Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Cuarón y la fábula del miedo

La tercera aventura del niño que sobrevivió marca un antes y un después en la saga por varias razones. ¿Cuáles? VEAMOS.

Los que crecimos leyendo los libros y acudiendo religiosamente al cine nos enfrentábamos siempre a la disyuntiva, sin darle demasiada importancia a pesar de nuestra edad, de tener que valorar las películas de Harry Potter 1. Como película de la que éramos fans antes de ver y 2. Adaptación de un libro del que éramos fans antes de ver la película. Soy consciente de que repetir el término “fan” dos veces en las primeras líneas de un texto como este puede alejar a cualquiera. Y es algo completamente comprensible, pero es lo que fuimos algunos y no cabe por menos rendir tributo a aquellos chavales -servidor contaba con doce años cuando vio Harry Potter y el prisionero de Azkaban– que contribuían a aumentar la fortuna de J.K. Rowling libro tras libro.

Tras esta absurdísima declaración de amor, volvamos a lo que íbamos: enfrentarse año tras año a valorar como producto cultural independientemente cada una de las películas nos obligaba en ocasiones a pasar por alto errores, a hacer más graves de lo que eran las omisiones voluntarias y a ver en pantalla cosas que nos había jodido la moral leyendo los libros. Y digo todo esto porque revisar con perspectiva, y ahora, cada una de las películas de la saga es un ejercicio sanísimo de memoria cinéfila que recomiendo hasta al más hater.

A veces se aprende más volviendo sobre lo que nos hizo cinéfilos que caminando a lo loco sobre lo que nos puede convertir en uno mejor cuando ya lo somos. No queda por menos que seguir con este especial sobre Harry Potter que hemos preparado en Cinéfagos para descubrir lo que nos perdimos y sí: descubrir lo que éramos. Lumus!

harry-potter-and-the-prisoner-of-azkaban-harry-james-potter-22939187-2100-1373

En la oscuridad en la que imaginamos

Cuando suena la música, ya estamos irremediablemente dentro de la pantalla. Es algo que suele ocurrir en las sagas de larga duración: no cuesta creerse la ilusión de realidad porque ya conoces el truco. Y lo primero que vemos es la habitación de Harry en el número cuatro de Privet Drive. El joven mago lee bajo las sábanas sirviéndose del hechizo antes mencionado. ¿Les suena? A mí sí: los de Harry Potter fueron de aquellos libros que leía bajo las sábanas cuando mis padres me “obligaban” a apagar la luz. Los misterios chungos de El equipo tigre, las movidas de Manolito Gafotas y los hechizos de J.K. Rowling me procuraban noches fantásticas que tenía que pasar con una linterna pequeñísima y dejándome la vista. Ya sé porque me pusieron las malditas gafas.

Alfonso Cuarón, que de tonto no tiene un pelo, elige empezar su única película en la saga recordando al espectador porqué está allí: porque, en el fondo, es como Potter. La concreción y definición de lo que el realizador mexicano entiende por magia se define en el arranque de lo que es la tercera aventura del mago y describe, asimismo, a la película.

Tal y como haría un giratiempo bien engrasado Harry Potter y el prisionero de Azkaban funciona como un tiro desde el minuto uno y lo hace con un divertida pirueta: de convertir a la tía Marge en un globo por una rabieta tonta, a conocer a los buenos tipos del Autobús Noctámbulo van cinco minutos. Y ya hemos visto al Grimm, que resultará no ser tal, nos han contado la historia de Sirius Black, y hemos tenido el placer de conocer a una simpatiquísima cabeza reducida, no presente en el libro, que suelta frases tan definitorias como “los muggles no ven nada colega, pero si les clavas un tenedor brincan”. Acabamos de empezar.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Tal y como haría un giratiempo bien engrasado Harry Potter y el prisionero de Azkaban funciona como un tiro desde el minuto uno

Pero tranquilos, superado el precipitado inicio, la narración tiende a la estabilidad y entonces aprovecha para expandirse: una vez en El caldero chorreante el diálogo toma el sitio que le corresponde para hacer explícita la propuesta argumental de la película. Ninguna novedad más allá de descubrir el particular sentido del humor que Cuarón tiene a bien dejar a base de pinceladas. Después de una entrega fundamentalmente oscura como La cámara de los secretos, el sentido del humor de Harry Potter y el prisionero de Azkaban ofrece un respiro a un desarrollo acelerado y un fondo oscuro.

Parece baladí, pero entorno a este hecho encontramos el primer hallazgo relevante de Harry Potter y el prisionero de Azkaban. ¿Por qué? En el fondo, el chiste visual resulta algo fundamental para entender el aporte que resume el paso de Alfonso Cuarón por la saga: él supo ver que el libro era una materia prima para explorar un mundo que tenía mucho más que ofrecer a nivel cinematográfico.

Desde la cabeza encogida al rediseño del personaje de Tom, el administrador del caldero chorreante, pasando por el chiste del servicio de la limpieza, las recurrentes apariciones del Monstruoso libro de los monstruos, el pájaro suicida del sauce boxeador, las bolas de nieve en la cabeza de Malfoy, el cuadro que canta… todo nos conduce a lo que podría llamarse el slapstick mágico: un juego que sólo puede significarse como tal dentro del universo creativo del Harry Potter de cine.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Cuarón filma como nadie lo que podríamos llamar el slapstick mágico: un juego cómico que sólo puede significarse como tal dentro del universo creativo de Harry Potter.

Hete aquí la clave: Cuarón exploró su inventiva a base de exprimir el potencial visual de la narrativa de Rowling. Y, además, no lo hizo sólo aportando humor, también algún alarde visual cuya aparición engalana Hogwarts. Habría que reivindicar esas hojas de lavanda congelándose con la presencia de los Dementores, esas estaciones cuya traducción son las hojas del sauce boxeador… todo lo que imaginábamos debajo de las sábanas iluminando el papel con alguna linterna estaba en aquella película y, además, era mucho más bonito de lo que pensábamos.

Se ha escrito un crimen

Un coro nos da la bienvenida a Hogwarts con versos tan tranquilizadores como los que siguen: “El caldero hierve ya, las entrañas mezclarás, con escama de dragón, y veneno de escorpión… Cobra cobra, llanto espanto; fuego ven, con humo y llanto, cobra cobra, llanto espanto, fuego ven con humo y llanto, cobra cobra llanto espanto, fuego ven con humo y, llanto… Huelo el duelo y la maldad”.

El hallazgo y explotación de la magia a nivel visual compone una de las claves de un film cuya brillantez se ve compensada con un subtexto delicioso: Harry Potter y el prisionero de Azkaban es también una novela negra disfrazada de año escolar. Un peligroso asesino anda suelto. La única víctima directa conocida del criminal desapareció en extrañas circunstancias y sólo quedó de ella un dedo. Y además, adivinen, este hombre busca al protagonista del relato por oscuras razones. Un misterio que Harry tendrá que desvelar para descubrir que ni el asesino es tal, ni la víctima había fallecido, ni la historia que le habían contado era real.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

La magia a nivel visual es un hallazgo reforzado por un subtexto delicioso: Harry Potter y el prisionero de Azkaban es también una novela negra disfrazada de año escolar.

La historia de Sirius Black, Peter Pettigrew, James Potter y Remus Lupin es la historia de una traición. Un recuerdo del pasado cuyas raíces calan hondo, no desaparecen por más que se mueva la tierra y terminan por brotar años más tarde. Un esqueleto narrativo clásico cuyos referentes podrían venir tanto de Patricia Highsmith, como de Agatha Christie, o incluso P.D. James. Quién sabe lo que leería J.K. Rowling cuando escribió la tercera novela.

De nuevo Cuarón acierta al manejar el material de base. La mezcla de fantasía y elementos criminales propios de la novela negra convierten el combo en una de las películas con más identidad de la saga. Sí, sería difícil negar que la influencia de la novela de misterio es una constante que ya se había apuntado en los petrificados de La cámara de los secretos y que sobrevuela parte de las demás, por ejemplo, en los objetos malditos que pretenden acabar con Dumbledore en El misterio del príncipe.

No obstante, su reconocible personalidad alejada de la linealidad de la saga se justifica por su madurez argumental: aquí lo importante no lo vehiculan los protagonistas. Son sus personajes secundarios los que sostienen la verdadera trama de una historia en la que Harry, Ron y Hermione son testigos y parte contratante pero no fundamental. El mundo potteriano llega en su tercera entrega a una considerable complejidad en su constante expansión de miras. Ese objetivo, tan importante en la novela original, se revela excelentemente manejado por el guión de Steve Kloves: uno de los nombres más olvidados de la saga que, sin embargo, se firmó la mayoría de adaptaciones de Rowling.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

Los personajes secundarios de Harry Potter y el prisionero de Azkaban son los que sostienen la verdadera trama de una historia en la que Harry, Ron y Hermione son testigo y parte contratante pero no fundamental

La mirada de Lupin

Si todo lo dicho anteriormente no les convencía de que Harry Potter y el prisionero de Azkaban marca un antes y un después en la saga de Harry Potter, esperen un momento. Esperen porque tengo que decirles que al margen de las grandes temáticas que unifican toda las entregas en un totum revolutum de pocas moralejas pero encomiable discurso, tan generacional como clásico, la tercera de ellas es una de las que mejor sintetiza sus propósitos.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban puede ser vista, en cierto modo, como una enérgica fábula del miedo. Crecer, en el fondo, es la aventura que el lector y Harry viven. Así que las significaciones crecen en torno a las implicaciones de hacerlo, y se alargan ocho películas. Sin embargo, ninguna de ellas construye tan concienzudamente los argumentos de su discurso en torno a una sola de dichas implicaciones. Es más, me atrevería a decir, que es de las que mejor sintetiza su disposición a través del relato. ¿Cómo? Cuarón deja pistas para construir su propia alegoría consciente de que esta tiene que encajar con narrativas que superan el universo en el que él tiene que contar su propia historia.

Por eso, su alegoría sobre el temor podría no constituir más que la adecuación del imaginario de Rowling a través de deliciosas escenas que refuerzen el discurso. Es difícil negar que el Grimm, los Boggart, los Dementores y Lupin son figuras portadoras del mismo concepto, el miedo, y ya estaban en las novelas.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

La habilidad, como bien sabía Edgar Allan Poe que de contar cuentos de miedo sabía un rato, consiste en recitarlas de manera adecuada. Si pretendes reflexionar sobre el miedo, la voz, la ambientación y el ritmo con el que narras son especialmente importantes. Poe dejaba apartado, por un rato, su alcoholismo antes de recitar de la misma manera que Cuarón pasa por alto ciertos pasajes de la novela original en pos del ritmo. A veces cometiendo graves errores como es el hecho de no explicar el origen de cornamenta, colagusano, canuto y lunático.

Por lo demás, ensambla bien las piezas de su particular visión sobre tema que podríamos convenir en llamar “la mirada de Lupin”, pues es el personaje interpretado por David Thewlis quien mejor encarna la fábula. Lupin es quien se enfrenta al primer Dementor de la saga y quien enseña a Harry a combatirlos. Es también quien enseña Defensa Contra las Artes Oscuras, y les presenta a sus alumnos unas curiosas criaturas, los Boggart, que encarnan justamente la personificación de cada miedo individual.

El Boggart, ante la presencia de Remus, se convierte en una luna. ¿Por qué? Porque como protagonista de la fábula vive el temor en sus propias carnes: no sólo el de convertirse, inevitablemente, en lobo cuando llega la luna llena. También el de hacer daño a sus seres queridos por su condición de licántropo. “Tu mayor temor es el propio miedo, y eso es algo muy sabio”, le confiesa el profesor al niño de la cicatriz. Ser lo que somos nos puede asustar, nos dice Cuarón. Pero debemos aprender a aceptarlo. Es un paso esencial si, como quiere Rowling, queremos aprender a crecer.

Comentarios

comentarios

More from Francesc Miró

[13 Muestra Syfy] High-Rise, un rascacielos que era el mundo

La psicogeografía era uno de aquellos temas que solían fascinar a mentes...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *