[Festival de Toronto] 2ª jornada, contundentes victorias de ‘Eden’ y ‘Nightcrawler’

Mia Hansen-Love y Dan Gilroy presentaron con éxito sus dos últimas películas en la cita canadiense

El skyline de Toronto, de brillante acristalado, parece haber pasado ya la reválida para la siguiente generación de metrópolis contemporáneas. Lo mismo ocurre con su planta baja: grisácea y atropellada por sucios tranvías y muscles de potentes luces de xenon. Todo está preparado para el próximo ideario sci-fi de ciudad a varias alturas. Los barrios bajos, cansados y decrépitos, opuestos a las pudientes y relucientes alturas.

El Scotiabank Theatre, de vecindad arquitectónica heterogénea, está colocado entre oficinas de lujo, edificios industriales de baja altura y agujeros que esperan ser llenados con nuevos bloques de acero, cristal y cemento. Su exterior, futurista a modo de lanzadera, se abre con un amplio hall y unas escaleras mecánicas que parecen subir hasta el cielo, hasta ese porvenir no tan lejano en el tiempo. La llegada a la cima descubre lo esperado: un multicines con todos los lujos que una industria como esta puede permitirse en un continente como este. No hay, en cambio, nada especialmente sorprendente esperando arriba. No hay historias, ni crímenes, tan solo unas salas de cine y una ingente cantidad de cinéfilos que tratan de colarse en la siguiente película. Porque puede que Toronto quiera dispararnos a lo más alto, pero por las películas de hoy queda claro que, por el momento, lo verdaderamente emocionante está en los bajos fondos. Como casi siempre.

 

The Drop de Michaël R. Roskam, y’know how this neighborhood works, right?

Y si no que se lo digan al belga Michaël R. Roskam, que ha cruzado el charco tras la sorprendente Bullhead para rodar un thriller en las calles de Brooklyn. En The Drop, su nuevo trabajo, colabora con el aclamado guionista Dennis Lehane (Mystic River) para adaptar una historia de este último: ‘Animal Rescue’, sobre un camarero de un bar de barrio (Tom Hardy) que da de bruces con varios problemas tras encontrar un cachorro en la basura.

La trama de The Drop no dista demasiado de otras obras del género. De hecho, el cine noir siempre suele dar con la misma clase de personajes: la chica maltratada (Noomi Rapace), el descarrilado delincuente (Mathias Schoenaerts) o el mafioso nostálgico (James Gandolfini); y la misma sucesión de acontecimientos. Roskam, por tanto, no trata de esconder en ningún momento esa carente originalidad y sí, entonces, de apostar fuerte por otras facultades del libreto de aires Kazanianos que firma Lehane. Porque lejos de lo mucho que abusa del elemento clave a la hora de crear empatía (¡guau, guau!), el realizador europeo se acerca muy bien a sus personajes y mantiene la intriga y la ambigüedad de los mismos hasta bien avanzada la película. No es que sea críptico o tramposo, pues la coherencia existe, simplemente prefiere abordar los problemas de los protagonistas en el tramo final para cargar de intensidad las consecuencias de la historia.

Y esas consecuencias parten con la misma idea que abusa de los figurantes desde el principio: el barrio como creador de avatares. Lo explica muy bien el personaje de Tom Hardy: ‘Ya sabes cómo funciona este barrio, ¿no?’. No habla del instinto de supervivencia de los que en Brooklyn viven, sino del papel que adopta cada uno en el mecanismo criminal para que los engranajes encajen. The Drop, por supuesto, también es un mecanismo que funciona, y las ruedas dentadas más importantes tienen nombres y apellidos: el espectacular reparto, la vibrante dirección de Roskam y el buen guión de Lehane. Oh, y el perro.

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Nightcrawler de Dan Gilroy, Louie Bloom a tu servicio

En un marco totalmente opuesto colocaríamos a Nightcrawler, el arriesgado debut del guionista y productor Dan Gilroy en la dirección, que además de estar ambientado en Los Ángeles, una ciudad que no tiene nada que ver con Toronto o Nueva York, coloca el foco en un excéntrico emprendedor llamado Louie (Jake Gyllenhaal) que decide meterse de lleno en el negocio de la producción de vídeos de noticias. De Brooklyn y la mafia a Santa Mónica y el amarillismo periodístico. Dos gotas de agua.

La excentricidad que caracteriza al personaje de Gyllenhaal, un joven hiperactivo hecho a sí mismo que busca poner propósito a su talento, es precisamente la que define las formas del filme. Gilroy no tiene reparos en reconocer la locura de su película y, de hecho, se muestra bastante indulgente con los disparates de Louie y deja que Nightcrawler salga disparada y sin frenos. Pero esa misma extravagancia es la que dota al filme de un carácter único y de irreprochable valía, lo que sumado al buen ritmo y a ese retrato tan adictivo de la L.A. nocturna firman un trabajo completísimo sobre la desfachatez periodística y las exigencias de la ambición.

Ahora, lo que importa aquí es Louie, un protagonista salvaje a la altura del Christian Bale de American Psycho. La presencia física del Louie de Gyllenhaal es incuestionable en esta Nightcrawler, pero lo que le convertirá en un hito del thriller es la verborrea, ese verso constante que varía entre la cita a libros de estudio for Dummies y una endiablada picardía negociadora, con la que engalana algunas de las escenas más bestias y descarnadas de la película.

Louie Bloom. Quedémonos con ese nombre.

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Eden de Mia Hansen-Love, de fracasados y música house

Con el que nunca llegamos a quedarnos del todo fue con Paul, el protagonista de la nueva película de Mia Hansen-Love, un DJ parisino que durante los noventa trató de hacerse un hueco en la historia del nacimiento y auge de la música house francesa. Hansen-Love hace así un acercamiento sencillo y cálido a la aventura de Paul, un adolescente calmado pero irresponsable con ganas de comerse el mundo pinchando en las raves y discotecas de la capital gala.

A la sombra de compañeros de juerga como Daft Punk, Paul juega con las cartas de la gente mayor, creyendo ostentar un poder y una importancia que todavía no le pertenecen, como si el hecho de contar con una mesa de mezclas como fortificación le detentara el puesto de rey de la fiesta. Tira el dinero, cae en deudas y desatiende sus relaciones personales. Al final, a Hansen-Love le queda un retrato bastante certero de una, o incluso un par, de generaciones: los hijos del ‘cuando todo iba bien’.

El viaje de Paul, que se alarga por más de dos décadas, no cede en intensidad o incoherencias, algo que parece casi insalvable con saltos temporales tan a menudo, sino que en cambio se legitima todavía más como reflejo generacional. La biografía de un fracasado para enmarcar al resto de perdedores. Todo ello al ritmo de la música electrónica, disco y house que acompaña a los paseos humeantes de la cámara de Hansen-Love. Decenas de fiestas chutadas de cocaína y champagne barato hasta el culo y resguardadas de las preocupaciones del hombre contemporáneo. Porque la responsabilidad, entre tragos, bailes y luces de discoteca, suele cometer el error de quedarse esperando junto al portero en la alfombra que apostilla la entrada de turno. Lo que queda dentro, junto a un Paul enfrascado en sus vinilos, es el talento de Hansen-Love, que a este paso no tardará en tomar la salida para conquistar otras tierras, pues Toronto ya está tomada.

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