El cáliz de Mike Newell: la madurez era esto

En noviembre de 2005 asistimos al estreno de la cuarta entrega de la saga. El resultado del cambio del mexicano Cuarón por el británico Newell se resentía frente a los indiscutibles logros de El prisionero de Azkaban, lo que no implicaba que careciera de interés o de, incluso, cierta excelencia.

Echándoles un somero vistazo a las críticas que en su día recibiera, no sería descabellado establecer esta película, sin embargo, como el inicio de un hipotético declive en los estándares de calidad de la saga. Anteriormente, Chris Columbus no había molestado a absolutamente nadie con sus dos aproximaciones a la figura del niño mago –salvo, quizá, a ciertos padres que no comprendieron por qué tenían que acompañar a sus vástagos a visionar “películas infantiles” de casi tres horas–, y Alfonso Cuarón había puesto el listón mágico tan alto que pareciera que Mike Newell, con la impersonal sombra de David Yates esperando su turno, nunca tuvo demasiadas oportunidades.

No tanto por una cuestión de talento –que, siendo realistas, también– sino por la propia coyuntura de la que partía. Harry Potter y el cáliz de fuego es la segunda novela más larga –y, sin duda, la más compleja– de las que componen la saga escrita por J.K. Rowling y, si bien habría que emplear cierta prudencia en calificarla también como la mejor –prudencia a la que no recurrirá el que esto suscribe–, sí podríamos considerarla sin empacho como el libro “clave” o el “punto de inflexión” dentro del calculadísimo canon. Aunque suene algo trillado, es efectivamente en sus páginas donde Harry Potter pierde la inocencia, y no sólo por el hecho de experimentar por primera vez la muerte de manera cercana y asimilable –al fin y al cabo, su orfandad ha sido siempre una característica definitoria–, sino también por motivos algo menos traumáticos. Más, en cambio, mundanos.

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Es en las páginas de Harry Potter y el cáliz de fuego donde el protagonista pierde efectivamente la inocencia

En la cuarta entrega de la saga su protagonista ya es un adolescente a pleno derecho, lo que implica ir algo más allá de las rabietas “nadie-me-entiende-jo” que tan bien supo reflejar Cuarón para darle otra función a las hormonas: así es cómo asistimos al comienzo del simpático idilio Harry Potter+Cho Chang. Además, el joven mago va descubriendo cómo cosas que antes había dado por supuestas, como las antiguas amistades, son puestas en duda, y ve cómo el mundo que le rodea se hace más grande, más imprevisible, y más injusto. Cambios, experiencias, que Newell y el sempiterno guionista Steve Kloves son conscientes de que deben retratar si quieren mantener la empatía de ese público que tampoco deja de crecer… sin dejar de adaptar correctamente la elaborada intriga detectivesca que a Rowling le costó más de seiscientas páginas construir. Visto lo visto, bastante bien les salió el empeño.

Concesiones y sacrificios

La dificultad de la empresa era tan perceptible que se llegó a hablar de dividir la historia en dos películas donde la duración ya no fuera tan asfixiante y la historia conociera un desarrollo que no estuviera reñido con la comercialidad. Sin embargo, Kloves no tenía la menor idea de dónde efectuar el corte, y la iniciativa fue aparcada hasta la posterior adaptación de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte; última entrega que, paradójicamente, tenía un paginado mucho más breve y un argumento bastante más dócil. Establecido con bastante temor que El cáliz de fuego sería contenido en un solo filme de, como venía siendo habitual, dos horas y media, la producción fue inaugurada con efectos inmediatos, y el esfuerzo del guionista y Newell fue, sin duda, de enmarcar.

Negar la excelencia en este punto de El prisionero de Azkaban es un completo desatino, pero también es de justicia admitir que Cuarón nunca mostró el reverencial respeto hacia el material original del que sí hicieron gala Columbus o el propio Newell; el mexicano siempre anduvo más preocupado por sacar adelante una visión nostálgica de la primera adolescencia, aun con Rowling vigilándole estrechamente, que por trasladar fielmente el argumento a la pantalla, y así sucede que El cáliz de fuego, pese a sus complicadísimas circunstancias, es una película bastante más satisfactoria –en términos de adaptación, por supuesto– que su entrega precedente. ¿Cómo es posible que sea así, teniendo el original literario más del doble de páginas?

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El cáliz de fuego, en términos de adaptación, es bastante más satisfactoria que El prisionero de Azkaban

En primer lugar, y adscribiéndose a una de las mayores taras que en su momento se le achacaron, El cáliz de fuego tiene un ritmo veloz y demasiado atropellado, que se nota especialmente con sus primeros minutos a examen. La acción de éstos pasa por encima de los personajes, retomando algunos y presentando otros sin ningún tipo de equilibrio, hasta que parece encontrar cierto descanso una vez el Torneo de los Tres Magos ha dado comienzo. Hasta entonces, es probable que el no-lector se haya enterado de más bien poco, incapaz de poner cara aún a los nombres de Viktor Krum, Fleur Delacour o Barty Crouch y, aturdido, sin otra pregunta en mente que la muy dolorosa de por qué justo cuando iba a ver un partido de quidditch la película se descolgó con la elipsis más enervante de toda la saga. La respuesta a esto sirve para justificar la mayor parte de los errores que atesora El cáliz de fuego: es que no hay tiempo.

No deja de ser cierto que, como veníamos anunciando, llega un momento en que esta absurda velocidad se domestica. Sus responsables saben extraer entonces lo esencial de la intriga de Rowling para articularlo a la manera de un thriller muy rápido, sencillo y visual, siendo particularmente acertado, en este punto, las circunstancias en las que se nos presenta a Barty Crouch Jr.: en aras de paliar la nada descartable posibilidad de que el público de a pie acabara quedándose frío ante las revelaciones finales, éste es interpretado por un desquiciado David Tennant que se deja caer también por el prólogo –algo que no ocurría en la novela– y que tiene un molesto tic en la lengua a modo de cartel de neón que diga “Recordadme; voy a ser importante en la trama”.

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La intriga de Rowling está articulada como un thriller muy rápido, sencillo y visual

Así termina sucediendo que, por cuestiones de velocidad e inteligente síntesis, la intriga de la película Harry Potter y el cáliz de fuego funciona en la misma medida que las anteriores entregas, permitiendo que no sólo los lectores se sumerjan cómodamente en sus misterios, sino también que un sector más amplio del público pueda ser más o menos sorprendido. No nos hallamos ante un trabajo incontestable como sería el de las propuestas de Columbus –alguien que, todo hay que decirlo, lo tuvo mucho más fácil–, pero sí ante uno muy digno y resultón, que hasta esquiva pícaramente ciertas comprensibles “lagunas”, como el pasado mortífago de Snape o los traumas de Neville, utilizando el siempre socorrido método de cargarle a otro (Yates) el marrón.

 

Aquellos maravillosos años

Solventado el, a priori, mayor problema con el que se encontraban Newell y compañía de cara a la reinterpretación de la obra, toca estudiar qué política siguieron de cara a la otra faceta de El cáliz de fuego: puede que la más importante y, con seguridad, la más ilustrativa como base a comparar los esfuerzos del director con los de su inmediato predecesor. ¿Cómo se ajusta esta cuarta entrega a la evolución de los personajes, a su proceso vital?

Pues de manera ciertamente irregular, pero en absoluto fallida. Partiendo de que ésta nunca debía entorpecer la trama troncal, Kloves tomó una decisión difícil pero justificable: reducir estos despuntes de madurez a pequeños conjuntos de escenas integrados en el argumento, un poco como buenamente pudiera. No de manera tan acusada como lo que supuso, más tarde, El misterio del Príncipe, pero sin dejar de dar la impresión de que en El cáliz de fuego cohabitaban dos películas distintas.

Así, tenemos todo lo referente a las tres pruebas del Torneo, al regreso de Lord Voldemort, y a la incógnita “¿quién metió el nombre de Harry Potter en el Cáliz de Fuego?”, por un lado, y por otro las desventuras y neuras de un grupo de adolescentes gloriosamente estúpidos. Es entonces, asumiendo que la fútil disputa entre Harry y Ron no está todo lo bien resuelta que debiera –ni llega a ser tan dolorosa como en tinta–, cuando en verdad hay que darles la enhorabuena tanto a Newell como a Kloves: todo lo referente al Baile de Navidad es, simple y llanamente, magnífico.

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Todo lo referente al Baile de Navidad es, simple y llanamente, magnífico

Casi veinte minutos en los que la historia se detiene, en los que no importan ni el misterio, ni la eterna lucha del bien contra el mal, ni la multitud de subtramas y personajes que están siendo sacrificados para permitir que tal derroche sea posible. No tenemos a Ludo Bagman, ni a Dobby, ni a Sirius Black fuera de la chimenea, ni a Rita Skeeter más allá de una anecdótica escena, ni siquiera sabemos nada sobre Hermione y su afiliación al P.E.D.D.O. –lo que, con diferencia, más entristece. Pero, en su lugar, tenemos la desbordante banda sonora de Patrick Doyle confirmando que, al menos hasta él, sí que había vida más allá de John Williams; tenemos varios diálogos jugosos y, sobre todo, tenemos humor. Muchísimo humor.

Muy hábilmente, la adolescencia en Harry Potter pasa de ser el período confuso, sombrío y melancólico que retrató Cuarón, a la era igualmente confusa, pero también frívola y tontorrona, por la que se decanta la visión de Newell. Una visión que, quizá, no deja de tener su mucho de condescendencia –sólo a través de un velo forjado por ella podemos tolerar el trato rematadamente horrible que Ron le dispensa a Hermione, y que sólo así el simpar pelirrojo, ya convertido en caricatura, nos siga cayendo bien–, pero que es tan cariñosa, humanista y válida como cualquiera. En esos veinte minutos, Harry Potter y sus amigos dejan de ser los protagonistas de una fantasía épica para, sin reservas, serlo de sus propias vidas, permitiéndose un respiro entre tanto peligro y aventura excitante en pos de pasar apuros a la hora de conseguir pareja o ser el hazmerreír de la clase ante el incómodo cariño de una profesora. En el culmen de la brillantez, dicha secuencia hasta incluye la actuación de una banda indie –por nombre, a tenor de lo que se nos dice en el libro, Las Brujas de Macbeth– para ambientar el baile, liderada nada más y nada menos que por Jarvis Cocker.

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En esos veinte minutos, Harry y sus amigos se permiten un respiro entre tanto peligro y aventura excitante

Hay quien argumentaría que apenas encontramos algún hallazgo en estos minutos que no hubiera realizado ya J.K. Rowling anteriormente, y no le faltaría razón. Sin embargo, el mayor acierto no reside en lo bien o mal que esté adaptado el pasaje, sino en la valiente decisión de otorgarle preponderancia sobre muchos otros más, en principio, relevantes. Y, sobre todo, en la autenticidad con la que está tratado, con lo vivos y reales que, de pronto, nos parecen todos estos personajes que conocemos desde hace tanto tiempo. Autenticidad que, muy oportunamente, volveremos a sentir una hora más tarde, en cuanto Amos Diggory descubra el cadáver de su hijo: una escena trágica, humana, realista, que no está presente en el libro, y que da perfecta cuenta de lo injusto que es que El prisionero de Azkaban se haya llevado toda la fama.

 

Un buen trabajo

Exprimida ya, quizá en demasía, la dualidad novela/película, tocaría hacer una mínima referencia a los aspectos técnicos del filme y a la importancia de Newell como máximo artífice en esta etapa de la saga, interesantísima por ser previa a la perezosa consolidación que simbolizaría el comienzo del reinado de David Yates –prolongado éste, con Animales fantásticos y dónde encontrarlos, hasta nuestros días. Lamentablemente, tampoco hay mucho a lo que sacarle punta, pues El cáliz de fuego sigue punto por punto las dinámicas generales de lo que ha sido Harry Potter en el cine; esto es, un diseño de producción cuidado y esmerado, una factura visual de altura, y unas interpretaciones ajustadísimas.

Con respecto a lo último, este cuarto filme sigue la estela del anterior en cuanto a los acusados progresos no sólo fisiológicos, sino también artísticos, que han de experimentar sus tres actores protagonistas. Daniel Radcliffe, así, saca brillo a los considerables logros que exhibió su interpretación en El prisionero de Azkaban para pasar a interiorizar totalmente a su personaje, mientras que Rupert Grint hace lo propio en cuanto a la naturalidad con la que asume ser el alivio cómico de la saga y modera, afortunadamente, su excesivo caudal de muecas. Emma Watson, por último, vuelve a destacar sobre todos ellos, firmando aquí la que puede ser su interpretación más efectiva y memorable de toda la saga –volviendo a la secuencia del baile por última vez, su trabajo aquí es deslumbrante, conjugando inseguridad, serenidad, madurez y sexualidad en un mismo gesto.

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Emma Watson vuelve a destacar entre los tres actores protagonistas

Poco hay que decir en relación al acostumbrado plantel de reputados actores británicos y a las nuevas incorporaciones que merodean por El cáliz de fuego, destacando si acaso lo rematadamente bien que se lo pasan Brendan Gleeson como Ojoloco Moody y, en menor medida, Ralph Fiennes como Lord Voldemort– ambos personificando a la perfección el motivo por el que tantos y tan serios intérpretes deciden sumarse a una aventura de varitas mágicas–, y lo atinado de la elección de Robert Pattinson como Cedric Diggory: intérprete que podrá gustar más o menos según cómo nos tomemos su papel protagonista en la saga Crepúsculo, pero que indudablemente dota a su personaje de toda la nobleza, inocencia y hostiabilidad que se le presuponía.

Todo fluye, así las cosas, para que volvamos a percibir Hogwarts como el lugar acogedor, mágico y cercano que siempre pasará por ser a lo largo de la saga, incluso cuando, posteriormente, corra el peligro de acartonarse. Y Newell, así las cosas, se las apaña muy bien, supliendo el carecer de la responsabilidad de Columbus o la personalidad de Cuarón con toneladas de oficio: todo es, por pura necesidad, más ominoso y siniestro, pero el director sólo aspira a lucirse en las escenas de acción –no por arriesgadas, sino por claras y solventes como la que corresponde al colacuerno húngaro– y, de forma algo más desnortada, en alguna que otra transición entre escenas que remita a un Cuarón wannabe; la rotunda celebridad del director mexicano, al fin y al cabo, ha de tener sus consecuencias. Nada, en fin, destacable fuera de la calidez que exhuman las escenas íntimas de los personajes, y nada que nos lleve más allá de la consideración de un buen trabajo.

Un buen trabajo, nada más y nada menos, y mucho más arriesgado y valiente de lo que se dijo en su día. Y que, asimismo, ayuda como el que más a conformar el legado del Harry Potter fílmico como el mayor desafío con el que han de lidiar actualmente tanto el vilipendiado David Yates como la propia J.K. Rowling en su papel de guionista. Suerte, queridos. La vais a necesitar.

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