[Festival de San Sebastián] De jaulas doradas, violencia cantada e imágenes ausentes o invisibles

Una serie de notables propuestas del Festival nos acercaron a duras y complejas realidades humanas

Tras la pasión, la resaca. El cine, y más en los festivales, emborracha a quien se deja seducir por su forma y emoción, pero esconde también, cómo no, el peligro del alcohol engañoso o de baja calidad. Para que nos entendamos, el cine de garrafa. Que lo hay, también en los festivales. Pero esa es otra historia. La cuestión es que el Zinemaldi, con su desafiante calendario de sesiones, todo un puzzle irresoluble para cinéfilos insaciables, y su querencia por las sesiones golfas (hay que dar una oportunidad a acreditados y despistados varios que sufren los habituales “Sold Out” de las sesiones vespertinas) impone un modo de vida, temporal pero implacable, regido por las alarmas matinales (a ver quién se atreve a perderse los pases estrella de las 9 de la mañana, primera y quizá última oportunidad de ver alguna película) y sometido a la constante incertidumbre del número de horas durante las que se podrá encontrar refugio en el sueño reparador de una cómoda cama (a poder ser, cerca del Kursaal). Llega un momento en que uno ya no sabe  si está comiendo un pintxo o escribiendo una crónica (las dos cosas se atragantan fácilmente a este ritmo), aplaudiendo en el majestuoso Victoria Eugenia o (puestos a delirar) surfeando en la imponente Zurriola. Donostia nos confunde, pero en estos 9 días (que, para quien esto escribe, y por desafortunadas circunstancias personales, se han visto reducidos a 5, pero qué 5…), nos hace inmensamente felices, esa sensación que no tiene precio, ni cabe en un tuit rápido al salir de la sala de cine.

la dune

Y, pese a todo, el Festival también quiso recordarnos, tras los amores y ternuras iniciales, que la pasión sí tiene, o mejor dicho, cobra,  un precio. La coproducción franco-israelí La Dune habla de fantasmas del pasado, de renuncias dolorosas supuestamente relegadas al olvido, mediante un artificioso tono de intriga pseudopolicial que resulta simpático en su ingenuidad y razonablemente entretenido gracias a la sólida presencia de Niels Arestrup (sí, el secundario inolvidable de El Profeta, visto recientemente en Perder la razón y muy pronto en Quai D´Orsay, presentada también el Zinemaldia) y la repentina aparición fugaz de otro astro del cine galo, Mathieu Amalric. Su intervención en esta modesta producción constituye la mayor sorpresa a lo largo de un metraje ajustado en el que cabe aplaudir una creíble y meritoria, por poco frecuente, aproximación a la homosexualidad en la tercera edad (a ver si el precioso documental Les Invisibles llega por fin a España).

Más críptica y compleja se pretende la otra propuesta israelí a concurso en la sección de Nuevos Directores, Funeral at Noon, que explora la soledad de dos extraños personajes  (un niño y una mujer casada, perturbadora en su gélida timidez), residentes de una comunidad rural muy cercana a unas ruinas empleadas por el Ejército para entrenamientos periódicos. El interesante desconcierto inicial se ve sucedido por una fría monotonía en el desarrollo dramático, perjudicado por la total falta de empatía o humanidad de la protagonista y una fotografía tan cuidada como ensimismada. Una pena.

funeral at noon

Puestos a explorar lugares empapados de infelicidad o aislamiento, dos interesantísimas propuestas lograron contagiarnos plenamente el sufrimiento que ha marcado, y, seguirá marcando si no se toman medidas más drásticas y decididas, el paisaje humano de la frontera  entre Méjico y Estados Unidos. Ese punto oscuro en el mapa donde se alimentan y aniquilan sueños, se multiplican espejismos, un territorio que el Diablo o sus poderosos secuaces humanos debieron elegir en su día para instalar algo así como un sucedáneo concentrado del Infierno. Hablamos de la situación actual de Ciudad Juárez, a cuya tremenda realidad cotidiana se acerca Shaul Schwartz en su demoledor documental Narco Cultura, contrastando el irrespirable clima de violencia diaria en la ciudad fronteriza con el creciente éxito experimentado, a uno y otro lado del muro divisorio, por los narco-corridos, terrorífica variante de las rancheras consagrada a la glorificación de la vida y hazañas de los más conocidos narcotraficantes.

Prepárense quienes ya se asusten al detenerse en la letra de algunos célebres hits reggaetoneros. Esto va más allá. Al punto exacto de estupor donde las referencias “alegres” a cabezas decapitadas, K-47s y liquidaciones rápidas ilustran también la derrota de toda una sociedad, incapaz de responder con la suficiente contundencia a la amenaza mortal del narcotráfico, cegada por la tentación del éxito a cualquier precio. Schwartz recurre a una estrategia de montaje obvia pero eficaz, que solo cede en fuerza e intensidad al llegar un último tramo más bien redundante: se trata de seguir paralelamente las historias de un policía forense de Ciudad Juárez en su rutina profesional (si se puede llamar así, con el fantasma de la muerte acechando a cada esquina) y un famoso creador de narco-corridos ante la perspectiva (para él, gozosísima) de conocer “por fin” Sinaloa. De excelente factura visual e indudable valentía, Narco Cultura explora los tentáculos más insospechados del horror a través del potencial de las imágenes, los testimonios y la realidad, para hablar por sí sola, en su cruda y paradójica desnudez, del descorazonador estado de las cosas (y, sobre todo, de las personas).

narco cultura2

La frontera cobra también protagonismo en la igualmente estimable La Jaula de Oro, el debut en el largometraje del español afincado en Méjico Diego López-Quemada. Su mérito no reside tanto en la originalidad de la propuesta, sino en contar de forma creíble y sentida uno de los  dramas más profundos de nuestro tiempo: el fenómeno de la emigración, fruto de los desequilibrios económicos imperantes y antesala inevitable del desarraigo, la soledad, el miedo. El durísimo viaje de tres adolescentes (uno de ellos, indígena) hasta Estado Unidos, retratado con un estilo cercano al documental, pero salpicado de impactantes (a veces un tanto bruscos y convencionales) golpes dramáticos, adquiere, en las sensibles manos de López-Quemada, los conmovedores contornos de una epopeya de descubrimiento de lo más hermoso, y también lo más terrible, de la vida:  la eterna huella de la amistad, imborrable pese a las toneladas de crueldad, injusticia y sufrimiento con la que algunos pretenden anular nuestra más básica y solidaria humanidad.

la jaula de oro2

De los dilemas de la adolescencia en contextos difíciles habla también otro esperado hit festivalero del año, Harmony Lessons, un encomiable descubrimiento por lo meritorio de su procedencia geográfica (Kazajistán, país de cuya cinematografía no teníamos apenas constancia) y la potencia de su aproximación a temas tan complejos como el bullying, la psicopatía o, en clave más local (¿o no?), los abusos consentidos, incluso amparados, en una sociedad obligada a afrontar los desafíos del progreso sin haber logrado deshacerse aún del yugo de la pobreza y el subdesarrollo. Todo ello con sutileza, brillantes elipsis y un elegante realismo sustentado en la fuerza de una fotografía que fue premiada en la pasada Berlinale y proporciona a la película una llamativa nitidez visual, perfecta para retratar en  toda su desoladora, y amenazante, belleza, el mundo rural del país. La frialdad de tono quizás impida conectar al máximo con la película, pero es una elección lógica, dada la finalidad y el núcleo temático del filme, que el director no duda en armonizar con un penetrante y poético  uso final de la alegoría.

Harmony_Lessons

La naturaleza cercana e imprevisible de la tragedia humana protagonizó igualmente dos de las “perlas” en busca del Premio del Público: el éxito Sundance del año, Fruitvale Station, y la triunfadora de la sección Un Certain Regard en Cannes, L´Image Manquante. Lo mejor que se puede decir de la primera es que la culpa de su evidente sobrevaloración en Estados Unidos (con un injustificable 85/100 en Metacritic) no es de la propia película, que no luce especialmente pretenciosa, sino del sospechoso funcionamiento de una industria que ha convertido definitivamente a Sundance (o, mejor dicho, a sus premios, porque el Festival sigue atesorando grandes joyas) en una nueva máquina publicitaria para contentar a la masa de público con supuestas maravillas “indies” (#postureocinéfilo) que en realidad albergan poco riesgo y aún menor independencia creativa. No hay más que ver el logo de los hermanos Weinstein (¡Haaaaarvey!, como gritaría nuestro Nanísimo) al comienzo de la proyección para entender por dónde van los tiros.

Fruitvale Station 1

Si no fuera porque resulta demasiado descarado (y todo un agravio comparativo si recordamos la imperfecta pero puntualmente maravillosa Bestias del Sur Salvaje del año pasado) intentar colarnos de nuevo (en los Oscar, en los frecuentes hypes exclusivamente confeccionados para el mercado interno de Estados Unidos) esta aceptable crónica emocional de una flagrante injusticia, hablaríamos de lo creíble que resulta la descripción de lugares y personajes desarrollada por el debutante Ryan Coogler, de la verdad que se aprecia, pese a todo, en una aproximación indisimuladamente elegíaca, empática y sentimentalista al último día de vida de un joven afroamericano con muchas cosas de las que arrepentirse, y también muchas por las que sentirse orgulloso (básicamente como todos, de ahí la cercanía que se logra con el espectador), víctima finalmente de un brutal abuso policial. Desde luego, hay matices en el retrato del protagonista, poderosamente encarnado por Michael B.Jordan, y una agradecible modestia en el formato de la producción, que quizá nunca hubiera soñado con ser más que la legítima película-denuncia-homenaje que clamara justicia por unos hechos que aún la exigen. Hasta que llegaron los premios de público y crítica, las previsiones de Oscar, los Weinstein. Y entonces solo reparamos en lo sensacionalista (esa foto final) y simplona que esta película llega a ser en sus peores momentos.

l_image_manquante

Afortunadamente, L´Image Manquante demostró que, partiendo de unos estremecedores hechos reales (en este caso, el totalitarismo del régimen de los jemeres rojos en Camboya, que llegaron a deportar a todos los habitantes de una populosa ciudad de clase media al campo, para esclavizarles en terribles trabajos forzados), se puede construir un impagable documento cinematográfico: creativo, por su densa mezcla de imágenes de archivo y sorprendentes retablos estáticos con figuras de barro; valiente, por su naturaleza autobiográfica e intenso espíritu crítico-reflexivo; poético, por el lirismo desgarrado de la voz en off, y, sobre todo, profundamente conmovedor, impactante, dotado de una extraordinaria resonancia emocional, que caló hondo en el público de San Sebastián (como lo hará allá donde se proyecte) y le hizo merecedor de una de las tres mejores valoraciones populares del certamen. Rithy Panh, con una larga carrera como documentarista  y ocasionales incursiones en la ficción, entrega una obra que emerge de las entrañas más profundas de su corazón, un alegato a favor de la libertad, y un recordatorio de las barbaries que el ser humano ha cometido, y sigue cometiendo impunemente, contra los de su misma especie. Con sus reconstrucciones a modo de “belenes”, brutales en su sencillez y artesanal belleza, Panh logra transmitirnos el horror vivido en su infancia y, en su búsqueda de la “imagen que falta”, nos remite al sentido último del cine, los Festivales, el arte: servir de cauce de transmisión de aquellas realidades y emociones que la represión, el terror, el olvido, nos han impedido conocer o comprender.

Comentarios

comentarios

More from Álvaro G Illaramendi

Los Tesoros de la Cineteca (II): Los Ilusos

Os hablábamos hace pocos días de una de esas maravillas  escondidas que...
Leer más

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *