[Festival de Toronto] 3ª jornada, el despegue de ‘The Theory of Everything’

Hablamos del rotundo éxito del nuevo trabajo de James Marsh con Eddie Redmayne interpretando al astrofísico Stephen Hawking

King Street, la calle del festival, respira un aroma cosmopolita como ningún otro lugar lo hace en Toronto. Una manzana de ladrillo rojo, amurallada con vallas, patrullada por sombrillas de color verde y frecuentada por hambrientos paseantes con ganas de devorar unos noodles o un filete abrasado, enfrenta directamente al TIFF Bell Lightbox, el edificio que durante el resto del año ejerce como centro neurálgico del cine en esta metrópolis. La contraposición de géneros: food & movies, funciona cuando el público que los regenta tiene dinero. Y aquí la gente lo tiene, de ahí que con semejante ambiente pueda uno creerse en un parque temático cool para hipsters del cine de autor y el sushi a $3 la pieza.

Esta combinación de elementos, cine y comida, sumado a la abrumadora asistencia de público que tiene este Toronto International Film Festival, caricaturiza, perturba, si cabe, esa imagen adinerada del callejero de la ciudad, y la degrada al nivel turístico del que seguro huirán muchos autóctonos. Lo que sí se mantiene presente es la convergencia de públicos cinematográficos, que los hay y muy diferentes. Quizá no exista riqueza intelectual en todas las conversaciones, pero puede percibirse una atmósfera apasionada por las películas y el fascinante mundo que las rodea. Es probable que topes con las prisas de los distribuidores, que entran y salen de las salas buscando un filme que comprar; con el pesimismo de los periodistas, que tienen que hacer frente al estrés soportando proyecciones verdaderamente deprimentes; o con la lengua viperina del público, deseoso siempre de arremeter contra la previsibilidad o falta de ritmo de la obra de culto de turno, pero al final lo que queda es una ciudad en la que, por unas semanas, tan sólo se respira, no ya cosmopolitis, y sí auténtico cine.

 

The Theory of Everything de James Marsh, “While there’s life, there’s hope”

Uno de los títulos presentados aquí y que puede ganarse el favor de todos los públicos es The Theory of Everything, el nuevo trabajo del (a ratos) documentalista James Marsh (Man on Wire, Project Nim). El cineasta abraza los elementos más obvios del clasicismo británico para contar la historia del astrofísico Stephen Hawking y su primera mujer, Jane Wilde, mientras lidian con la enfermedad degenerativa del primero.

Marsh, que de forma bastante inteligente cede la mayor parte de la responsabilidad dramática a sus líderes de reparto, adopta el estilo británico habitual para esta clase de melodramas románticos: el acercamiento a los personajes, sencillo en el drama y solemne en los acontecimientos célebres; la importante presencia de la composición musical; la fotografía de alto contraste para la época; y el humor inglés, por supuesto. Curioso pero imprescindible, cabe decir, el hecho de que los oasis cómicos se hallen siempre en el mayor tabú de la vida de Hawking de cara al público: el sexo.

Y aun así lo que primero descarta Marsh en The Theory of Everything es el morbo, que de nada le sirve para su historia en comparación al romance, la lucha contra la enfermedad o la luminosidad que desprenden sus personajes. El director inglés, muy inteligentemente, apuesta por las miradas y las sonrisas y facilita la conversación del filme con la audiencia. Se crea así un entendimiento entre Jane, Stephen y el público que luego fortalecen los actores, porque por mucho que nos desentendamos del ya conocido aspecto formal o de la poca osadía narrativa, siempre queda disfrutar de lo que verdaderamente hace extraordinario a este largometraje: las impresionantes interpretaciones de un Eddie Redmayne que al fin confirma el excepcional potencial que tiene frente a la cámara y de otra Felicity Jones que desde Like Crazy venía exigiendo un papel a la altura de su talento.

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A Second Chance de Susanne Bier, Not Safe For Mothers

Menos unanimidad ha ganado la vuelta a los ruedos festivaleros de Susanne Bier, quien pese a tener otro filme en espera ha venido a Toronto con un nuevo trabajo, A Second Chance. Protagonizado por Nikolaj Coster-Waldau, esta historia familiar danesa ahuyentará de las salas a las madres primerizas por su enrevesado y dramático punto de partida, en el que un hombre afrontará la muerte de su hijo recién nacido sustituyéndolo por el de una pareja de adictos.

Pese a tener que recurrir a ciertos trucos argumentales, tal y como parecen haberse acostumbrado todos los thrillers nórdicos del último lustro (Headhunters o El hipnotista, por ejemplo), Bier sabe sacar a relucir las facultades de su cine más intimista. Ayudada por un potentísimo Coster-Waldau, la realizadora danesa centra la cámara en el desarrollo psicológico de su protagonista y el autoengaño moral por el que transita. Ahí funciona A Second Chance. Al tratar con cordura a su líder de reparto. Porque puede que haya desvaríos a la hora de armar la línea argumental, pero lo que sí existe es una sinceridad y un realismo certeros con el personaje. Y no necesita mucho más Bier para finiquitar una obra, en definitiva, muy atractiva.

"En Chance til"

 

Men, Women & Children de Jason Reitman, ultraje

Un asiduo del festival es Jason Reitman, que en el día de ayer presentó en Toronto su última fechoría: Men, Women & Children, un drama a varias voces sobre la ‘desconexión’ que estamos sufriendo del resto de contendientes en esta batalla llamada ‘vida’ por culpa de la dependencia tecnológica. A Reitman, que le va eso de acercarse al deterioro sentimental de los personajes para despojarlos de su superficialidad, el tema le viene que ni pintado. Cómo internet nos está cambiando la vida. Cómo nuestros errores están tomando formas tan dispares por culpa de la tecnología. Lo que se pregunta el cronista es cómo demonios se cree Reitman que vamos a tragarnos una pantomima de semejante calibre sabiendo que ya hubo un cineasta hace dos años, aka Henry Alex Rubin, que nos contó exactamente lo mismo en Disconnect. Y de forma bastante más emocionante.

Podríamos comparar a Men, Women & Children con Crash, la de Paul Haggis, pero es algo que ya hicimos hace dos años con Disconnect. Podríamos alabar el vistazo panorámico que pega Reitman a la problemática tecnológica que tanto acusan las rutinas de las sociedades occidentales, pero de nuevo hablaríamos de algo que ya escribimos hace dos años con Disconnect. Incluso podríamos hablar del buen reparto de caras no tan conocidas que brillan en la pantalla, pero también estaríamos remitiendo a un análisis que ya contamos hace dos años con Disconnect. Entonces, ¿merece la pena decir algo más? No, amigos, no hase falta desir nada más.

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