Frances Ha, haciendo tiempo

La nueva película de Noah Baumbach (Greenberg, Una historia de Brooklyn) se limita a ser un pequeño y delicioso cachito de vida.

Frances corre y se busca a sí misma, pero ello no significa que se encuentre. Frances sabe lo que quiere, o cree saber lo que quiere (ser bailarina), pero no quiere saber que no es buena en ello. Vaga, entonces, por un mundo que no sabe cómo encajar su ambigüedad, su indecisión. Y en ese trasiego descubre, vaya, que en la propia farragosa búsqueda de lo que quiere se esconde lo que realmente quiere.  Los placeres momentáneos, no el fin último, la inalcanzable e inexistente felicidad absoluta. No se puede “ser” feliz, se puede “estar” feliz.

Frances Ha, de un Noah Baumbach que por sus guiones con Wes Anderson (Life Aquatic y Fantástico Mr. Fox) puede entrar en ese cajón de sastre llamado “modernos” del que abusan tanto los anodinos, es sobre todo una película pequeña. Intencionadamente limitada, y por lo tanto, con las reflexiones bien condensadas, bien a mano, si bien no explícitas: qué hacemos con nuestras vidas si en lo único en lo que somos buenos es en vivir, en exprimir cada segundo y obtener el jugo de la felicidad. Momentánea, espontánea, efímera. Frances se niega a rendirse, pero pronto se da cuenta de los frutos que obtiene en la búsqueda de ese fin último.

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Frances, como Jep Gambardella, es buena en, como dicen nuestros patrios Ortega y Gasset, “hacer tiempo”,  que no es otra cosa que esperar a hacer algo, una causa tan noble como cualquier otra, “una actividad vital en que se ocupa uno con la ‘cosa’ tiempo, como al hacer una mesa el carpintero se ocupa con la ‘cosa’ madera y las ‘cosas’ sierra, escoplo, martillo”. A Frances, sin embargo,  le cuesta más “hacer tiempo” que a Gambardella. Si este último puede exprimir la vida con toda libertad gracias a sus rentas, Frances ha de mirar la cartera. Cuesta más “hacer tiempo” sin dinero. Aunque el tiempo sea oro.

Frances Ha es, en definitiva, una búsqueda vital con la mano en la cartera. Con la mano en la cartera y sin redención. O con una a medias. Porque lo que abunda en ella es la medianía, una deliciosa mediocridad con la que somos incapaces de no empatizar: la belleza y a la vez no belleza de Frances, interpretada por la preciosa-pero-no-preciosa Greta Gerwig; la torpe maestría de sus bailes, su entrañable ingenuidad. Con Frances Ha uno “hace tiempo” no porque no pueda hacer otra cosa, sino porque en ese interregno que crea Baumbauch entre la absoluta mediocridad y el éxito, en esa burbuja de relativa mediocridad, de mediocridad consciente, uno está muy feliz.

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