que apenas despega en el tramo final con el conflicto que mantiene con su mujer Ellen (Susan Sarandon) y su hija Brooke (llevada por la talentosa Brit Marling), ambas gravemente desaprovechadas. De esta manera el epílogo genera un debate ético en el personaje de Brooke tan de agradecer como la repulsiva discusión matrimonial entre los dos protagonistas, donde la codicia se convierte en elemento de revelación y justicia moral. Porque ése es parte del cuadro que pretende dibujar aquí Jarecki y que se queda a medias por centrar sus esfuerzos con demasiada gana en la manida pero funcional -porque sirve para construir a Robert- trama policial paralela, cuestionando a unos personajes que viviendo en un mundo en el que los millones son chatarra y el riesgo económico forma parte de un juego adictivo, la ambición siempre acaba convirtiéndose en una avaricia sólo excusada, y quizá de forma muy egoísta, por la salvaguarda de la familia.

Y así se cierra la trilogía empezada por el portentoso documental Inside Job, continuada por la sobria y fría Margin Call y finiquitada con esta destacable Arbitrage. Y ya vale, eh.

La siguiente película del día era Bestias del sur salvaje, de la que ya os hablé en la cobertura del Festival de Sundance que hicimos aquí y de la que os volví a contar más cosas una vez pude verla en Cannes. Allí me costó mucho digerirla y disfrutarla dado el esfuerzo auditivo que tuve que ejercer con motivo del acento de la jovencísima Quvenzhané Wallis, con lo que este revisionado no sólo me ha servido para conectar con la historia desde el primer momento, sino también para prestar atención a cada uno de los detalles que por la tarde me servirían en el encuentro con su director Benh Zeitlin.

Cuando os hablé de Bestias del sur salvaje en el post de Cannes destaqué los apartados visual y musical de la película, sin embargo no la pretensión real de Zeitlin, la de reflejar a la Louisana real que “tanto le inspira” y de contar con(y junto a) ella la deliciosa fábula protagonizada por Hushpuppy. El granulado de su fotografía, tan espectacular en la gran pantalla, o el desfile musical que refuerza la expresividad emocional de Hushpuppy son sólo detalles de la construcción de un mundo del imaginario más exquisito que se haya podido conocer en el cine independiente de los últimos años. El juego metafórico de las bestias, quizá algo rebuscado, y un desliz en la estructura narrativa, excusado por Zeitlin de forma algo gratuita en la entrevista, no empañan un sensacional debut que le puede acarrear alguna sorpresa que otra en la temporada de premios que se nos viene encima. Aunque eso ya poco importa; lo que sí debéis saber es que la película llegará a España (de la mano de Golem), que su director ya ha sido reconocido en los prestigiosos Festivales de Sundance (Gran Premio del Jurado) y Cannes (Cámara de Oro) y que su emocionante historia debe verse en versión original subtitulada con tal de que me perdonéis el desastroso artículo que escribí en Mayo.

Para finalizar la jornada, y de la mejor forma posible, me esperaba en el incómodo teatro Principal de Donosti la Blancanieves de Pablo Berger, tercera versión del cuento de los hermanos Grimm en este 2012 y con suma diferencia la más original y disfrutable de todas. Porque ante todo la película de Berger consigue versionar el relato infantil con la simpatía y el arte de la Andalucía años 20 que propone el escenario de esta Blancanieves. Sin embargo tengo la certeza que desvelar con mayor precisión los detalles que producen la magia de esta película es atentar contra la virginidad del imprescindible primer visionado, y por esa razón basta con que refiera a algunas generalidades para demostrar la belleza de este largometraje.

Berger maneja a la perfección el estilo narrativo mudo, ha sabido amoldarse a los perfiles de la hegemonía cinematográfica propia de la segunda década del siglo XX, a las autorías que engrandecieron a Murnau o Griffth y además las ha fusionado, sin que apenas chirríe, con escenas más acordes al cine contemporáneo; sobre todo en cuanto a velocidad en el estilo, a abundancia y reiteración de los saltos temporales y a cierta crueldad gráfica más apropiada a la, y disculpen la redundancia, desvirgada mirada del espectador actual. En cambio los planos que necesitan una técnica más esmerada, y una dirección de dobles más apropiada, desfilan con cierta torpeza por las plazas de toros escenificadas en el filme.

La ya referida original inspiración de los hermanos Grimm funciona además en prácticamente todos los ámbitos gracias a sus protagonistas y el libreto de Berger, que sabe exprimir muchas de las posibilidades de la adaptación, sobre todo en el sorprendente final, mientras que en otras peca de cómodo, en concreto una vez Blancanieves (Sofía Oria, Macarena García) ya se ha hecho mayorcita. En el plano interpretativo la joven queda relegada a un segundo plano debido a la irrepetible actuación de Maribel Verdú. “Uno de sus 8000”, sin duda, porque la actriz se desenvuelve de forma espléndida en su patético pero sensual personaje, convirtiéndose además en uno realmente repulsivo por motivo de la explícita conversión en villana que retrata Berger; de hecho solo a veces se ve desdeñada con la aparición de los caricaturescos pero entrañables seis enanitos. Y es este tono a veces grotesco otra de las pegas que pueden atribuírsele a Blancanieves, porque aunque la superficialidad cómica se reprima con la sátira alusiva al cuento (o los cuentos), el resultado final no es la excepcional brillantez que podría haber finalmente sido este valentísimo y satisfactorio esfuerzo de Pablo Berger.

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