[Festival de Toronto] 7ª jornada, de sonrisas con ‘Love & Mercy’, ‘While We’re Young’ y ‘Gemma Bovery’

Bill Pohlad resucita la pasión por los Beach Boys con el impresionante biopic que protagonizan Paul Dano y John Cusack

Camina el cronista hacia el teatro para la primera película de la mañana, mas no sin antes hacer una necesaria parada en el Starbucks Coffee de la esquina. Verdes, marrones y un cargado calorcillo de sabor a café ahuyentan los primeros fantasmas del sueño. La dependienta, amable como cada canadiense de esta ciudad, se sabe el pedido de memoria: “Caffè mocca, tall, without cream and a chocolate cookie. And your name is E-M-I-L-I…”. “-O”, responde él, balbuceando, todavía estupefacto por el hecho de que a tres días vista la camarera ya haya aprendido su marcada (y cosmopolita) rutina de turista disfrazado de reportero. “Quizá se acuerde por la muerte del banquero”. Lo piensa, pero no lo dice. Sonríen.

Repite la situación al día siguiente. Esta vez, el deletreo no hace ni falta. Ella ya se ha tomado la libertad de escribir ‘Emilio’ en la superficie del vaso. “And an expresso, please”, pide él, que provee cafeína para un compañero. “A este paso, cazafantasmas”. Lo piensa, pero no lo dice. Y vuelven a sonreír.

De nuevo en la calle, le toca aligerar el paso. Llega tarde. Los cafés, la galleta y el móvil repartidos por sus manos. Porque qué demonios, en España es mediodía y hay que aprovechar el primetime de Twitter. Las voluntarias del festival, de naranja, no pueden contener la risa. Tampoco es que sean el público más difícil, pues su misión es aguantar las puertas de entrada al hall del multicines durante toda la mañana, pero la escena algo de respuesta alegre sí merece. No digamos cuando al atareado adicto a las redes sociales se le vuelca medio café en la manga de la camisa azul celeste. No hay hielo que valga, el homicidio ya se ha cometido y la escena del crimen está impracticable. “No one is gonna see that mess in the dark [nadie va a ver esa mancha [de mierda] cuando el cine esté a oscuras]”. “Y porque no sabes lo que quema, graciosa de los cojones”. Lo piensa, y casi lo dice, pero no se atreve. Y sonríen todos, claro.

 

Love & Mercy de Bill Pohlad, SMiLE

‘Smile’ (sonrisa/sonríe) rezaba precisamente el título del álbum masterpiece que en 2004 alzara a Brian Wilson, cantante de los Beach Boys, como toda una leyenda de la música norteamericana. Su disco, un éxito absoluto entre la crítica, escondía la historia de un hombre atormentado que sufrió mucho para finiquitar la obra de su vida. Para poner remedio a la incógnita de ese maltrecho camino, Love & Mercy, la segunda película del respetado productor Bill Pohlad (El árbol de la vida, 12 años de esclavitud), trata de acercar al público la figura y el genio de Wilson con un biopic de los que dejan huella y, por supuesto, una justificada sonrisa.

Love & Mercy pasea en dos tiempos: el Brian Wilson de los Beach Boys en su apogeo, interpretado por Paul Dano, y el Brian Wilson solo, desconsolado y bajo la protección del doctor Eugene Landy (Paul Giamatti), encarnado por John Cusack. La comunicación de hilos argumentales sirve para dibujar con exactitud al protagonista, todo y que cada línea temporal aboga por estilos formales muy diferentes porque no cuentan lo mismo. Existe una necesaria coherencia de términos, pero nada tienen que ver el vérité en los estudios de grabación de los Beach Boys, que como reflejo del talento y fuente de intensidad musical tiene un poder intachable, con el drama romántico liderado por Elisabeth Banks, cuyo trabajo ayuda a la perpetuación del odio hacia un villano de aúpa, el Dr. Landy.

Es bueno ver a Banks salir de su zona de seguridad o a Giamatti controlar su histrionismo, pero aquí lo impresionante lo logran Cusack y Dano, que entre los dos configuran un Brian Wilson a cuya complejidad psicológica se remite en cada fotograma del filme. Desde su dependencia paterna (daddy issues, ya saben) hasta los primeros (y últimos) despuntes de su esquizofrenia, pasando por la clarividencia musical en la grabación del mejor disco de los Beach Boys: Pet Sounds. Todo fomenta la creación de un personaje moldeado con un respeto y un cariño más que evidentes y concluyen un filme inolvidable.

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While We’re Young de Noah Baumbach, de envidia generacional

Como también lo es el nuevo trabajo de Noah Baumbach, quien ya el año pasado nos dejara una de las obras maestras de la comedia actual: Frances Ha. While We’re Young, sobre las convivencias de un matrimonio de cuarentones con una pareja de jóvenes hipsters, es una oda a la correlación de generaciones y un estudio de la honestidad en los tiempos que corren. Resulta complicado ahora mismo encontrar comedias con tanto intelecto, pero puede el lector imaginarse una Malditos Vecinos sesuda y dar con esta película.

Protagonizada por unos encantadores Ben Stiller, en la piel de un director de documentales; Naomi Watts, como productora cinematográfica; Adam Driver y Amanda Seyfried, las victorias del filme pasan por el mordaz diálogo generacional que da pie a tantos chistes, el alargado anecdotario de gags estilistas (las camisetas de Dree Hemingway, impagables) y la tesis sobre la integridad documentalista, componente este último que conversa muy bien con la propia honradez de los personajes en la sociedad del momento.

Baumbach, que hasta se permite el lujo de componer un clímax con alegato épico sobre esa sinceridad universal incluido, vuelve a demostrar que es capaz de hacer uso de la comedia para hablar de generaciones tan diferentes sin arriesgar a la hora de alzarlas o denostarlas. Deja que se rían entre y con ellas, que ya es suficiente como para argumentar lo buena que es While We’re Young.

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Gemma Bovery de Anne Fontaine, diversión literaria

También en un régimen cómico algo intelectual, pero más encarado al plano literario, se desenvuelve la genial Gemma Bovery de Anne Fontaine, un relato que aúna realidad y ficción con la maestría que ya le vimos a François Ozon en la magnífica En la casa. Hilarante y (muy) sexy, Gemma Bovery reconstruye la trama del clásico de Gustave Flaubert (‘Madame Bovary’) a través de la curiosidad de un panadero normando (Fabrice Luchini, precisamente también protagonista de En la casa) que espía a sus nuevos vecinos británicos y ve cómo la novela que tanto ha leído toma forma en la realidad.

La confluencia de ese imaginario literario con la sucesión de acontecimientos genera una retahíla de momentazos cómicos, sobre todo favorecidos por la complicidad que reclama el personaje de Luchini como observador parcial de la historia, que buscan, y encuentran, decenas de carcajadas. Sumada la legitimada comicidad a la simpatía del reparto, que encabeza una despampanante Gemma Arterton, el resto lo acaba de cuadrar una adaptación convincente del clásico y una estructura narrativa atractiva por su osadía en los tiempos. Sencillamente brillante.

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Rosewater de Jon Stewart, oportunidad perdida

En un plano cómico más austero, y sin duda sin tener pinta el argumento de querer alcanzar esa pretensión, el debut del cómico estadounidense Jon Stewart es, pese a las numerosas flaquezas, una llamada de atención. Aquí hay un cineasta con voz propia y mucho potencial. Rosewater sigue el aprisionamiento en Irán del periodista de la BBC Maziar Bahari, lo que sirve tanto para el retrato del panorama carcelario iraní como para la burla de los estereotipos sombríos a los que nos tienen acostumbrados. Es en ese contraste, que merece una mayor gradación, en el que Stewart encuentra su potente valía.

Rosewater sabe preparar los elementos de su propuesta: crea un vínculo con el protagonista (sorprendentemente, interpretado por Gael García Bernal) tras un prólogo alentador, construye la atmósfera indicada para conectar al espectador con la situación en el país árabe y adelanta en la primera media hora una epopeya que, sin embargo, nunca llega. Porque el paso intermedio, aletargado por un internamiento nunca lo suficientemente sugerente, ya sea en el aspecto tétrico, el cruel o o el melodramático, acaba con casi cualquier esperanza de remontada. Es cierto que la capacidad de Stewart por jugar con la comedia negra plantea una oposición de géneros tan distintiva como elocuente. De hecho, por momentos, sobre todo en los últimos metros, la película tiene visos de convertirse en una sátira de las buenas, pero al final todo se siente como una oportunidad perdida. Ahora, oportunidades no le faltarán en el futuro (esperemos que) más próximo, porque aptitudes Stewart las tiene.

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Big Game de Jalmari Helander, tremenda chorrada (de las que sí)

Esta es fácil. El presidente de los Estados Unidos, the president of the free world, queda abandonado a su suerte en plena cordillera finlandesa después de que el Air Force One sea derribado por un ataque terrorista. En el bosque, un niño autóctono de 13 años que ha partido en una misión solitaria para demostrar su valía a un grupo de cazadores liderado por su padre, un héroe de la zona, será el encargado de defender al General of the biggest army [del mayor ejército]. El resto pueden imaginárselo: un despiporre de acción nostálgica ochentera con cámaras lentas, personajes increíbles, explosiones varias y muchas, muchas ganas de pasárselo bien.

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