[Festival de Sitges] High Rise: de películas que soñamos

Ben Wheatley adapta la novela de J.G. Ballard con una ambiciosa y caótica película protagonizada por Tom Hiddleston

En  El zoom de 60 minutos (1976), esquiva puerta de acceso al universo de J.G. Ballard, un hombre permanece  frente a un moderno hotel de la costa catalana (¿El Meliá de Sitges?) dispuesto a grabar el adulterio de su mujer. La cámara (de dilatación eróticamente hitchcockniana) atrapa la escena hasta alcanzar un clímax envuelto en sangre. El lector pasa de ser observador a cómplice. Lo que creíamos que pasaba en tiempo real en realidad no es más que una grabación, la ensoñación mutada en imágenes de un asesino cinéfilo, que nos convierte a nosotros, lectores, en espectadores de su propio anhelo.

Hay que tenerlo claro: a veces la mejor manera de ver películas es soñarlas. Ahí está ese Dune de Alejandro Jodorowsky, La isla del tesoro de Orson Welles o ese High-Rise que tantos directores intentaron levantar antes de Ben Wheatley. El texto en sí no es más complicado que otras obras del autor de Playa terminal, desde la serie de novelas apocalípticas como El mundo de cristal hasta los infiernos de la nueva realidad plasmados en Crash y La isla de cemento. En High-Rise (Rascacielos) nos encontrábamos con un joven doctor que, cansado de vivir en la ciudad, decide mudarse a un nuevo complejo de apartamentos, cuyos niveles parecen clasificar a los diferentes residentes y que, tras diferentes problemas con la luz y la calefacción, iniciarán una lucha de clases.

El problema era, como de cualquier adaptación, el cómo. Una obra que había pasado por tantas manos (la última, la de un Vincenzo Natali pre-Hannibal (la serie) obsesionado por situar la novela en el presente y colocar en el rascacielos en el centro de una isla) parecía condenada al fracaso, a la sensación de obra inadaptable, condenada a desilusionar a cualquier tipo de espectador.

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La sutilidad bestial de J.G. Ballard desaparece en High-Rise

Más tarde, mientras estaba sentado en el balcón comiéndose el perro, el doctor Robert Laing recordó otra vez los hechos insólitos que habían ocurrido en los tres últimos meses.” Así empezaba “Rascacielos” y así ha decidido exactamente iniciar la película el director de Kill List, plena declaración de intenciones, como si temiera que alguien fuera a acusarle de no respetar el material, como si su película fuera a ser comparada (lo ha sido) por el antecedente de Ballard en cine (la obra maestra que es Crash, de David Cronenberg).  Sin embargo, la mutación del papel a la gran pantalla no iba a quedar exenta de problemas. La sutilidad bestial de Ballard desaparece: Lo metafórico se transforma en sátira histérica. La ensoñación en un subrayado quizás innecesario (¿crítica al capitalismo?¿Crítica a las clases sociales?¿Crítica al ser humano?).

En la última hora, la película se convierte en un viaje apocalíptico y nos ofrece infinidad de imágenes para el recuerdo

Y pese a todo, High-Rise fue la película más valiente, arriesgada y compleja del Festival de Sitges. Razones por las que está destinada a ser una película de culto son varias. En primer lugar, lograr con éxito adaptar un texto y hacerlo propio.  Sí, “Rascacielos” es Ballardiana pero también indudablemente de Ben Wheatley, cuyo gusto por la sátira y la confusión (no siempre acertada) están en plena armonía con el proceso apocalíptico de la Torre. Sí, High-Rise es  el caos guiado con un gusto por la simetría y el exceso, entre el Brazil de Terry Gilliam y La naranja mecánica de Stanley Kubrick, capaz de encontrar una poesía malsana en momentos de lo más inspirados (¡Esos planos de la fruta podrida en el supermercado! ¡Esa versión de S.O.S de Abba a manos de (…) ¡Portishead!!)

En segundo lugar, las interpretaciones. Nunca Tom Hiddleston y Siena Miller habían estado mejor y tan entregados, incluyendo todo un brillante reparto de secundarios (¡ese Jeremy Irons!). Y por último, High-Rise acepta riesgos. En la última hora, la película se convierte en un viaje apocalíptico y nos ofrece tal cantidad de imágenes para el recuerdo (¡Ese caballo en la azotea! ¡Esas visitas al supermercado! ¡Esas torturas en la cinta del gimnasio!) que resulta imprescindible más de un visionado.

High-Rise Tom Hiddleston Cinéfagos Ben Wheatley

El tiempo dirá si permanece como un clásico o si la gran novela de Ballard aún está por adaptarse

Quienes critiquen de confusión habría que volver a Ballard. “Ahora que todo había vuelto a la normalidad,al doctor Liang le sorprendía que no hubiera habido un comienzo, una línea que ellos hubieran atravesado entrando en una dimensión indudablemente más siniestra”. Quizás “High Rise” triunfa precisamente por eso: por no ofrecer finales ni respuestas claras, no conceder nada más que un retraso (distorsionado) sobre una realidad que trepanará la cabeza del espectador acomodado, una canción elegíaca sobre un final que no termina de concretarse.

Experimental, incómoda y decididamente única,  “High Rise” es una película sólo apta a los valientes que se lancen a la piscina( figurada y literal). El tiempo dirá si permanece como un clásico o si la gran novela de Ballard aún está por adaptarse. De momento, podemos soñar tranquilos.  Esta vez, la película está más cerca de la cual soñamos mientras tomábamos el sol, entre cemento y cristal.

De las mejores del año…. Si se logra estrenar en España, por supuesto.

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